El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 119 — Lucía
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Capítulo 119 — Lucía

La puerta negra terminó de abrirse con un sonido profundo que resonó por toda la montaña.

Durante unos segundos nadie se movió. El sendero iluminado que aparecía al otro lado parecía extenderse hacia un lugar situado fuera del tiempo.

La figura inmóvil continuaba esperando al final del camino y Esteban fue el primero en avanzar, con las piernas temblando.

Durante años había imaginado aquel momento.

Durante años había intentado averiguar qué había ocurrido con Lucía.

Había pasado por la ira, la tristeza, la esperanza y la resignación.

Incluso había llegado a convencerse de que nunca volvería a verla.

Y ahora estaba allí, a unos pocos metros de distancia.

Lara, Adrián, Víctor y Gabriel caminaron detrás de él sin pronunciar una sola palabra.

El silencio parecía más apropiado que cualquier conversación.

A medida que se acercaban, Esteban distinguió el cabello oscuro, la misma forma de caminar, la misma mirada y los mismos rasgos que había recordado durante años.

El corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Finalmente se detuvo cuando Lucía quedó frente a él.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Simplemente se observaron, como si ambos intentaran asegurarse de que el otro era real. Las lágrimas aparecieron en los ojos de Esteban mientras pronunciaba su nombre.

—Lucía...

Ella sonrió.

Y aquella sonrisa fue suficiente para confirmar algo que él ya sabía. Era ella, no una ilusión, un recuerdo ni una prueba creada por la isla.

La mujer dio un paso hacia él.

Sus ojos también estaban llenos de lágrimas.

—Has tardado mucho.

Aquellas palabras provocaron una mezcla extraña de alivio y dolor. Esteban soltó una breve carcajada nerviosa.

—Llevo años buscándote.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

Lucía dirigió la mirada hacia la montaña.

—Aquí el tiempo funciona de otra manera.

Esteban quiso formular cientos de preguntas al mismo tiempo, pero ninguna consiguió salir de su boca.

Lucía observó entonces al resto del grupo.

Sonrió a Lara, después a Adrián, a Víctor y finalmente sus ojos se detuvieron en Gabriel.

La sonrisa desapareció lentamente y un silencio incómodo se instaló entre ambos.

—Sigues aquí —dijo ella.

Gabriel asintió.

—Sí.

—Sabía que sería así.

Nadie comprendió completamente aquella conversación, pero era evidente que compartían una historia que los demás desconocían.

Lucía volvió a mirar a Esteban.

—Hay muchas cosas que debo explicaros.

—Empieza por una —respondió él—. ¿Por qué te quedaste?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Lucía bajó la mirada y, por primera vez, pareció cansada, no físicamente, sino emocionalmente, como alguien que llevaba demasiado tiempo cargando con una decisión imposible.

—Porque tuve miedo.

Aquellas palabras sorprendieron a todos.

—¿Miedo de qué? —preguntó Lara.

Lucía tardó varios segundos en responder.

—De volver.

El desconcierto apareció inmediatamente en todos los rostros.

—No lo entiendo —dijo Esteban.

Lucía caminó lentamente hacia el borde del sendero. Desde allí podía verse gran parte de la isla. La aldea, la montaña y el océano parecían suspendidos en una calma imposible.

—Cuando llegué aquí estaba rota. Había perdido demasiadas cosas. Demasiadas personas. Sentía que fuera de esta isla no me esperaba nada.

Esteban escuchaba en silencio mientras Lucía continuaba hablando.

—Y entonces descubrí este lugar.

—¿Y elegiste quedarte?

—Sí.

Lucía levantó la vista.

—Porque aquí nadie envejecía.

—Eso ya lo sabemos.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No. No lo sabéis.

Todos guardaron silencio al percibir que la explicación verdaderamente importante aún no había llegado. Lucía observó a Gabriel durante unos instantes y después volvió a mirar a Esteban.

—La eterna juventud no es el verdadero precio.

Durante unos segundos pareció que incluso el viento se detenía.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Esteban.

Lucía respiró profundamente.

—Quiero decir que lo peor no es quedarse.

Hizo una pausa mientras sus ojos se llenaban de tristeza.

—Lo peor es lo que ocurre después.

Nadie habló ni se movió. Porque todos comprendieron que estaban a punto de escuchar la verdad que la isla había ocultado durante décadas y, por primera vez desde que encontraron la primera llave, Esteban sintió auténtico miedo de conocer la respuesta.

Lucía observó la puerta negra a sus espaldas, luego a Gabriel y finalmente al grupo entero, como si estuviera reuniendo el valor necesario para revelar algo que había permanecido oculto demasiado tiempo.

Y cuando volvió a hablar, su voz apenas fue un susurro.

—La isla no conserva vuestra juventud para siempre. La consume lentamente para alimentar algo mucho más antiguo que todos nosotros. Y quienes permanecen aquí el tiempo suficiente terminan descubriendo que no son ellos quienes poseen la isla.

Hizo una última pausa.

—Es la isla la que acaba poseyéndolos a ellos.