Capítulo 109 — La verdad de Gabriel
El grupo permaneció en silencio durante varios segundos después de las palabras de Víctor.
Habían recorrido un largo camino para conseguir cinco llaves y, por primera vez, todos parecían tener la sensación de encontrarse cerca de una respuesta definitiva.
Esteban observó a sus compañeros. Lara parecía nerviosa, Adrián sostenía varios papeles doblados entre las manos, Víctor mantenía una expresión extrañamente seria y Gabriel permanecía apartado unos metros del grupo, contemplando el horizonte como si ya supiera lo que estaba a punto de ocurrir.
—Hablad de una vez —dijo Esteban.
Lara fue la primera en responder.
—Mientras estabas en la prueba encontramos una construcción oculta en la parte norte de la isla.
—No aparecía en ningún mapa —añadió Adrián.
—Y dentro había documentos muy antiguos —continuó Víctor.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué clase de documentos?
Adrián desplegó lentamente uno de los papeles que llevaba consigo.
—Registros.
—¿Registros de qué?
—De habitantes.
Aquella respuesta provocó un silencio inmediato. Esteban no comprendía adónde querían llegar, pero algo en la expresión de los tres le hizo comprender que aquello era importante.
—La isla lleva siglos habitada —explicó Víctor.
—Eso ya lo sabíamos.
—No exactamente.
Esteban percibió algo extraño en el tono de su voz.
—¿Qué quieres decir?
Víctor intercambió una mirada con Lara antes de responder.
—Que algunos de esos habitantes aparecen registrados durante más de cien años.
Durante unos segundos nadie habló.
—Eso es imposible.
—Nosotros pensamos lo mismo.
Adrián extendió uno de los documentos. En él aparecían nombres, fechas y diversas anotaciones. Sin embargo, uno de aquellos nombres hizo que Esteban contuviera la respiración.
Gabriel Ortega.
Volvió a mirar con más atención. La fecha era imposible. Había sido escrita más de setenta años atrás.
—No puede ser.
—Hay más.
Adrián colocó otro documento sobre la improvisada mesa formada entre varias rocas.
El mismo nombre aparecía junto a otra fecha situada varias décadas después.
A continuación surgían nuevas referencias repartidas a lo largo de los años, siempre con el mismo nombre y siempre acompañadas por descripciones físicas prácticamente idénticas.
Esteban levantó lentamente la vista hacia Gabriel. No parecía sorprendido ni asustado; simplemente parecía cansado, con un cansancio profundo que parecía acumular décadas de silencios y secretos.
—Lo sabías.
El viento agitó las hojas de los árboles cercanos mientras las olas golpeaban las rocas. Finalmente Gabriel se giró y respondió con una sola palabra.
—Sí.
Aquella respuesta cayó sobre el grupo como una piedra. Lara bajó la mirada. Adrián apretó los documentos entre las manos. Víctor permaneció inmóvil. Esteban sintió cómo la rabia comenzaba a crecer en su interior.
—Nos has mentido.
—Sí.
—¿Desde el principio?
—Sí.
—¿Quién eres realmente?
Gabriel observó unos instantes el océano antes de responder.
—Soy uno de los guardianes.
Nadie dijo nada y la palabra quedó suspendida entre ellos.
—¿Guardianes de qué? —preguntó Lara.
—Del secreto de la isla.
Un escalofrío recorrió al grupo.
—¿La eterna juventud? —preguntó Adrián.
Gabriel asintió lentamente.
—Sí.
Por primera vez nadie se rio ni dudó. Después de todo lo que habían vivido, aquella explicación parecía incluso razonable.
—Entonces es cierto —murmuró Esteban.
—Sí.
—¿No envejeces?
Gabriel sonrió con tristeza.
—Envejezco, pero mucho más despacio de lo que debería.
El silencio volvió a extenderse entre ellos. Esteban recordó las imágenes que había visto al tocar la quinta llave. Recordó a Gabriel caminando por la isla décadas atrás con exactamente el mismo aspecto que tenía ahora. Poco a poco todas las piezas empezaban a encajar.
—¿Cuál es el precio? —preguntó finalmente.
Gabriel cerró los ojos durante unos segundos, como si estuviera luchando contra una decisión que llevaba demasiado tiempo posponiendo. Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado. Parecía la de un hombre que cargaba sobre los hombros una culpa imposible de compartir.
—Ese es precisamente el secreto que protege la sexta llave.
El grupo permaneció inmóvil mientras intentaba asimilar aquella revelación.
—¿Y Lucía? —preguntó Esteban.
Gabriel bajó lentamente la mirada.
—Lucía descubrió el precio.
—¿Y qué hizo?
Gabriel tardó varios segundos en responder.
—Lo aceptó.
El corazón de Esteban pareció detenerse.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Lucía tomó una decisión de la que nunca pudo regresar.
Nadie habló ni se movió. El viento siguió recorriendo los árboles y el rumor del mar pareció hacerse más intenso.
Todos comprendieron que estaban mucho más cerca de encontrar a Lucía y también de descubrir por qué alguien estaría dispuesto a sacrificarlo todo a cambio de conservar la juventud durante décadas.
La sexta llave ya no parecía una prueba más.
Se estaba convirtiendo en la frontera que separaba las preguntas de las respuestas, y ninguno estaba seguro de querer conocer toda la verdad que aguardaba al otro lado.
Capítulo 110 — El precio
El grupo permaneció inmóvil después de las últimas palabras de Gabriel.
Nadie parecía dispuesto a romper el silencio.
El sonido del mar llenaba el aire mientras cada uno intentaba asimilar lo que acababan de descubrir.
La eterna juventud ya no parecía una leyenda ni una historia inventada para asustar a los recién llegados.
Era real. Y, por primera vez, también parecía peligrosa.
Esteban fue el primero en hablar.
—Has dicho que Lucía aceptó el precio.
Gabriel asintió lentamente.
—Sí.
—¿Cuál era ese precio?
El hombre guardó silencio durante unos segundos antes de responder.
—La sexta llave existe precisamente para responder a esa pregunta.
Aquella respuesta provocó un gesto de frustración en Lara.
—Otra vez lo mismo.
—Porque todavía no estáis preparados para conocer toda la verdad.
—Eso llevas diciéndonos desde que llegamos a esta isla —replicó Adrián.
Gabriel observó a los cuatro sin perder la calma.
—Y si os hubiera contado la verdad el primer día, ninguno me habría creído.
Nadie respondió porque sabían que tenía razón. Durante las primeras pruebas todos habrían considerado absurda cualquier historia relacionada con guardianes centenarios, llaves misteriosas o una isla capaz de alterar el paso del tiempo.
Víctor dio un paso hacia Gabriel.
—Entonces dinos al menos una cosa.
—¿Cuál?
—¿Lucía sigue viva?
El rostro de Gabriel cambió durante un instante, pero fue suficiente para que todos lo vieran. Aquella reacción respondió a la pregunta antes incluso de que pronunciara una sola palabra. Esteban sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Sigue viva.
Gabriel no respondió.
—Sigue viva, ¿verdad?
Finalmente bajó la mirada.
—Sí.
Nadie dijo una sola palabra. Lara se llevó una mano a la boca, Adrián permaneció inmóvil y Víctor cerró los ojos mientras intentaban asimilar la noticia.
Por su parte, Esteban sintió que las piernas apenas podían sostenerlo.
Había pasado años buscándola, imaginando posibilidades y temiendo lo peor.
Ahora acababa de descubrir que seguía viva.
—¿Dónde está?
La pregunta salió de sus labios casi en un susurro.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque todavía no habéis llegado hasta ella.
La rabia apareció inmediatamente en el rostro de Esteban.
—¡Basta ya!
Su voz resonó entre los árboles.
—¡Basta de medias verdades!
Gabriel no retrocedió.
—Entiendo cómo te sientes.
—¡No tienes ni idea!
—Más de la que imaginas.
El silencio regresó mientras ambos se observaban sin apartar la mirada. Finalmente Gabriel habló.
—La sexta llave está relacionada con una elección.
—¿Qué elección?
—La misma que Lucía tuvo que tomar.
Aquellas palabras captaron inmediatamente la atención del grupo.
—¿Qué clase de elección? —preguntó Lara.
Gabriel dirigió la mirada hacia el interior de la isla.
—Venid conmigo.
Nadie discutió y todos comenzaron a caminar por un sendero estrecho que se internaba entre árboles cada vez más antiguos.
A medida que avanzaban, la vegetación se volvía más densa y el silencio más profundo.
No se escuchaban pájaros ni insectos. Solo el sonido de sus propios pasos acompañaba la marcha.
Después de casi una hora de camino llegaron a una zona elevada desde la que podía contemplarse buena parte de la isla.
Fue entonces cuando la vieron.
Ante ellos apareció una aldea que ninguno había visto antes.
Las construcciones parecían muy antiguas, pero se encontraban perfectamente conservadas.
Había humo saliendo de algunas chimeneas, ropa tendida entre las viviendas, pequeños huertos y numerosas personas realizando tareas cotidianas.
A simple vista parecía un lugar tranquilo y normal, pero algo llamó inmediatamente la atención del grupo.
—¿Quiénes son? —preguntó Esteban.
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—Los que eligieron quedarse.
Un escalofrío recorrió al grupo mientras observaban a aquellas personas. Algunas parecían jóvenes. Otras aparentaban cuarenta o cincuenta años. Sin embargo, lo más inquietante era que no había ni un solo anciano.
—¿Qué significa eso? —preguntó Adrián.
Gabriel permaneció observando la aldea.
—Significa que ninguno de ellos envejece como debería.
La tensión aumentó de inmediato.
—¿Todos conocen el secreto? —preguntó Lara.
—Sí.
—¿Y todos aceptaron el precio?
—Sí.
Esteban volvió a contemplar la aldea. Por primera vez comenzó a comprender que la eterna juventud no era simplemente un don. Era una elección, y probablemente una muy difícil.
Gabriel señaló entonces una construcción situada en el extremo de la colina. A diferencia de las demás, aquella no parecía una vivienda. Era una especie de templo circular construido con piedra blanca. Sobre la entrada había una inscripción que ninguno conseguía leer desde aquella distancia.