Capítulo 114 — La elección
Esteban permaneció inmóvil frente a la mujer que tenía delante.
Aquella mano seguía extendida hacia él y, por primera vez desde que había llegado a la isla, sintió una tentación auténtica.
No era miedo. No era curiosidad. Era esperanza, la esperanza imposible de recuperar aquello que la vida le había arrebatado.
Su madre seguía sonriendo. No parecía una ilusión ni un simple recuerdo.
Parecía real, tan real que podía distinguir las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y el brillo húmedo de su mirada.
—Ven conmigo —repitió ella.
Esteban sintió que una parte de sí mismo deseaba aceptar. Durante años había imaginado conversaciones que nunca pudo tener, preguntas que jamás llegó a formular y despedidas que nunca existieron. Ahora todo aquello parecía encontrarse al alcance de su mano.
—Si te sigo, ¿qué ocurrirá? —preguntó.
La mujer dio un paso más hacia él.
—Ya no estarás solo.
Aquellas palabras golpearon una herida que llevaba demasiado tiempo abierta. La soledad, el miedo y las pérdidas acumuladas parecían concentrarse en aquel instante.
—¿Y podré quedarme contigo?
—Sí.
—¿Para siempre?
La mujer sonrió.
—Si eso es lo que deseas.
Durante unos segundos Esteban imaginó cómo sería aceptar aquella oferta.
No más dolor. No más despedidas. No más miedo al paso del tiempo.
Solo aquel lugar tranquilo donde las personas que había amado seguían existiendo.
Pero entonces recordó a Elena. Recordó la expresión de arrepentimiento en sus ojos y la frase que había pronunciado junto a la fuente.
"Todos los días."
Aquellas palabras regresaron a su memoria con una claridad inesperada.
Si quedarse fuera tan perfecto, Elena no se arrepentiría.
Si la isla solo ofreciera felicidad, Gabriel no parecería cargar con aquella tristeza permanente.
Y si Lucía había aceptado el precio, entonces aquella prueba debía ocultar algo más, algo que todavía no podía ver ni comprender.
Esteban bajó lentamente la mirada hacia la mano que seguía extendida frente a él y negó con la cabeza.
—No.
La sonrisa de la mujer desapareció. El silencio llenó la estancia mientras ella continuaba observándolo.
—¿Estás seguro?
Aquella voz ya no sonaba exactamente igual. Había cambiado solo un poco, lo suficiente para que Esteban lo percibiera.
—Sí.
La habitación comenzó a temblar. Las paredes vibraron, la cocina empezó a difuminarse y los muebles perdieron consistencia, como si todo estuviera construido con humo.
La figura de su madre permaneció inmóvil observándolo y entonces sonrió, pero aquella vez no fue una sonrisa triste. Fue una sonrisa orgullosa.
—Has comprendido la primera parte.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La imagen continuó desvaneciéndose.
—Que amar algo no significa poseerlo.
La voz comenzó a alejarse.
—Y que dejarlo marchar también es una forma de amor.
El mundo se quebró a su alrededor. La casa, la cocina y la figura de su madre desaparecieron al mismo tiempo.
Un instante después Esteban volvió a encontrarse en la sala circular del templo.
Respiraba agitadamente mientras el corazón le golpeaba el pecho con violencia, pero seguía allí.
Seguía siendo él. La caja permanecía abierta sobre el pedestal y, sin embargo, algo había cambiado.
En el fondo de la caja había aparecido un pequeño objeto que antes no estaba.
Esteban lo observó con atención antes de recogerlo.
Era una pequeña llave de plata. No era la sexta llave, porque resultaba demasiado pequeña y sencilla para serlo.
La sostuvo entre los dedos y, en el mismo instante en que la tocó, aparecieron destellos de luz sobre los otros pedestales.
Lara, Adrián y Víctor regresaron al mismo tiempo.
Sus rostros mostraban la misma mezcla de tristeza, alivio y agotamiento.
Ninguno habló durante varios segundos. No hacía falta hacerlo, porque todos habían vivido algo parecido.
Todos habían tenido delante aquello que más deseaban recuperar.
Todos habían sentido la tentación de quedarse. Y todos habían decidido renunciar.
Entonces la voz volvió a resonar en la sala.
—PRIMERA ETAPA SUPERADA.
Los cuatro levantaron la vista.
—SOLO QUIEN RENUNCIA A SU MAYOR DESEO PUEDE ASPIRAR A LA SEXTA LLAVE.
—PERO LA VERDADERA ELECCIÓN AÚN NO HA COMENZADO.
El silencio regresó inmediatamente. Esteban observó la pequeña llave de plata que sostenía entre las manos y comprendió que aquello solo era el principio.
Si rechazar la ilusión había sido la primera parte de la prueba, la segunda debía de ser mucho más difícil.
Por primera vez desde que entraron en el templo comenzó a sospechar que la sexta llave exigiría una renuncia real.
No se trataría de un recuerdo ni de una tentación, sino de algo verdadero que podrían perder para siempre.
Y esa idea le produjo más miedo que cualquiera de las pruebas que habían afrontado hasta entonces.