Capítulo 125 — El Corazón
La montaña volvió a temblar con una violencia desconocida.
Las grietas que recorrían la explanada se extendieron varios metros más y un resplandor rojizo comenzó a surgir desde las profundidades ocultas tras la puerta negra.
El aire se volvió más pesado y una extraña sensación de antigüedad pareció envolverlo todo.
Nadie habló mientras observaban la abertura que continuaba ensanchándose lentamente.
La luz que surgía del interior no parecía una luz normal, sino algo vivo, algo que parecía respirar.
Gabriel dio otro paso hacia delante.
—No os acerquéis más.
—Gabriel, espera —dijo Lucía.
Pero él continuó avanzando sin detenerse.
Esteban sintió que algo estaba cambiando en el rostro del antiguo guardián.
Por primera vez desde que lo había conocido, parecía completamente libre.
Habían desaparecido tanto la resignación como el cansancio y hasta el peso de los años parecía haberse desvanecido.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lara.
Gabriel sonrió antes de responder:
—Terminar lo que debió terminar hace mucho tiempo.
La voz volvió a resonar desde las profundidades.
—EL CICLO DEBE CONTINUAR.
—EL GUARDIÁN DEBE PERMANECER.
—EL EQUILIbrIO DEBE MANTENERSE.
A diferencia de las ocasiones anteriores, aquella voz ya no parecía neutra. Había algo en ella que recordaba a una súplica o quizá a una amenaza. Raquel fue la primera en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—Está asustado.
Todos la miraron.
—¿Quién?
Raquel señaló la abertura.
—El Corazón.
El rugido que surgió desde las profundidades pareció confirmar sus palabras. Gabriel asintió lentamente.
—Por primera vez en siglos tiene miedo.
Lucía observó la luz rojiza.
—Porque sabe lo que va a ocurrir.
La montaña volvió a temblar y esta vez una enorme grieta atravesó la explanada.
Esteban sujetó a Lara para evitar que perdiera el equilibrio mientras una figura comenzaba a formarse dentro del resplandor.
Nadie comprendía exactamente lo que estaba viendo.
La luz parecía condensarse, adquirir forma y convertirse poco a poco en algo reconocible.
Cuando aquella aparición terminó de materializarse, un silencio absoluto cayó sobre todos.
Porque tenía un rostro humano, o mejor dicho, muchos rostros superpuestos. Hombres, mujeres, ancianos y jóvenes aparecían fusionados en una presencia imposible que cambiaba constantemente. Lucía retrocedió un paso.
—Dios mío...
Gabriel observó la figura sin apartar la mirada.
—Los guardianes.
Esteban sintió un escalofrío. Ahora comprendía la verdad. Aquello era el Corazón. Aquello era lo que quedaba de todos los guardianes que habían existido antes que Gabriel. Era una acumulación de vidas, recuerdos, tiempo y sacrificios reunidos en una sola existencia.
Miles de ojos parecieron abrirse al mismo tiempo.
Y cuando habló, todas las voces parecieron hacerlo a la vez.
—NO COMETÁIS EL ERROR.
La montaña entera vibró.
—NOSOTROS MANTENEMOS EL EQUILIbrIO.
—NOSOTROS PROTEGEMOS EL MUNDO.
—SIN NOSOTROS TODO CAMBIARÁ.
Esteban observó a Gabriel.
—¿Y si tiene razón?
Gabriel tardó varios segundos en responder.
—Quizá la tenga.
Aquella respuesta sorprendió a todos.
—¿Qué?
Gabriel mantuvo la mirada fija en la criatura.
—Quizá destruir el Corazón tenga consecuencias.
—Entonces no podemos hacerlo —dijo Víctor.
—No.
Gabriel negó lentamente con la cabeza.
—Eso es exactamente lo que lleva siglos utilizando para sobrevivir.
Todos guardaron silencio mientras escuchaban a Gabriel.
—Cada guardián pensó lo mismo. Cada guardián tuvo miedo. Cada guardián decidió continuar el ciclo porque no estaba dispuesto a asumir el riesgo.
La criatura observó al grupo. Sus miles de rostros cambiaban constantemente.
—NO LO ENTENDÉIS.
—YO SOY EL MURO.
—YO SOY LA PRISIÓN.
—YO SOY EL SACRIFICIO.
Raquel sintió un escalofrío porque, por primera vez, no percibió maldad en aquella voz. Percibió desesperación. Como si el propio Corazón también fuera una víctima del ciclo que llevaba siglos alimentándose a sí mismo.
Gabriel avanzó hasta quedar a pocos metros de la figura.
—Lo sé.
La criatura pareció vacilar.
—GAbrIEL...
—Lo sé mejor que nadie.
La tristeza apareció en los ojos del antiguo guardián.
—Y precisamente por eso debe terminar.
El rugido que siguió sacudió toda la montaña. La criatura se agitó mientras la luz roja aumentaba de intensidad. La séptima llave comenzó a arder entre las manos de Esteban. No parecía simplemente calentarse, sino despertar.
Todos comprendieron entonces que el momento final había llegado.
La decisión que las siete llaves llevaban siglos esperando estaba a punto de ser tomada y, por primera vez desde que la isla había comenzado a exigir sacrificios, alguien estaba dispuesto a desafiar el destino que había gobernado aquel lugar durante generaciones enteras.