Capítulo 103 — La mujer de la mesa
Esteban permaneció inmóvil en el umbral de la puerta.
Durante unos segundos fue incapaz de avanzar.
La figura sentada al otro lado seguía de espaldas, completamente quieta, como si hubiera estado esperando su llegada desde hacía mucho tiempo.
La estancia era pequeña y extrañamente sencilla.
No había ventanas, estanterías ni documentos.
Solo una mesa de madera situada en el centro y dos sillas enfrentadas.
Una de ellas estaba ocupada por aquella persona desconocida. La otra parecía reservada para él.
Esteban cruzó lentamente el umbral. La puerta se cerró a su espalda sin hacer ruido, pero, a pesar del sobresalto, no se giró. Toda su atención permanecía concentrada en la figura sentada frente a él.
—¿Quién es usted? —preguntó finalmente.
La persona no respondió. Durante unos segundos solo existió el silencio, hasta que la silla comenzó a girar lentamente.
Esteban sintió cómo se aceleraba su corazón y, cuando finalmente pudo ver el rostro de aquella mujer, tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio.
Era la mujer de las fotografías, la misma que aparecía junto a Lucía, la que el desconocido había señalado como su verdadera madre y cuyo rostro había aparecido una y otra vez durante toda la prueba.
La mujer observó a Esteban con una mezcla de tristeza y cansancio.
Parecía mucho mayor que en las fotografías, pero no había duda posible sobre su identidad.
—No puede ser... —murmuró Esteban.
La mujer sonrió débilmente.
—Llevo muchos años escuchando esa frase.
—¿Quién es usted?
Ella no respondió de inmediato. Sus ojos parecían examinarlo con atención, como si estuviera buscando algo en su rostro.
—Antes de responder a esa pregunta, deberías sentarte.
—No quiero sentarme.
—Lo sé.
La serenidad con la que respondió hizo que Esteban se sintiera todavía más incómodo. Finalmente tomó asiento. Necesitaba respuestas y aquella mujer parecía ser la única persona capaz de dárselas. Durante varios segundos ninguno habló. La mujer fue la primera en romper el silencio.
—Te pareces mucho a tu madre.
Aquellas palabras provocaron una reacción inmediata.
—¿La conocía?
La mujer bajó la mirada.
—Sí.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Elena.
El nombre no significó absolutamente nada para Esteban; sin embargo, el simple hecho de escucharla pronunciarlo hizo que la tensión aumentara todavía más.
—¿Por qué aparece en todas las fotografías?
—Porque formé parte de vuestra vida.
—Eso es imposible.
—No lo es.
La respuesta llegó tan rápido que Esteban se quedó sin palabras durante un instante. Elena apoyó las manos sobre la mesa y lo observó directamente.
—La pregunta que deberías hacerte no es quién soy.
—Entonces, ¿cuál es?
—Por qué te ocultaron mi existencia.
Esteban sintió un escalofrío. Aquella posibilidad ni siquiera se le había ocurrido. Siempre había asumido que Elena era una desconocida, alguien externo a su familia, una persona que había aparecido después. Sin embargo, aquella mujer estaba insinuando algo completamente distinto.
—¿Qué relación tenía con mis padres?
Elena permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera debatiéndose entre hablar o callar. Finalmente respondió:
—Éramos amigos.
—Eso no explica nada.
—No.
—Entonces explíquelo.
La mujer suspiró lentamente.
—Durante muchos años compartimos un secreto.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire mientras Esteban sentía cómo el corazón volvía a acelerarse.
—¿Qué secreto?
Elena lo observó durante varios segundos antes de responder.
—Uno que destruyó muchas vidas.
La habitación quedó sumida en un silencio incómodo.
Esteban esperaba una respuesta inmediata, pero Elena parecía incapaz de pronunciar las siguientes palabras.
Finalmente se levantó y caminó hasta una pequeña cómoda situada junto a la pared.
Abrió uno de los cajones, sacó una caja metálica y regresó lentamente a la mesa. Después la depositó frente a él.
—Aquí dentro encontrarás la respuesta a muchas de tus preguntas.
Esteban observó la caja. Era una caja antigua, llena de arañazos, golpes y marcas que demostraban que había sido abierta y cerrada cientos de veces a lo largo de los años.
—¿Qué hay dentro?
—La verdad.
—Todo el mundo dice eso.
—Porque todo el mundo cree conocerla.
Elena empujó la caja hacia él.
—Pero muy pocos están preparados para soportarla.
Esteban observó el cierre durante varios segundos.
Una extraña sensación de miedo comenzó a crecer en su interior porque intuía que, una vez abriera aquella caja, ya no habría vuelta atrás.
La búsqueda de la quinta llave estaba dejando de ser una prueba para convertirse en un viaje hacia algo mucho más personal.
Algo que afectaba directamente a su familia, a Lucía y quizá también a él mismo.
Durante toda su vida había creído conocer su historia.
Ahora empezaba a sospechar que gran parte de ella podía estar construida sobre una mentira cuidadosamente mantenida durante décadas.
Respiró hondo, levantó la tapa de la caja y lo primero que vio hizo que toda su realidad comenzara a derrumbarse.
Sus ojos se abrieron por la sorpresa mientras el color desaparecía lentamente de su rostro.
Aquello no era un documento. No era una fotografía.
No era ninguna de las respuestas que esperaba encontrar.
Era algo mucho más perturbador. Algo que demostraba que la verdad sobre Lucía era todavía más compleja de lo que había imaginado y que el secreto que Elena y sus padres habían compartido estaba conectado con un acontecimiento capaz de cambiar para siempre todo lo que creía saber sobre su propia familia.