El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 100 — El día que desapareció Lucía
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Capítulo 100 — El día que desapareció Lucía

Esteban permaneció inmóvil frente a la pared durante varios segundos. Las palabras seguían allí, negras y perfectamente visibles sobre la superficie clara. No importaba cuánto las mirara. No cambiaban. No desaparecían. Parecían esperar pacientemente a que aceptara lo que implicaban.

"PREGUNTA A TU PADRE QUÉ OCURRIÓ AQUEL DÍA."

Aquello no era una pista cualquiera ni uno de los acertijos extraños que la isla había utilizado hasta entonces.

Era una acusación directa dirigida a su padre.

Esteban dio unos pasos hacia atrás sin apartar la vista de la frase.

Durante toda la prueba había pensado que el mentiroso podía ser Gabriel.

Incluso había sospechado de alguno de sus compañeros.

Ahora, sin embargo, la situación parecía mucho más compleja.

La mentira había comenzado mucho antes de la isla, mucho antes de las llaves e incluso mucho antes de que él supiera que Lucía había existido.

La habitación comenzó a oscurecerse lentamente.

Las paredes se difuminaron y el suelo desapareció bajo sus pies.

Esteban sintió un vértigo repentino y durante un instante creyó que iba a caer al vacío.

Sin embargo, no cayó y, cuando recuperó el equilibrio, descubrió que se encontraba en otro lugar.

Seguía siendo una habitación, aunque ya no era la misma.

Aquella estancia parecía formar parte de la misma casa, pero ahora estaba habitada.

Se escuchaban voces, pasos y el sonido lejano de una televisión.

Esteban observó a su alrededor y comprendió que estaba contemplando una escena real que no pertenecía a sus propios recuerdos.

Era algo que estaba siendo mostrado para él.

La puerta de la habitación se abrió y una mujer entró en el dormitorio.

Esteban reconoció inmediatamente a su madre.

Era mucho más joven de lo que él la recordaba y tenía el rostro enrojecido y los ojos hinchados de tanto llorar.

Entró despacio, cerró la puerta tras de sí y permaneció varios segundos inmóvil junto a la ventana antes de sentarse sobre la cama y cubrirse el rostro con las manos.

Esteban sintió una punzada de angustia. Nunca la había visto en un estado semejante.

Poco después la puerta volvió a abrirse y esta vez apareció su padre, también mucho más joven. Entró despacio, cerró la puerta y permaneció unos segundos observándola sin saber qué decir. El silencio que se instaló entre ambos resultaba insoportable. Finalmente fue su madre quien rompió a llorar.

—No puedo hacerlo.

Su padre bajó la cabeza.

—No tenemos otra opción.

—Sí la tenemos.

—No.

—Es nuestra hija.

Aquellas palabras lo golpearon de inmediato porque comprendió que estaban hablando de Lucía. Su padre permaneció varios segundos en silencio antes de responder.

—Si se queda, todos estaremos en peligro.

—Solo es una niña.

—Tú no viste lo que pasó.

—¡Porque nadie me deja verlo!

La discusión fue creciendo poco a poco. La desesperación de su madre era evidente y la de su padre tampoco parecía menor.

Sin embargo, había algo extraño en aquella conversación.

No parecían discutir sobre abandonar a una niña.

Parecían discutir sobre protegerla o protegerse de algo relacionado con ella.

Esteban intentó acercarse para escuchar mejor, pero las voces comenzaron a distorsionarse.

La escena empezó a volverse inestable. Las paredes vibraron y los colores se deformaron como si el propio recuerdo estuviera luchando por mantenerse unido.

Entonces apareció una tercera persona. Era el mismo hombre desconocido que había visto anteriormente en el espejo. Entró en la habitación sin llamar y su sola presencia bastó para que ambos guardaran silencio. El hombre observó a los padres de Esteban durante unos segundos antes de hablar.

—Ha llegado el momento.

La madre negó con la cabeza.

—No.

—Ya no podemos esperar más.

—No.

—Si permanece aquí, la encontrarán.

Esteban sintió que el corazón se aceleraba. Aquella frase cambiaba por completo el significado de todo lo que había visto hasta ese momento. No estaban intentando deshacerse de Lucía. Parecían estar intentando esconderla de alguien.

La escena continuó desarrollándose delante de él.

Su madre lloraba desconsoladamente. Su padre evitaba mirarla.

El desconocido mantenía una calma inquietante, como si estuviera convencido de que aquello era inevitable.

Finalmente apareció una niña en la puerta.

Era Lucía, que tendría unos ocho años. Miró a los tres adultos sin comprender lo que estaba ocurriendo.

Su madre rompió a llorar inmediatamente y la niña corrió hacia ella.

—Mamá, ¿qué pasa?

Aquella simple pregunta destrozó la poca serenidad que quedaba en la habitación.

Esteban sintió un nudo en la garganta porque ahora estaba viendo algo que nunca había imaginado.

Comprendió que no estaba presenciando una traición, sino una despedida.

Y la expresión de dolor en el rostro de sus padres parecía demasiado real para ser fingida.

Entonces la escena comenzó a oscurecerse. Las figuras se volvieron borrosas y la habitación desapareció poco a poco. Antes de que todo se desvaneciera por completo, la voz de la prueba volvió a resonar a su alrededor.

—LA VERDAD TIENE MÁS DE UNA CARA.

—SIGUE BUSCANDO.

—AÚN NO HAS ENCONTRADO AL MENTIROSO.

Cuando la oscuridad lo envolvió por completo, Esteban comprendió algo inquietante.

Tal vez su padre no era el culpable y también había sido una pieza dentro de una mentira mucho más grande.

Por primera vez empezó a sospechar que el verdadero mentiroso podía ser el hombre desconocido que aparecía una y otra vez en todos los recuerdos.

Si aquella intuición era correcta, la desaparición de Lucía no había sido el resultado de una decisión familiar, sino de algo mucho más complejo y peligroso.

Y cuanto más avanzaba en la prueba, más evidente resultaba que la verdad había permanecido oculta durante décadas por alguien que conocía todos los secretos desde el principio.