El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 126 — Lo que siempre debió terminar
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Capítulo 126 — Lo que siempre debió terminar

La montaña seguía temblando mientras el Corazón observaba al grupo con miles de rostros cambiantes.

Algunos parecían aterrados. Otros suplicaban.

Otros mostraban una tristeza tan profunda que resultaba imposible sostenerles la mirada.

La luz rojiza que surgía de las profundidades se extendía cada vez más por la explanada.

Las grietas continuaban avanzando entre las rocas y el aire parecía cargado de una energía antigua que llevaba siglos esperando aquel momento.

Esteban apretó con fuerza la séptima llave.

—Si las siete llaves fueron creadas para destruir el Corazón, ¿por qué nadie lo hizo antes?

Gabriel observó a la inmensa figura.

—Porque todos tuvieron miedo.

La criatura pareció estremecerse.

—NO ERA MIEDO.

—ERA SABIDURÍA.

—ERA RESPONSABILIDAD.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

—No. Era miedo.

El Corazón emitió un rugido que hizo vibrar la montaña.

—SIN MÍ EL MUNDO CAMBIARÁ.

—SIN MÍ EL EQUILIbrIO DESAPARECERÁ.

—SIN MÍ EL SACRIFICIO HAbrÁ SIDO INÚTIL.

Esteban observó los miles de rostros que aparecían y desaparecían sobre aquella superficie cambiante.

Cuanto más los miraba, más comprendía que no estaba contemplando a un enemigo.

Estaba contemplando siglos de personas aterradas, siglos de guardianes y siglos de decisiones tomadas por miedo a lo desconocido.

Raquel fue la primera en decirlo en voz alta.

—No intenta salvar el mundo.

Todos la miraron.

—Intenta salvarse a sí mismo.

El silencio que siguió fue revelador para todos los presentes. Incluso el Corazón pareció vacilar.

Lucía dio un paso hacia delante.

—Durante años pensé que la isla era un refugio.

Después observó la aldea que se extendía a lo lejos antes de continuar.

—Luego pensé que era una prisión.

Miró al Corazón antes de añadir:

—Pero ahora creo que es otra cosa.

—¿Qué? —preguntó Lara.

Lucía tardó unos segundos en responder.

—Una excusa.

La criatura emitió un rugido ensordecedor que hizo temblar nuevamente la montaña.

—NO.

—NO LO ENTENDÉIS.

—YO OS PROTEGÍ.

—YO OS LIBERÉ DEL TIEMPO.

Gabriel sonrió con tristeza.

—Ese siempre fue el problema.

La figura se volvió hacia él.

—GAbrIEL.

—¿Sí?

—TÚ ME COMPRENDES.

La respuesta sorprendió a todos los presentes.

—Sí —respondió Gabriel—. Te comprendo mejor que nadie.

La criatura permaneció inmóvil.

—ENTONCES SABES QUE DEBO CONTINUAR EXISTIENDO.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

—No.

La luz roja pareció oscurecerse durante unos segundos después de escuchar aquellas palabras.

—¿POR QUÉ?

Gabriel contempló la séptima llave. Después observó a Esteban, a Lucía, a Raquel, a Lara, a Adrián y a Víctor. Finalmente volvió a mirar a la criatura.

—Porque por primera vez he comprendido que vivir no consiste en escapar del tiempo.

El silencio cayó sobre toda la montaña mientras las palabras de Gabriel parecían extenderse por el aire.

—Vivir consiste precisamente en aceptarlo.

Los miles de rostros comenzaron a agitarse. Algunos parecían llorar mientras otros parecían recordar algo olvidado hacía siglos. La criatura retrocedió y, por primera vez, mostró un miedo auténtico, profundamente humano.

—NO.

—NO.

—NO.

Gabriel dio un paso hacia delante.

—Lleváis siglos sacrificándoos por algo que nunca os pidió sacrificios.

—MENTIRA.

—Lleváis siglos alimentando un ciclo que nadie se atrevió a romper.

—MENTIRA.

—Lleváis siglos confundiendo la vida con la ausencia de muerte.

La montaña rugió. La luz roja estalló alrededor de la figura y entonces ocurrió algo inesperado.

Un anciano muy anciano, más antiguo que todos los demás, apareció entre los miles de rostros. Sus ojos se fijaron en Gabriel, después en Esteban y finalmente en Lucía. Cuando habló, su voz no sonó como la del Corazón. Sonó humana, triste y cansada.

—Basta.

Todos quedaron inmóviles e incluso el Corazón pareció detenerse.

El anciano observó a Gabriel.

—Ha llegado el momento.

Una lágrima descendió por su rostro.

—Hace mucho tiempo debimos haberlo dejado terminar.

La criatura emitió un rugido desesperado.

Los miles de rostros comenzaron a agitarse, pero cada vez más rostros parecían despertar de un largo sueño.

Esteban comprendió entonces algo fundamental.

Por primera vez desde el inicio de la historia, el propio Corazón estaba empezando a dividirse.

Los guardianes que lo formaban comenzaban a recordar quiénes habían sido antes de convertirse en parte de aquella existencia colectiva.

Comprendió también que la decisión final ya no estaba tan lejos.

Las siete llaves habían encontrado por fin a quienes debían encontrarlas.

Ahora solo quedaba una última elección, la misma para la que habían sido creadas siglos atrás.

Y cuando aquella elección fuera tomada, el destino de la isla cambiaría para siempre.