Capítulo 112 — La puerta de la renuncia
El grupo permaneció varios minutos contemplando la inscripción grabada sobre la entrada del templo.
Ninguno parecía dispuesto a dar el primer paso.
Las palabras parecían sencillas, pero después de todo lo que habían descubierto en la isla resultaban mucho más inquietantes de lo que habrían parecido en cualquier otro lugar.
"TODO DON EXIGE UNA RENUNCIA."
Esteban no podía dejar de pensar en Lucía.
Si ella había llegado hasta allí y había aceptado el precio, debía de haber encontrado algo lo bastante importante como para justificar aquella decisión.
Sin embargo, cuanto más observaba la aldea situada a sus espaldas, más dudas surgían.
Aquellas personas parecían felices. Vivían tranquilamente.
Conservaban su juventud. Y aun así, Elena había admitido arrepentirse todos los días.
Aquello no encajaba en absoluto con la imagen de serenidad que proyectaba aquel lugar.
—¿Qué es lo que perdieron? —preguntó finalmente.
Elena y Gabriel intercambiaron una mirada cargada de significado.
—Eso es lo que debéis descubrir.
—No parece que les falte nada.
—Porque lo que perdieron no puede verse.
Aquella respuesta provocó un silencio incómodo mientras Esteban volvía a observar a los habitantes de la aldea.
Algunos conversaban junto a las casas. Otros trabajaban en los huertos.
Todos parecían normales. Sin embargo, por primera vez comenzó a preguntarse qué historias ocultaban aquellas sonrisas y cuántos de ellos habrían tomado una decisión de la que ahora se arrepentían.
Gabriel avanzó hacia la entrada del templo.
—La sexta llave no os pedirá resolver acertijos ni encontrar objetos ocultos.
—¿Entonces qué tendremos que hacer? —preguntó Lara.
—Recordar.
La respuesta desconcertó inmediatamente al grupo.
—¿Recordar qué? —preguntó Adrián.
—Aquello que jamás deberíais estar dispuestos a perder.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente.
El sonido de la piedra rozando la piedra resonó por toda la colina mientras una corriente de aire frío escapaba desde el interior, provocando un escalofrío en todos ellos.
Cuando la abertura fue lo bastante amplia pudieron ver el interior.
No había altares, estatuas ni símbolos extraños, sino únicamente un largo corredor iluminado por una luz blanca que parecía surgir de las propias paredes.
—Entrad —dijo Gabriel.
—¿Y tú? —preguntó Víctor.
—Yo no puedo acompañaros.
—¿Por qué?
Gabriel sonrió con tristeza.
—Porque ya hice esta prueba hace mucho tiempo.
Aquellas palabras hicieron que el grupo se quedara inmóvil durante unos segundos mientras intentaban comprender su significado.
—¿Y la superaste? —preguntó Esteban.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Gabriel antes de responder.
—Todavía no estoy seguro.
Nadie supo cómo interpretar aquella respuesta y el desconcierto volvió a extenderse entre ellos.
Finalmente fue Lara quien avanzó primero hacia el interior del templo.
Adrián y Víctor la siguieron. Esteban fue el último en cruzar el umbral.
En cuanto entró, las puertas comenzaron a cerrarse detrás de ellos.
La luz exterior desapareció y el silencio se volvió absoluto.
El corredor parecía interminable. Mientras avanzaban, las paredes emitían un resplandor suave que les permitía distinguir cada detalle.
No había adornos ni bifurcaciones. Solo aquel camino recto que parecía conducir hacia algún lugar imposible de ver.
Después de varios minutos de marcha llegaron a una sala circular.
En el centro había cuatro pedestales, uno para cada miembro del grupo, sobre los que descansaba una pequeña caja de madera.
Esteban observó la estancia con desconfianza.
—¿Eso es todo?
En ese instante una voz resonó a su alrededor. Era la misma voz que había guiado todas las pruebas anteriores.
—BIENVENIDOS A LA SEXTA LLAVE.
El grupo permaneció inmóvil mientras escuchaba.
—LA ETERNA JUVENTUD EXIGE UNA RENUNCIA.
—TODOS LOS QUE HABITAN LA ALDEA HICIERON UNA ELECCIÓN.
—TODOS PAGARON UN PRECIO.
La voz guardó silencio durante unos segundos antes de continuar.
—DENTRO DE CADA CAJA ENCONTRARÉIS AQUELLO QUE MÁS AMÁIS.
—Y TAMBIÉN AQUELLO QUE PODRÍAIS PERDER.
Un escalofrío recorrió la espalda de Esteban. Aquellas palabras eran mucho más inquietantes que cualquier acertijo anterior.
—¿Qué significa eso? —preguntó Víctor.
La voz no respondió.
Los cuatro observaron las cajas. Ninguna tenía cerradura ni parecía especial a simple vista. Sin embargo, todos sentían el mismo miedo. Porque por primera vez sospechaban que la isla no iba a poner a prueba su inteligencia, sino su corazón.
Esteban acercó lentamente la mano hacia la caja que llevaba grabado su nombre.
Mientras sus dedos se aproximaban a la tapa, una idea comenzó a abrirse paso en su mente.
Quizá el verdadero precio de la eterna juventud no consistía en entregar algo material, sino en renunciar precisamente a aquello que hacía que la vida mereciera ser vivida.
Y si aquella sospecha era cierta, comprendió que la sexta llave podía ser mucho más dolorosa que todas las anteriores juntas.