Capítulo 123 — La verdadera solución
Gabriel continuó avanzando hacia la puerta negra mientras las vibraciones que recorrían la montaña se hacían cada vez más intensas. Las grietas se extendían lentamente por la roca y un ruido profundo, semejante al latido de un corazón gigantesco, parecía surgir de las entrañas de la isla.
—¡Gabriel! —gritó Lucía, pero él no se detuvo.
Esteban dio un paso hacia delante.
—¿Qué vas a hacer?
Gabriel se volvió lentamente. Por primera vez desde que lo conocían, parecía extrañamente tranquilo.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.
Aquellas palabras provocaron una sensación de alarma inmediata en todos los presentes.
—No entiendo nada —dijo Víctor.
—Porque todavía os falta una pieza.
En ese momento una voz interrumpió la conversación.
—No. Les faltan varias.
Todos se volvieron. Raquel avanzaba desde la parte posterior del grupo. Había permanecido en silencio durante los últimos acontecimientos, observando, escuchando y encajando piezas que los demás habían pasado por alto. Su rostro mostraba una seriedad que Esteban nunca le había visto.
—Raquel... —murmuró Lara.
La mujer ignoró el comentario y mantuvo la mirada fija en Gabriel.
—Llevas años ocultando la mitad de la verdad.
Gabriel no respondió y aquel silencio fue suficiente para confirmar las sospechas de Raquel.
—Lo sabía.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Raquel observó la montaña.
—Lucía os ha contado lo que la isla hace con el tiempo. Gabriel os ha contado lo que ocurre con el guardián. Pero ninguno os ha explicado lo más importante.
El suelo volvió a temblar, esta vez con más fuerza. Pequeños fragmentos de roca comenzaron a desprenderse de las paredes cercanas.
—Raquel —dijo Lucía con preocupación.
—No.
Por primera vez fue Raquel quien interrumpió a los demás con una firmeza inesperada.
—Ya basta de medias verdades.
Después señaló a Gabriel.
—Diles qué ocurrió con el guardián anterior.
Gabriel cerró los ojos.
—No es necesario.
—Sí lo es.
Esteban observó a uno y a otro.
—¿Qué ocurrió?
Raquel respondió antes que nadie.
—El guardián anterior no murió.
El silencio fue inmediato después de aquellas palabras. Incluso Gabriel pareció perder el color.
—¿Qué has dicho? —preguntó Adrián.
—He dicho que no murió.
—Eso es imposible.
—No.
Raquel señaló las profundidades de la montaña.
—Se convirtió en el Corazón.
Nadie habló y durante unos segundos ni siquiera parecieron capaces de respirar. La revelación cayó sobre el grupo como un golpe imposible de encajar. Esteban sintió que el estómago se encogía.
—¿Qué significa eso?
Raquel tragó saliva.
—Significa que el Corazón no es una criatura.
Nadie esperaba aquella respuesta y el desconcierto apareció inmediatamente en todos los rostros.
—Entonces ¿qué es?
Raquel miró directamente a Gabriel.
—Es lo que queda de todos los guardianes que han ocupado su lugar.
Durante unos instantes pareció que incluso el viento desaparecía. La montaña volvió a temblar con una intensidad cada vez mayor y más cercana.
—No... —susurró Lara.
Gabriel bajó la cabeza. Aquel simple gesto confirmó lo que todos empezaban a sospechar.
—Cada guardián entrega poco a poco su identidad —continuó Raquel—. Sus recuerdos. Sus emociones. Su conciencia. Todo acaba siendo absorbido.
—¿Absorbido por qué?
—Por la propia isla.
El horror apareció lentamente en los rostros del grupo. Ahora comprendían el verdadero precio. No era quedarse. No era renunciar al futuro. Era algo mucho peor. Era dejar de existir.
Lucía observó a Gabriel con lágrimas en los ojos.
—Por eso intenté encontrar otra solución.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Lo sé.
—Y nunca la encontré.
—Porque no existe.
La montaña emitió entonces un rugido profundo. No parecía un terremoto ni un derrumbe. Parecía una respuesta, como si algo hubiera escuchado la conversación. La séptima llave comenzó a brillar con una intensidad cegadora y la palabra ELECCIÓN resplandeció entre las manos de Esteban.
Entonces la voz volvió a resonar.
—EL CORAZÓN DESPIERTA.
—EL TIEMPO SE AGOTA.
Gabriel observó la llave. Después observó a Lucía. Finalmente miró al resto del grupo.
—Raquel tiene razón.
Nadie dijo nada.
—Si permanezco aquí, acabaré convirtiéndome en parte del Corazón.
Aquellas palabras dejaron a todos inmóviles.
—Y si me marcho...
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—El Corazón despertará por completo.
El silencio que siguió fue insoportable, porque todos comprendieron lo que significaba: no existía una solución perfecta ni una salida sin consecuencias.
Durante décadas Gabriel no había sido simplemente un hombre atrapado en la isla.
Había sido el último muro entre el mundo y algo que llevaba siglos esperando despertar.
Mientras la montaña volvía a temblar bajo sus pies y nuevas grietas recorrían la roca, Esteban comprendió que estaban a punto de enfrentarse a una decisión imposible, una decisión que obligaría a elegir entre salvar a Gabriel o salvar la isla.
Y, por primera vez desde que comenzó aquella aventura, deseó no haber encontrado jamás la séptima llave.