El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 99 — La casa que nunca existió
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Capítulo 99 — La casa que nunca existió

Las grietas continuaron extendiéndose por la superficie del espejo hasta cubrirla por completo.

Durante unos segundos, la imagen de Lucía permaneció visible entre las fracturas, como si se resistiera a desaparecer.

Después todo estalló en miles de fragmentos oscuros que se elevaron en el aire y se deshicieron lentamente en la niebla.

Esteban levantó un brazo para protegerse el rostro, pero ningún fragmento llegó a tocarlo.

Las partículas se evaporaban antes de alcanzar el suelo y, cuando el último resto desapareció, el silencio regresó con una intensidad casi insoportable.

Durante unos instantes permaneció inmóvil intentando ordenar las ideas que se agolpaban en su cabeza.

La imagen del documento seguía persiguiéndolo.

Las firmas de sus padres. La firma del desconocido.

Lucía alejándose de la mano de aquel hombre.

Ninguna de aquellas escenas tenía sentido por separado, pero juntas comenzaban a formar una historia inquietante, una historia que alguien había intentado ocultar durante demasiado tiempo.

La niebla volvió a moverse. Esta vez no se apartó para mostrar un camino.

Comenzó a retirarse formando un amplio círculo alrededor de Esteban y, poco a poco, apareció una casa.

No era una construcción antigua ni una ruina misteriosa.

Era una vivienda normal, de dos plantas, con jardín delantero, persianas verdes y una pequeña verja blanca.

Esteban sintió un escalofrío porque conocía aquella casa.

La había visto antes, no en la isla, sino en sus recuerdos.

Era la misma que había aparecido fugazmente en el espejo.

La misma en la que había visto a Lucía jugando.

La misma donde había aparecido el desconocido.

—¿Qué está pasando aquí? —murmuró.

Nadie respondió y la casa continuó pareciendo completamente vacía.

Ninguna luz brillaba en las ventanas. Ningún movimiento se percibía en el interior.

Sin embargo, había algo profundamente inquietante en ella.

Parecía real, demasiado real para formar parte de una simple ilusión.

Era como si hubiera sido arrancada de algún rincón olvidado del pasado y colocada allí únicamente para él.

Esteban avanzó lentamente por el sendero que conducía a la entrada.

A cada paso sentía aumentar la tensión. La sensación de estar acercándose a una verdad peligrosa se volvía cada vez más intensa.

Cuando llegó a la puerta principal descubrió algo extraño.

La puerta estaba entreabierta, como si alguien hubiera salido apresuradamente o como si la casa estuviera esperando su llegada desde hacía años.

Empujó suavemente la madera y la puerta se abrió sin resistencia.

Al cruzar el umbral descubrió que el salón parecía congelado en el tiempo.

Los muebles, las fotografías, los cuadros y hasta los juguetes dispersos sobre una alfombra parecían pertenecer a una escena detenida muchos años atrás.

Todo estaba inmóvil. Todo parecía conservar exactamente el mismo aspecto que había tenido el día en que alguien decidió abandonar aquel lugar.

Entonces vio una fotografía colocada sobre una estantería y, al acercarse, comprobó que en ella aparecían sus padres, él mismo y Lucía.

Esteban sintió que la respiración se le cortaba.

Nunca había visto aquella fotografía. Sin embargo, allí estaba.

Era una prueba imposible de ignorar. Tomó el marco entre las manos y observó detenidamente los rostros.

Todos sonreían. Todos parecían felices. Durante años había creído que Lucía era apenas un recuerdo borroso, una sombra perdida en algún rincón de su memoria.

Ahora comprendía que había sido mucho más importante de lo que nadie le había contado y que aquella felicidad familiar había existido realmente antes de desaparecer sin explicación.

Mientras observaba la fotografía, un ruido surgió desde el piso superior.

Primero escuchó un golpe seco y después otro.

Esteban levantó la cabeza. El sonido procedía de una de las habitaciones situadas al final del pasillo superior.

El corazón comenzó a latirle con fuerza porque, por primera vez desde que había comenzado la prueba, tuvo la sensación de que no estaba solo.

Dejó la fotografía en su lugar y avanzó hacia las escaleras.

Cada peldaño parecía más pesado que el anterior mientras el silencio regresaba, espeso, inquietante y expectante.

Cuando llegó al piso superior observó el pasillo.

Había varias puertas cerradas y una abierta.

Era la última del corredor, la habitación de donde había surgido el ruido.

Esteban avanzó lentamente por el pasillo.

Su mano tembló al acercarse al pomo mientras una extraña sensación de inquietud le recorría el cuerpo.

Respiró hondo y empujó la puerta con cautela.

La habitación permanecía en silencio y, durante unos segundos, creyó que estaba completamente vacía.

Sin embargo, aquella impresión desapareció casi de inmediato cuando algo llamó su atención en la pared del fondo.

No estaba pintado. No estaba grabado. Parecía haber aparecido directamente sobre la superficie, como si las palabras hubieran surgido desde el interior de la propia pared. Había una única frase escrita allí, una frase que hizo que se le helara la sangre.

"PREGUNTA A TU PADRE QUÉ OCURRIÓ AQUEL DÍA."

Esteban permaneció inmóvil observando aquellas palabras.

El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho mientras intentaba comprender lo que significaban.

Porque, por primera vez desde que había comenzado la prueba, comprendió que el mentiroso quizá no era un desconocido, sino alguien que llevaba toda la vida sentado a su mesa.

La posibilidad resultaba tan inesperada como aterradora.

Durante años había buscado respuestas fuera de su familia, imaginando conspiraciones, accidentes y secretos relacionados con la isla.

Sin embargo, ahora la prueba parecía señalar directamente hacia su propio hogar.

Mientras contemplaba la frase escrita en la pared, tuvo la sensación de que la habitación entera estaba esperando su reacción. Y por primera vez desde que había llegado a aquel extraño lugar, comenzó a temer que la verdad sobre Lucía no fuera una historia de pérdida, sino una historia de traición.