El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 115 — La renuncia
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Capítulo 115 — La renuncia

El eco de las últimas palabras todavía resonaba en la sala circular cuando los cuatro volvieron a observar las pequeñas llaves de plata que sostenían entre las manos.

Ninguna se parecía a las otras llaves que habían encontrado durante la aventura.

Eran sencillas, sin adornos ni símbolos especiales y, sin embargo, todos tenían la sensación de que eran importantes.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Lara.

Antes de que nadie pudiera responder, los cuatro pedestales comenzaron a vibrar. Las pequeñas llaves emitieron un resplandor plateado y la voz volvió a escucharse en toda la sala.

—LA RENUNCIA HA SIDO ACEPTADA.

—LA SEGUNDA ETAPA COMIENZA AHORA.

La sala circular empezó a transformarse.

El suelo se abrió lentamente y dejó al descubierto una plataforma de piedra situada varios metros más abajo.

En el centro de aquella plataforma había una única cerradura.

Los cuatro descendieron por una escalera que apareció junto a la pared y, cuando llegaron al nivel inferior, comprendieron inmediatamente lo que debían hacer.

La cerradura tenía cuatro ranuras, una para cada llave de plata.

Esteban observó a sus compañeros. Nadie habló.

No hacía falta. Los cuatro introdujeron las llaves al mismo tiempo.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces un sonido metálico resonó bajo sus pies, la cerradura giró y la piedra comenzó a abrirse lentamente.

Una intensa luz blanca surgió desde el interior, obligándolos a retroceder instintivamente.

Cuando el resplandor disminuyó apareció una única llave flotando en el aire.

Era más grande, más antigua y más hermosa que todas las anteriores.

El metal parecía cambiar de color según la luz lo alcanzaba.

Sobre su superficie aparecían grabados decenas de nombres, algunos conocidos y otros completamente desconocidos.

Entre ellos podían leerse claramente Gabriel, Elena, Arturo y Lucía, además de muchos otros pertenecientes a personas que habían llegado hasta aquel lugar mucho antes que ellos.

Esteban sintió un escalofrío.

—¿Qué significa esto?

La voz respondió inmediatamente.

—SON LOS NOMbrES DE QUIENES LLEGARON HASTA AQUÍ.

El grupo observó la llave en silencio.

—¿Y el precio? —preguntó Adrián.

La respuesta llegó tras unos segundos.

—EL PRECIO NO ES LA JUVENTUD.

—EL PRECIO ES EL TIEMPO.

Nadie comprendió aquellas palabras al principio, pero la voz continuó hablando.

—QUIENES ELIGEN QUEDARSE EN LA ISLA CONSERVAN SU JUVENTUD.

—PERO RENUNCIAN A SU FUTURO.

El corazón de Esteban comenzó a acelerarse.

—¿Qué significa eso?

—NO PUEDEN MARCHARSE.

—NO PUEDEN CONSTRUIR UNA NUEVA VIDA.

—NO PUEDEN RECUPERAR EL TIEMPO QUE HAN SACRIFICADO.

El silencio cayó sobre el grupo mientras todo comenzaba a encajar.

La tristeza de Gabriel, el arrepentimiento de Elena y la desaparición de Lucía adquirieron de pronto un significado completamente distinto.

No estaban atrapados por muros, cadenas o barreras invisibles.

Estaban atrapados por una decisión tomada años atrás.

Habían obtenido una juventud eterna, pero a costa de renunciar a cualquier futuro fuera de la isla.

—Lucía lo aceptó —murmuró Esteban.

—SÍ.

—¿Sigue aquí?

La voz guardó silencio durante unos segundos antes de responder.

—SÍ.

Nadie habló mientras intentaban asimilar aquella revelación. Esteban sintió que la emoción le cerraba la garganta. Había pasado años buscándola y acababa de descubrir que seguía viva.

En aquel instante, la gran llave suspendida en el aire descendió lentamente hasta colocarse frente a él.

—LA SEXTA LLAVE OS PERTENECE.

Esteban extendió la mano y, en cuanto sus dedos tocaron el metal, una oleada de imágenes atravesó su mente.

Vio a Lucía entrando en el templo décadas atrás.

Vio a Gabriel cuando aún estaba tomando la decisión que cambiaría su existencia.

Vio a Elena llorando sola junto a la fuente durante una noche interminable.

Y finalmente vio algo que hizo que la sangre se congelara en sus venas.

Ante él apareció una enorme puerta negra situada mucho más allá del templo y de la aldea.

Era gigantesca, antigua y parecía formar parte de la propia montaña.

Al otro lado de aquella puerta estaba Lucía.

No podía verla con claridad, pero sabía que era ella.

Lo sabía con la misma certeza con la que sabía su propio nombre.

La visión desapareció tan rápido como había llegado. Esteban volvió a encontrarse en la plataforma de piedra sosteniendo la llave entre las manos. Era la sexta llave, la que llevaban tanto tiempo buscando. Ahora solo quedaba una por encontrar.

Los cuatro se miraron en silencio. Ya no quedaban grandes misterios sobre la isla. Ya sabían cuál era el precio de la eterna juventud. Ya sabían que Lucía seguía viva. Y también sabían que la séptima llave no serviría para descubrir un nuevo secreto, sino para llegar hasta la última puerta.

Porque al final del camino les esperaba Lucía y, con ella, la elección que cambiaría para siempre sus vidas.