Capítulo 121 — El guardián
Las últimas palabras de Lucía parecieron absorber toda la luz que rodeaba la puerta negra.
Nadie apartó la vista de Gabriel. El hombre permanecía inmóvil, con los hombros tensos y la mirada fija en el suelo.
Por primera vez desde que lo habían conocido, parecía un hombre acorralado.
Esteban fue el primero en romper el silencio.
—¿Qué quiere decir con que nunca pudiste marcharte?
Gabriel tardó varios segundos en responder. Cuando levantó la cabeza, parecía mucho más viejo de lo que había parecido nunca. No físicamente, sino de una forma que se reflejaba en sus ojos.
—Quiere decir exactamente eso.
—No es suficiente —dijo Lara—. Llevamos demasiado tiempo siguiendo pistas y medias verdades.
Gabriel soltó una breve carcajada sin humor.
—Lo sé.
Lucía avanzó unos pasos.
—Diles la verdad.
Gabriel observó la puerta negra que se alzaba detrás de ellos antes de comenzar a hablar.
—Cuando llegué a la isla era como vosotros. Solo quería respuestas. Pensé que había encontrado un paraíso. Pensé que podía escapar del dolor. Pensé que podía conservar para siempre aquello que amaba.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Me equivocaba.
El viento volvió a recorrer la montaña mientras Gabriel continuaba hablando.
—Cuando descubrí el Corazón ya era demasiado tarde.
Esteban sintió un escalofrío.
—¿Qué es exactamente el Corazón?
Gabriel cerró los ojos durante un instante.
—No lo sé por completo. Ninguno de nosotros lo sabe. Solo sabemos que existe desde mucho antes que la isla. Mucho antes que cualquier ser humano que haya puesto un pie aquí.
—¿Y qué relación tiene contigo?
La expresión de Gabriel cambió y en sus ojos apareció la mirada de alguien que llevaba décadas ocultando un secreto.
—Porque fui yo quien ocupó el lugar anterior.
Nadie entendió aquellas palabras.
—¿Qué lugar? —preguntó Adrián.
Gabriel señaló la montaña.
—El del guardián.
El silencio volvió a caer sobre el grupo mientras intentaban comprender lo que acababan de escuchar.
—¿Guardián de qué?
—Del Corazón.
Lucía bajó la mirada. Era evidente que ya conocía aquella respuesta.
—Cuando alguien decide quedarse durante demasiado tiempo, la isla termina eligiendo.
Esteban sintió que el estómago se le encogía.
—¿Eligiendo qué?
—A la persona que mantendrá el equilibrio.
Las palabras comenzaron a encajar lentamente, tan lentamente que resultaban aún más aterradoras.
—No... —murmuró Víctor.
Gabriel asintió.
—Sí.
La voz le salió cansada cuando continuó hablando.
—Yo no permanecí aquí porque quisiera seguir siendo joven.
Miró la puerta negra.
—Permanecí porque ya no podía hacer otra cosa.
Nadie dijo nada.
—Hace mucho tiempo existía otro guardián.
—¿Y qué pasó con él? —preguntó Lara.
Gabriel tardó varios segundos en responder.
—Murió.
Un escalofrío recorrió al grupo al escuchar aquella respuesta.
—Entonces tú ocupaste su lugar.
—Sí.
—¿Y si te marchas?
Gabriel sonrió con una tristeza infinita.
—Ese es el problema.
Esteban sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Qué ocurriría?
Gabriel observó la montaña.
—El Corazón despertaría.
El silencio fue absoluto mientras todos asimilaban las consecuencias de aquellas palabras. Nadie necesitó pedir explicaciones. Durante décadas Gabriel no había permanecido en la isla por egoísmo ni por miedo. Había permanecido allí porque alguien debía hacerlo.
Lucía se acercó lentamente antes de decir:
—Por eso me quedé.
Todos la miraron esperando una explicación.
—Creí que podría encontrar una forma de liberarlo.
—¿Y la encontraste? —preguntó Esteban.
Los ojos de Lucía se llenaron de tristeza.
—No.
Aquella respuesta golpeó al grupo con más fuerza que cualquier revelación anterior, porque significaba que, después de tantos años, seguían exactamente en el mismo punto. Gabriel era la cerradura. La isla era la prisión. Y el Corazón seguía esperando.
Cuando el silencio parecía haberse adueñado por completo de la montaña, ocurrió algo inesperado.
La séptima llave comenzó a calentarse en la mano de Esteban.
Todos dirigieron inmediatamente la mirada hacia ella.
La palabra ELECCIÓN brilló con una intensidad cegadora y una voz, distinta a todas las anteriores, resonó desde las profundidades de la montaña.
—EL GUARDIÁN PUEDE SER LIBERADO.
Nadie pareció respirar; Gabriel palideció y Lucía cerró los ojos al escuchar aquellas palabras.
Esteban sintió que un miedo nuevo se abría paso en su interior.
Porque sabía que aquella voz no había terminado y comprendió, incluso antes de escuchar las siguientes palabras, que la liberación de Gabriel tendría un precio.
Un precio que ninguno de ellos estaba preparado para pagar y que podía cambiar para siempre el destino de la isla, de Lucía y de todos los que habían llegado hasta aquel lugar buscando respuestas.