Capítulo 117 — La séptima llave
La enorme puerta negra permanecía inmóvil frente a ellos.
El viento soplaba con fuerza sobre la explanada de roca, pero nada parecía alterar aquella estructura gigantesca incrustada en la montaña.
La luz del atardecer comenzaba a desaparecer y las sombras se extendían lentamente por el terreno.
Los cuatro observaban la puerta mientras la sexta llave seguía brillando entre las manos de Esteban.
Las palabras que habían escuchado unos minutos antes continuaban resonando en sus mentes.
—LA SÉPTIMA LLAVE ESTÁ CERCA.
—¿Dónde está? —preguntó Lara.
Nadie respondió. Por primera vez no había senderos ocultos, templos secretos ni acertijos que resolver.
Solo aquella puerta gigantesca que parecía esperar algo de ellos.
Esteban avanzó unos pasos y observó la superficie negra.
Era lisa y fría. No tenía cerraduras visibles, inscripciones ni mecanismos aparentes.
—No hay forma de abrirla.
—Porque todavía no está abierta para vosotros —dijo una voz detrás de ellos.
Todos se giraron. Gabriel acababa de llegar después de subir solo hasta la explanada. Su expresión era más seria que nunca. Durante unos segundos observó la puerta sin decir nada antes de dirigir la mirada hacia el grupo.
—Este es el lugar donde todo termina.
—Y donde todo empezó —murmuró Esteban.
Gabriel asintió lentamente.
—Sí.
El silencio regresó mientras el último resplandor del día desaparecía detrás de las montañas.
—Dijiste que la séptima llave se crea —recordó Adrián.
—Y es verdad.
—¿Cómo?
Gabriel permaneció inmóvil durante unos instantes, como si estuviera reuniendo fuerzas para decir algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
—La isla os ha mostrado vuestros mayores deseos.
—Ya los rechazamos —dijo Víctor.
—Esa era solo la primera parte.
Aquellas palabras provocaron una inmediata sensación de inquietud en el grupo.
—¿Y la segunda? —preguntó Lara.
Gabriel levantó la vista hacia la puerta negra.
—La segunda consiste en decidir.
—¿Decidir qué?
—Si queréis seguir adelante.
Aquella respuesta provocó un desconcierto inmediato.
—Hemos llegado hasta aquí para eso —dijo Esteban.
—No exactamente.
Gabriel se acercó lentamente a la puerta.
—Si cruzáis al otro lado, conoceréis toda la verdad.
—Eso es lo que queremos.
—No estoy seguro.
Esteban frunció el ceño.
—¿Por qué?
Gabriel apoyó una mano sobre la superficie oscura de la puerta.
—Porque después ya no podréis fingir que no la conocéis.
Nadie habló porque la frase tenía un peso extraño, un peso que ninguno terminaba de comprender.
—Explícate —pidió Lara.
Gabriel respiró profundamente.
—La isla os ofrece una elección.
—¿Quedarnos o marcharnos?
—Sí.
—Ya sabemos eso.
Gabriel negó con la cabeza.
—No lo entendéis.
Sus ojos recorrieron uno por uno los rostros del grupo.
—Si elegís quedaros, conservaréis vuestra juventud igual que nosotros.
—¿Y si nos marchamos?
—Volveréis a vuestra vida.
—Entonces la decisión parece sencilla —dijo Víctor.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Solo lo parece.
El silencio volvió a extenderse mientras todos intentaban comprender lo que estaba diciendo. Esteban observó la puerta, después la llave y finalmente a Gabriel.
—¿Qué ocurrió cuando llegaste aquí?
La pregunta quedó suspendida en el aire mientras todos aguardaban la respuesta.
Gabriel tardó varios segundos en hablar.
—Yo elegí quedarme.
—Ya lo sabemos.
—No.
Su voz sonó diferente. Más amarga. Más cansada.
—No sabéis por qué.
El grupo permaneció atento.
—Cuando llegué aquí no estaba solo.
Un escalofrío recorrió a Esteban al escuchar aquellas palabras.
—¿Quién estaba contigo?
Gabriel cerró los ojos durante un instante.
—La mujer que amaba.
Nadie dijo nada mientras Gabriel continuaba hablando.
—Los dos llegamos hasta esta misma puerta.
—¿Y qué pasó?
El viento sopló entre las rocas mientras todos aguardaban la respuesta.
—Ella eligió marcharse.
—¿Y tú?
Gabriel volvió a mirar la superficie negra de la puerta.
—Yo me quedé.
La tristeza que apareció en su rostro fue tan intensa que ninguno necesitó más explicaciones.
—Nunca volviste a verla —comprendió Lara.
Gabriel negó lentamente.
—Nunca.
Durante décadas había conservado su juventud, había permanecido en la isla y había tenido todo el tiempo del mundo.
Sin embargo, había perdido aquello que más amaba.
Por fin todos comprendieron el verdadero significado del precio: no era el tiempo ni la juventud, sino la renuncia.
La renuncia a una vida completa, a un futuro y a las personas que uno amaba.
Gabriel dio un paso atrás. Entonces señaló la puerta antes de decir:
—Ahora debéis decidir vosotros.
En ese mismo instante la sexta llave comenzó a brillar con una intensidad cegadora. La luz se elevó lentamente hacia el cielo y una nueva voz, distinta a todas las anteriores, resonó en la montaña.
—LA ELECCIÓN HA COMENZADO.
La superficie de la puerta empezó a iluminarse.
Ante los ojos del grupo apareció una cerradura que hasta ese momento no había estado allí.
Esteban sintió que el corazón le golpeaba con fuerza el pecho mientras observaba aquel mecanismo surgir de la oscuridad.
Después de todas las pruebas, después de todas las respuestas obtenidas y de todos los sacrificios descubiertos, comprendió que habían llegado al verdadero final del camino.
La séptima llave estaba a punto de nacer. Y con ella llegaría la decisión que determinaría quiénes regresarían a sus vidas y quiénes quedarían para siempre atrapados en la isla.