Capítulo 109 — La verdad de Gabriel #2
—¿Qué es eso? —preguntó Víctor.
Gabriel lo observó.
—La puerta de la sexta llave.
El grupo permaneció en silencio, consciente de que habían llegado más lejos de lo que cualquiera imaginó cuando encontraron la primera llave.
Las respuestas parecían estar al alcance de la mano, pero también tenían la sensación de aproximarse a algo peligroso.
Esteban sostuvo la quinta llave dentro del bolsillo mientras observaba el templo.
Algo le decía que el precio que estaban a punto de descubrir era mucho peor de lo que habían imaginado.
Porque si Lucía había decidido aceptarlo voluntariamente, debía tratarse de algo capaz de cambiar para siempre la vida de una persona y quizá también su alma.
Capítulo 111 — Los que se quedaron
El grupo descendió lentamente por el sendero que conducía a la aldea.
A medida que se acercaban, la sensación de extrañeza aumentaba.
Desde la distancia todo parecía normal, incluso acogedor.
Sin embargo, cuanto más observaban a sus habitantes, más evidente resultaba que aquel lugar escondía algo inquietante.
Las personas trabajaban en los huertos, reparaban herramientas o conversaban junto a las puertas de sus casas.
Sonreían, reían y caminaban sin prisa, como si el paso del tiempo hubiera dejado de tener importancia para ellas.
Ninguna parecía superar los cincuenta años.
No había arrugas profundas, espaldas encorvadas ni ancianos sentados al sol observando pasar los días.
La impresión general era la de un lugar donde el tiempo se hubiera detenido.
Cuando atravesaron las primeras viviendas, varios habitantes levantaron la vista para observarlos. No parecían sorprendidos. Algunos incluso saludaron a Gabriel con familiaridad.
—Te conocen —dijo Lara.
—Llevo mucho tiempo aquí.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Adrián.
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—Más del que os imagináis.
Nadie insistió. La respuesta resultaba tan inquietante que ninguno estaba seguro de querer escuchar la cifra real.
Continuaron avanzando hasta llegar a una pequeña plaza situada en el centro de la aldea.
Allí había una fuente construida con piedra blanca alrededor de la cual varias personas conversaban tranquilamente.
Entre ellas destacaba una mujer de cabello oscuro que aparentaba poco más de treinta años.
Al ver a Gabriel, la mujer sonrió antes de decir:
—Pensé que tardarías más.
—Yo también.
Después dirigió la mirada hacia Esteban y sus compañeros.
—Así que ellos son los nuevos.
Esteban sintió un escalofrío porque aquella frase sonó extrañamente familiar, como si hubiera sido pronunciada muchas veces antes.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Me llamo Elena.
La mujer observó detenidamente a cada uno de ellos antes de añadir:
—Yo encontré las siete llaves hace mucho tiempo.
Durante unos segundos solo se escuchó el murmullo del agua de la fuente. Finalmente fue Víctor quien rompió el silencio.
—¿Y decidió quedarse?
Elena asintió lentamente antes de responder.
—Sí.
—¿Por qué?
La mujer observó las casas, los huertos y a las personas que paseaban tranquilamente por la plaza antes de volver a mirar al grupo.
—Porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué? —preguntó Lara.
Elena sonrió con tristeza.
—De envejecer.
Nadie supo qué decir, porque era una respuesta tan simple como aterradora. La mujer apoyó una mano sobre el borde de la fuente y permaneció unos segundos observando el agua antes de continuar.
—Todos los que vivís fuera creéis que el tiempo es infinito. Pensáis que siempre habrá otro verano, otra oportunidad o una persona a la que llamar mañana. Hasta que un día descubrís que no es verdad.
Esteban permaneció en silencio. Aquellas palabras parecían dirigidas directamente a él.
—La isla ofrece una alternativa. Te permite conservar tu juventud. Te permite detener el reloj.
—¿Y a cambio qué pide? —preguntó Adrián.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Elena.
—Eso es lo que debéis descubrir en la sexta llave.
—Ya están preparados —intervino Gabriel.
Ella negó suavemente con la cabeza.
—Todavía no.
—Han llegado más lejos que nadie en muchos años.
—Precisamente por eso.
Aquella respuesta dejó a todos desconcertados y Esteban comenzó a perder la paciencia.
—Todo el mundo dice lo mismo.
Elena lo observó fijamente.
—Porque cuando conozcas el precio, ya no podrás ignorarlo.
El silencio regresó y, por primera vez, nadie intentó discutir. Había algo en la mirada de aquella mujer que resultaba imposible ignorar. Parecía una persona que llevaba décadas arrepintiéndose de una decisión tomada mucho tiempo atrás.
—¿Te arrepientes? —preguntó de pronto Esteban.
La pregunta sorprendió incluso a Gabriel, que volvió la cabeza para observar a Elena.
La mujer permaneció inmóvil durante varios segundos. Después miró hacia el horizonte.
—Todos los días.
El desconcierto apareció inmediatamente en todos los rostros.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Elena cerró los ojos durante un instante.
—Porque ya no puedo marcharme.
Aquellas palabras cayeron sobre el grupo como una losa y cambiaron inmediatamente la forma en que entendían la isla. Hasta ese momento habían supuesto que quedarse era una elección reversible, pero ahora empezaban a sospechar que no era así.
—¿Qué significa eso? —preguntó Esteban.
Elena volvió a abrir los ojos.
—Significa que la verdadera prisión no está hecha de muros —respondió antes de señalar el templo blanco situado en la colina—. La respuesta que buscáis está ahí.
Todos siguieron la dirección de su dedo. El edificio parecía todavía más extraño visto desde cerca. Las piedras blancas reflejaban la luz del sol con un brillo casi irreal y, sobre la puerta principal, podían leerse unas palabras grabadas en la piedra:
"TODO DON EXIGE UNA RENUNCIA."
Un profundo silencio cayó entonces sobre el grupo mientras contemplaban aquella advertencia.
Por primera vez desde que habían llegado a la isla comprendieron que la eterna juventud no era realmente un regalo.
Era un intercambio, y estaban a punto de descubrir qué era exactamente lo que había que entregar para obtenerla.
Mientras observaba el templo, Esteban tuvo la sensación de que la respuesta cambiaría para siempre todo lo que creía saber sobre Lucía, sobre Gabriel y sobre la propia isla.
Y, por primera vez desde que comenzó aquella aventura, sintió miedo de encontrar la verdad.