Capítulo 127 — La última puerta
La montaña temblaba con tanta fuerza que resultaba difícil mantenerse en pie.
Las grietas continuaban extendiéndose por la explanada mientras el resplandor rojizo del Corazón iluminaba el cielo.
Los miles de rostros que formaban aquella presencia imposible seguían agitándose sin descanso.
Algunos gritaban, otros lloraban y otros parecían despertar de un sueño que había durado siglos.
El anciano que había aparecido entre ellos permanecía inmóvil y, por primera vez, no parecía formar parte del Corazón, sino alguien separado de él que estaba recuperando su propia identidad y su propia voz.
—Ha llegado el momento —repitió.
La criatura reaccionó inmediatamente al escuchar aquellas palabras.
—NO.
—NO DEBÉIS ESCUCHARLO.
—ÉL TAMBIÉN FORMABA PARTE DE MÍ.
El anciano observó a la inmensa figura con una tristeza infinita.
—Precisamente por eso sé lo que eres.
La luz roja vibró con violencia.
—YO OS SALVÉ.
—YO OS PROTEGÍ.
—YO EVITÉ EL FIN.
Gabriel avanzó hasta situarse junto al anciano.
—No.
El Corazón rugió mientras Gabriel sostenía su mirada.
—SÍ.
—NO.
—Lo único que hiciste fue enseñarnos a tener miedo.
El silencio cayó sobre la montaña e incluso las vibraciones parecieron disminuir durante unos segundos. El anciano asintió lentamente.
—Ese fue nuestro error.
Todos lo miraron.
—¿Nuestro?
El hombre observó a Esteban.
—Yo fui el primero.
La revelación recorrió el grupo como una descarga imposible de ignorar.
—El primer guardián.
El anciano contempló el océano que rodeaba la isla.
—Hace siglos tuve la oportunidad de terminar con todo esto.
Su voz sonaba cansada, profundamente cansada.
—Y no me atreví.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Una sonrisa triste apareció en el rostro del anciano.
—Por la misma razón que todos los demás.
Miró al Corazón.
—Porque creí sus mentiras.
Los miles de rostros comenzaron a agitarse con violencia después de escuchar aquellas palabras.
—MENTIRA.
—MENTIRA.
—MENTIRA.
Pero cada vez más voces parecían separarse de aquella conciencia colectiva y cada vez más rostros parecían despertar. Raquel comprendió entonces algo que los demás todavía no habían visto.
—No está luchando contra nosotros.
Todos la miraron.
—¿Qué quieres decir?
Raquel señaló al Corazón.
—Está luchando contra sí mismo.
El anciano cerró los ojos antes de responder.
—Por fin alguien lo ha entendido.
Esteban observó a la criatura y entonces también lo vio.
Miles de rostros intentaban permanecer unidos mientras miles de rostros intentaban separarse.
El Corazón no era una entidad única. Era una prisión construida con personas.
Una prisión que llevaba siglos intentando sobrevivir porque temía desaparecer.
La séptima llave comenzó a brillar. Después comenzaron a iluminarse la sexta, la quinta y el resto de las llaves, una tras otra, hasta que las siete emitieron luz al mismo tiempo.
La montaña entera respondió. Una enorme puerta de piedra comenzó a surgir del suelo entre el grupo y el Corazón.
Era más antigua que cualquier construcción de la isla, más antigua que el templo y más antigua que la propia aldea.
Sobre su superficie aparecieron siete cerraduras perfectamente alineadas.
Esteban sintió que el corazón se aceleraba.
—Es el final.
Gabriel asintió lentamente.
—Sí.
La voz del Corazón resonó con una desesperación que ya no intentaba ocultar.
—NO.
—NO AbrÁIS ESA PUERTA.
—NO SABÉIS LO QUE HAY AL OTRO LADO.
El anciano observó las cerraduras y después miró a Esteban.
—Yo sí lo sé.
Todos guardaron silencio.
—¿Qué hay al otro lado? —preguntó Lara.
El anciano sonrió por primera vez y aquella sonrisa no tenía miedo.
—Libertad.
Las palabras resonaron en el aire y durante unos segundos nadie fue capaz de responder. Entonces Gabriel se volvió hacia Esteban.
—Las llaves no fueron creadas para destruir el Corazón.
La sorpresa apareció inmediatamente en todos los rostros.
—¿No?
—No.
Gabriel observó la gigantesca puerta.
—Fueron creadas para abrir la última puerta.
—¿Y qué diferencia hay? —preguntó Víctor.
Gabriel miró a la criatura.
—Que nosotros no decidiremos qué ocurre con el Corazón.
La montaña volvió a rugir.
—NO.
—NO.
—NO.
Gabriel continuó hablando.
—Serán los propios guardianes quienes decidan.
Esteban comprendió entonces el verdadero significado de todo aquello.
Las siete llaves nunca habían servido para matar, castigar ni elegir un sustituto.
Habían sido creadas para devolver la elección a quienes la habían perdido siglos atrás.
Mientras observaba las siete cerraduras comprendió que estaban a punto de abrir algo mucho más importante que una puerta.
Estaban a punto de devolver la libertad a todos aquellos guardianes atrapados para que decidieran por sí mismos si querían seguir formando parte del Corazón o recuperar finalmente su individualidad.
Y por primera vez desde que comenzó aquella historia, el Corazón experimentó un miedo auténtico al comprender que ya no podía decidir por quienes había mantenido atrapados durante siglos.