Capítulo 97 — El juicio del Guardián
El eco de los pasos continuó extendiéndose por el santuario durante varios segundos.
Nadie se movió ni pronunció una sola palabra.
Las figuras petrificadas parecían observarlos desde todas direcciones, convirtiendo el silencio en algo todavía más opresivo.
Esteban sentía cómo el corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.
La cuarta llave seguía guardada junto a las demás, pero por primera vez tuvo la sensación de que las llaves no representaban una ventaja.
Parecían una invitación a algo mucho más peligroso.
Durante todo el viaje habían creído estar persiguiendo un objetivo.
Ahora empezaba a parecer que era ese objetivo el que los había estado esperando a ellos.
Los pasos volvieron a escucharse, lentos, pesados e implacables, resonando entre las columnas del santuario.
Esta vez no procedían de un único punto.
El sonido parecía desplazarse entre las sombras, como si aquello que avanzaba fuera capaz de moverse sin ser visto.
Elena apretó los puños mientras intentaba localizar el origen de aquel ruido.
—¿Dónde está? —susurró.
Nadie respondió. Incluso Gabriel parecía incapaz de apartar la vista de la oscuridad que se extendía entre las columnas. La tensión era tan intensa que nadie parecía atreverse a respirar con normalidad.
Entonces ocurrió algo inesperado. Las figuras petrificadas comenzaron a emitir un débil resplandor gris.
Primero brilló una figura, después otra y finalmente una tercera, hasta que decenas de ellas emitían luz al mismo tiempo.
El santuario entero pareció despertar. Los destellos recorrían la piedra como si fueran recuerdos atrapados intentando escapar después de siglos de encierro.
La luz se deslizaba por los rostros inmóviles, iluminando expresiones de miedo, sorpresa, desesperación e incredulidad.
Marcos retrocedió un paso mientras observaba aquella escena.
—Esto cada vez me gusta menos.
Nadie le respondió. Todos pensaban exactamente lo mismo.
Una vibración recorrió el suelo, seguida de otra y de una tercera todavía más intensa.
Poco después, el centro de la sala comenzó a iluminarse.
Un círculo perfecto apareció grabado en la piedra negra y símbolos antiguos surgieron lentamente alrededor de su perímetro.
Las líneas brillaban con una intensidad creciente, como si una energía inmensa estuviera despertando bajo la superficie.
—¿Qué significa? —preguntó Raquel.
Gabriel observó los símbolos durante varios segundos. Su expresión indicaba que tampoco entendía completamente lo que estaba viendo.
—Creo que estamos a punto de averiguarlo.
En ese mismo instante una voz resonó por todo el santuario. No parecía humana ni procedía de ningún lugar concreto. Era una voz profunda, antigua y poderosa. Escucharla producía una sensación extraña, como si las palabras no entraran por los oídos sino directamente por la mente.
—LOS PORTADORES DE LAS LLAVES HAN LLEGADO.
El grupo permaneció inmóvil mientras la voz continuaba resonando por toda la sala.
—CUATRO HAN SIDO ENCONTRADAS.
—TRES PERMANECEN OCULTAS.
—UNO DE VOSOTROS MIENTE.
Todos se miraron sin comprender el significado de aquellas palabras. La sorpresa fue inmediata. Nadie esperaba aquello.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elena.
Nadie respondió. No porque no quisieran hacerlo, sino porque ninguno tenía una explicación.
La voz volvió a resonar con la misma fuerza.
—LA QUINTA LLAVE NO SE ENTREGA.
—LA QUINTA LLAVE SE REVELA.
—PERO SOLO A QUIEN VEA LA VERDAD.
Esteban sintió un escalofrío. Aquello no sonaba como una búsqueda física.
Sonaba como una elección. Y las elecciones podían resultar mucho más peligrosas que cualquier trampa o cualquier monstruo.
Durante unos segundos intentó recordar todo lo ocurrido desde su llegada a la isla.
Las mentiras. Los secretos. Las medias verdades. Había demasiadas posibilidades.
Las figuras petrificadas comenzaron a brillar con más intensidad.
La luz gris se extendió lentamente por la superficie de piedra, recorriendo los cuerpos inmóviles como si una energía olvidada estuviera despertando en su interior.
Entonces ocurrió algo imposible. Una de las figuras movió ligeramente la cabeza.
El movimiento fue mínimo, apenas perceptible, pero bastó para que todos lo vieran.
Instantes después otra estatua repitió el mismo gesto y una tercera hizo lo mismo.
El grupo retrocedió de forma instintiva mientras una sensación de auténtico terror comenzaba a extenderse por la sala.
Las figuras no estaban despertando por completo, pero algo dentro de ellas parecía seguir vivo. Daba la impresión de que algo continuaba observándolos y escuchándolos desde el interior de aquellas formas inmóviles. Los antiguos buscadores no parecían muertos. Parecían atrapados.
La voz volvió a hablar.
—MIRAD A LOS QUE FRACASARON.
—ELLOS TAMBIÉN CREYERON CONOCER LA VERDAD.
—ELLOS TAMBIÉN CONFIARON EN QUIEN NO DEBÍAN.
Gabriel palideció de repente y Esteban lo advirtió inmediatamente.
La expresión de su rostro había cambiado por completo.
Ya no parecía el hombre que los había guiado hasta allí, sino alguien que acababa de encontrarse cara a cara con una pesadilla que creía olvidada.
Durante varios segundos permaneció observando las figuras petrificadas sin decir una sola palabra.
—¿Qué ocurre? —preguntó Esteban.
Gabriel no respondió. Continuó examinando los rostros de piedra como si estuviera buscando una confirmación imposible.
—Gabriel...
—No puede ser...
—¿Qué no puede ser?
Gabriel tragó saliva antes de señalar una de las figuras.
—Yo conocía uno de esos nombres.
Nadie habló mientras intentaban comprender lo que estaba diciendo.
—¿Qué quieres decir?
—Hace muchos años encontré referencias sobre un hombre llamado Adrián Valverde. Según los documentos que descubrí, había desaparecido mientras buscaba las siete llaves.
Esteban observó la figura señalada. La estatua parecía mirar directamente hacia ellos. Incluso había algo inquietantemente humano en su expresión.
—¿Y?
Gabriel no apartó la mirada de la figura.
—Ese es Adrián.
El silencio se volvió todavía más pesado porque aquello significaba que la leyenda era cierta.
Todos los buscadores habían llegado hasta allí.
Todos habían alcanzado el santuario. Y todos habían terminado exactamente igual.
La posibilidad de convertirse en una de aquellas figuras dejó de parecer una amenaza lejana para convertirse en un peligro inmediato.
Como si hubiera esperado a que comprendieran aquella verdad, la voz resonó una última vez a través del santuario.
—EL JUICIO COMIENZA.
—DESCUbrID AL MENTIROSO.
—ENCONTRAD LA VERDAD.
—Y LA QUINTA LLAVE SERÁ VUESTRA.
El círculo del centro estalló en luz y, al mismo tiempo, cinco haces luminosos surgieron de la piedra para dirigirse directamente hacia Esteban, Raquel, Marcos, Elena y Gabriel.
Cada uno quedó envuelto por una luz diferente mientras una energía imposible recorría el santuario.
El suelo, las columnas y las estatuas comenzaron a desvanecerse al mismo tiempo.
Las formas se volvieron borrosas, los contornos desaparecieron y el santuario entero pareció deshacerse ante sus ojos.
Era como si la realidad estuviera siendo arrancada capa a capa.
Durante unos instantes Esteban intentó aferrarse a algo conocido, pero todo cuanto lo rodeaba desaparecía con una rapidez imposible.
Cuando la luz finalmente se extinguió, descubrió que estaba completamente solo.
No había rastro de Gabriel, de Raquel, de Marcos ni de Elena.
Tampoco quedaba rastro del santuario que habían estado explorando apenas unos segundos antes.
Ante él se extendía un lugar desconocido, silencioso y extraño.
El aire era diferente. El cielo también.
Incluso la luz parecía pertenecer a otro mundo.
Esteban permaneció inmóvil durante varios segundos intentando comprender qué había ocurrido.
Giró sobre sí mismo buscando cualquier señal de sus compañeros, pero no encontró nada.
Ni voces. Ni huellas. Ni siquiera el eco de los pasos que habían resonado en el santuario.
Todo parecía haber sido borrado de golpe.
Mientras intentaba comprender dónde estaba, una única certeza comenzó a abrirse paso entre el desconcierto.
La prueba de la quinta llave acababa de comenzar y, para superarla, tendría que descubrir quién mentía antes de que el Guardián emitiera su sentencia.
Por primera vez desde que había llegado a la isla, comprendió que aquella prueba no consistiría en encontrar un objeto oculto ni en resolver un antiguo enigma.
Aquella vez tendría que descubrir una verdad que alguien llevaba demasiado tiempo escondiendo.
Y si se equivocaba, acabaría igual que las figuras de piedra que acababan de dejar atrás.