Capítulo 113 — Dentro de las cajas
El silencio que reinaba en la sala parecía más pesado que el de cualquier otra prueba que hubieran afrontado hasta entonces. Los cuatro permanecían inmóviles frente a sus respectivas cajas de madera mientras las últimas palabras de la voz seguían resonando en sus mentes.
"Dentro de cada caja encontraréis aquello que más amáis."
"Y también aquello que podríais perder."
Nadie parecía dispuesto a ser el primero en abrir la suya.
Por primera vez no había trampas, laberintos ni enigmas que resolver.
La amenaza parecía mucho más íntima y mucho más peligrosa.
Finalmente fue Lara quien respiró hondo y levantó la tapa; en cuanto la abrió, una luz blanca surgió del interior y envolvió completamente su cuerpo.
—¡Lara! —exclamó Adrián.
Pero ya era tarde. La joven desapareció y, apenas un segundo después, ocurrió lo mismo con Adrián y con Víctor.
Las tres cajas quedaron abiertas y completamente vacías.
Un escalofrío recorrió la espalda de Esteban mientras observaba la sala silenciosa.
Durante unos instantes permaneció completamente solo.
Entonces comprendió que no tenía alternativa.
Si quería continuar, tendría que abrir también su caja.
Apretó los dientes y levantó la tapa. La luz surgió inmediatamente, aunque esta vez no fue cegadora.
Era cálida. Extrañamente familiar. El mundo desapareció a su alrededor.
La sala circular se desvaneció, las paredes dejaron de existir y, cuando volvió a abrir los ojos, se encontró en su antiguo hogar, el piso donde había pasado buena parte de su infancia.
El corazón comenzó a acelerarse. Todo estaba exactamente igual que lo recordaba: los muebles, las cortinas, el viejo reloj del comedor e incluso el olor que siempre había asociado a aquella casa.
Durante unos segundos creyó estar soñando.
Entonces escuchó una voz que no había oído desde hacía muchos años.
—¿Esteban?
Se quedó paralizado.
Lentamente giró la cabeza.
Era su madre, que estaba de pie junto a la puerta de la cocina y sonreía exactamente igual que cuando él era un niño.
Esteban sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Sabía que no podía ser real. Sabía que aquella mujer no podía estar allí. Y, sin embargo, verla provocó algo que ninguna de las pruebas anteriores había conseguido. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No... —murmuró.
La mujer dio unos pasos hacia él.
—¿Qué ocurre?
—Esto no es real.
Ella sonrió suavemente.
—¿Estás seguro?
Esteban no respondió, porque por primera vez desde que había llegado a la isla no estaba completamente seguro de nada. La mujer continuó acercándose.
—Has pasado demasiado tiempo buscando respuestas.
—¿Quién eres?
—Ya lo sabes.
Esteban cerró los ojos durante un instante. Aquella voz, aquella sonrisa y aquella forma de mirarlo parecían auténticas. Todo parecía demasiado auténtico.
—No puedes estar aquí.
—Tal vez sí.
—Estás muerta.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—¿Y si esa no fuera toda la verdad?
El corazón comenzó a golpearle con fuerza en el pecho al escuchar aquellas palabras.
Sonaban exactamente igual que las medias verdades que había escuchado durante toda la aventura.
Por primera vez empezó a sospechar que la prueba no consistía en enfrentarse a un enemigo ni en resolver un misterio.
Consistía en enfrentarse a un deseo. Recuperar aquello que había perdido era el deseo más profundo que llevaba años escondiendo.
La mujer extendió lentamente una mano hacia él.
—Ven.
Esteban permaneció inmóvil.
—¿Adónde?
—A donde ya no existe el dolor.
El silencio volvió a llenar la estancia y entonces comprendió algo terrible.
La isla no estaba mostrándole un recuerdo.
Le estaba ofreciendo una tentación. Si aceptaba aquella mano, quizá volvería a ver a las personas que había perdido, podría quedarse para siempre en aquel lugar y olvidar todas las heridas que había acumulado durante su vida.
Pero también comprendió algo más. Si aquella era realmente la prueba de la sexta llave, significaba que Lara, Adrián y Víctor estaban enfrentándose exactamente a la misma situación.
Cada uno tendría delante aquello que más amaba.
Cada uno tendría la oportunidad de recuperar lo que creía perdido.
Y cada uno tendría que decidir si estaba dispuesto a renunciar a la realidad para conservar ese sueño.
Mientras observaba la mano extendida de su madre, Esteban empezó a comprender el verdadero significado de la inscripción grabada sobre la puerta del templo.
Todo don exigía una renuncia. Y la eterna juventud quizá no se compraba con años de vida, dinero o sacrificios materiales.
Quizá se compraba entregando aquello que más se amaba, aquello que daba sentido a la propia existencia.
Si era así, comprendió que la sexta llave estaba a punto de obligarlos a tomar la decisión más difícil de toda la aventura.