Capítulo 120 — Lo que la isla alimenta
Las últimas palabras de Lucía quedaron suspendidas en el aire. Nadie pareció capaz de responder. Incluso el viento había desaparecido, como si la propia montaña estuviera escuchando. Esteban fue el primero en reaccionar.
—¿Qué significa eso?
Lucía bajó la mirada durante unos segundos antes de responder.
—Significa que todos hemos entendido mal la isla.
—¿Todos? —preguntó Lara.
—Todos.
La mujer observó lentamente la aldea que se extendía a lo lejos.
—Durante años creímos que la isla nos regalaba algo. Creímos que nos protegía del tiempo. Creímos que nos permitía conservar nuestra juventud. Pero la verdad es mucho peor.
Gabriel cerró los ojos, como si conociera perfectamente aquellas palabras.
—Díselo de una vez —murmuró.
Lucía asintió.
—La isla no detiene el envejecimiento.
El grupo permaneció inmóvil intentando comprender lo que acababa de escuchar.
—Entonces ¿qué hace? —preguntó Adrián.
Lucía respiró profundamente.
—Lo almacena.
Un escalofrío recorrió a todos al escuchar aquella respuesta.
—No entiendo.
—Los años no desaparecen. El tiempo no desaparece. La vejez no desaparece. Todo sigue existiendo.
Esteban sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Dónde?
Lucía levantó lentamente la vista hacia la montaña.
—Aquí.
El silencio volvió a caer sobre el grupo mientras todos intentaban asimilar aquella revelación.
—La isla guarda el tiempo que nos niega.
Nadie dijo nada porque todos intuían la dirección que estaba tomando aquella explicación y ninguno deseaba llegar hasta el final.
Lucía señaló la puerta negra.
—Detrás de esta montaña existe algo mucho más antiguo que la isla. Mucho más antiguo que nosotros.
—¿Qué?
La mujer tardó varios segundos en responder.
—El Corazón.
A Lara no le gustó el nombre desde el primer instante.
—¿Qué es el Corazón?
Lucía sonrió con tristeza.
—Eso mismo intenté descubrir yo.
Esteban sintió un escalofrío.
—¿Y lo descubriste?
—Sí.
Gabriel bajó la cabeza mientras Lucía continuaba hablando.
—Todos los años que la isla nos ahorra van allí.
—¿Los años? —preguntó Víctor.
—Sí.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—¿Y qué ocurre con ellos?
Lucía permaneció unos segundos en silencio. Cuando volvió a hablar, su voz apenas era un susurro.
—Lo alimentan.
La incomodidad apareció inmediatamente en todos los rostros.
—¿Alimentan a qué?
Lucía dirigió la mirada hacia la puerta.
—A algo que lleva siglos dormido.
Aquellas palabras provocaron un silencio absoluto entre todos los presentes. Esteban observó a Gabriel.
—Tú también lo sabes.
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Porque nadie habría continuado.
Aquella respuesta era sincera y precisamente por eso resultaba aterradora.
Lucía caminó lentamente hasta la puerta negra y dejó que sus dedos rozaran la superficie oscura.
—Cuando llegué aquí descubrí la verdad.
—¿Y aun así te quedaste? —preguntó Lara.
La mujer cerró los ojos antes de responder.
—Sí.
—¿Por qué?
Por primera vez las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Porque pensé que podía detenerlo.
Nadie esperaba aquella respuesta y el desconcierto se reflejó inmediatamente en todos los rostros. Esteban sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Detener qué?
Lucía giró lentamente la cabeza y la tristeza que reflejaban sus ojos fue tan profunda que nadie pudo sostenerle la mirada durante mucho tiempo.
—El despertar.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo mientras intentaban comprender el alcance de aquellas palabras.
Porque todos comprendieron inmediatamente que acababan de descubrir algo que cambiaba por completo el significado de la historia.
La isla nunca había sido una recompensa.
Nunca había sido un refugio. Nunca había sido un regalo.
Era una prisión y quizá también una cerradura.
Gabriel dio un paso al frente.
—Ahora ya lo sabéis todo.
Lucía negó lentamente con la cabeza.
—No.
Todos la miraron con expectación.
—Todavía no.
Esteban sintió un escalofrío.
—¿Qué falta?
Lucía observó la séptima llave que él sostenía entre las manos antes de responder.
—Falta descubrir por qué Gabriel nunca pudo marcharse.
El rostro de Gabriel perdió el color al escuchar aquellas palabras. Por primera vez desde que lo conocían, pareció verdaderamente asustado.
El silencio que siguió fue más inquietante que cualquier prueba, cualquier llave o cualquier misterio que hubieran encontrado hasta entonces.
Porque todos comprendieron una cosa: Gabriel no era simplemente un hombre que había elegido quedarse; Gabriel formaba parte del secreto que la isla había protegido durante décadas.
Y la verdad sobre él estaba a punto de cambiar todo lo que creían saber sobre la isla, sobre Lucía y sobre el verdadero precio de la eterna juventud.