Capítulo 96 — Las huellas de los perdidos
La enorme puerta del Santuario del Primer Guardián permaneció inmóvil durante varios segundos.
Nadie parecía dispuesto a acercarse demasiado.
Los nombres grabados en la piedra seguían ejerciendo una extraña fascinación sobre todos ellos.
Ya no eran simples inscripciones. Eran pruebas de que otras personas habían llegado hasta allí mucho antes y de que ninguna había conseguido regresar.
Esteban recorrió con la mirada algunas de aquellas fechas. Las más antiguas tenían siglos de antigüedad y otras parecían relativamente recientes. Aquello significaba que la búsqueda de las siete llaves llevaba produciéndose desde hacía muchísimo tiempo.
—¿Cuántos fueron? —preguntó.
Gabriel observó los nombres durante unos segundos antes de responder.
—No lo sé.
Marcos soltó un suspiro.
—Empiezo a echar de menos los momentos en los que sí sabías algo.
A pesar de la tensión, la frase arrancó una sonrisa nerviosa a Elena. Gabriel, sin embargo, permaneció serio.
—Lo digo en serio. Nunca había llegado tan lejos.
Aquella respuesta hizo que todos lo miraran con sorpresa.
—¿Qué significa eso? —preguntó Raquel.
—Significa que conocía la existencia del santuario, pero nunca había conseguido encontrarlo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos porque cada nueva respuesta parecía confirmar que Gabriel sabía menos de lo que habían supuesto.
De repente, la puerta comenzó a moverse.
No se abrió de golpe ni produjo ningún estruendo; simplemente empezó a separarse lentamente por el centro, dejando aparecer una oscuridad absoluta al otro lado.
Un aire frío escapó desde el interior, un frío extraño y antiguo que parecía haber permanecido atrapado allí durante siglos.
El grupo intercambió miradas. Nadie parecía tener ganas de entrar primero.
Finalmente fue Esteban quien avanzó.
—Hemos llegado hasta aquí. No pienso dar media vuelta ahora.
Tras aquellas palabras cruzó el umbral y, aunque ninguno parecía convencido, los demás terminaron siguiéndolo uno tras otro.
Nada más entrar descubrieron que el interior del santuario era mucho más grande de lo que habían imaginado.
El techo desaparecía en la oscuridad y enormes columnas negras se elevaban hacia lo alto.
Sin embargo, lo que más llamó su atención fueron las figuras distribuidas por toda la sala. Había docenas, quizá cientos de ellas.
Representaban hombres y mujeres de diferentes épocas; algunos parecían guerreros, otros exploradores, y algunos llevaban ropa antigua mientras otros vestían prendas relativamente modernas.
Todos compartían algo en común: miraban hacia el centro de la sala, como si contemplaran algo importante o aterrador.
Aquella coincidencia resultaba inquietante porque ninguna de las figuras parecía haber elegido voluntariamente aquella posición.
El grupo avanzó lentamente entre ellas.
—No me gusta esto —murmuró Elena.
—A nadie le gusta —respondió Marcos.
Esteban se detuvo junto a una de las figuras. Representaba a un hombre joven que parecía estar intentando protegerse de algo. La expresión de terror grabada en el rostro era tan realista que resultaba perturbadora.
—Mirad esto.
Los demás se acercaron y Raquel observó la figura durante unos segundos antes de hablar.
—Parece una persona de verdad.
La observación hizo que todos guardaran silencio porque pensaban exactamente lo mismo. Aquellas figuras no parecían obras de arte. Parecían personas detenidas en un instante concreto, congeladas en medio de una reacción de miedo.
Gabriel empezó a palidecer mientras observaba los rostros.
—No...
—¿Qué ocurre? —preguntó Esteban.
Gabriel se acercó lentamente a otra figura. La observó durante varios segundos, después examinó una tercera y una cuarta, hasta que finalmente retrocedió un paso.
—No son estatuas.
Un escalofrío recorrió inmediatamente al grupo al escuchar aquellas palabras, porque todos habían llegado exactamente a la misma conclusión unos segundos antes.
—¿Cómo que no son estatuas?
Gabriel señaló los rostros.
—Miradlos bien.
Esteban obedeció. Entonces lo vio: pequeños detalles demasiado precisos y demasiado humanos para tratarse de simples esculturas.
Las arrugas, las pestañas, las cicatrices y la tensión de los músculos conservaban una naturalidad imposible de reproducir en piedra.
Aquello no parecía una escultura tallada por un artista, sino otra cosa mucho peor.
—¿Quiénes son? —preguntó Raquel con la voz temblorosa.
Gabriel tardó varios segundos en responder, como si le costara aceptar lo que estaba viendo.
—Los que llegaron antes.
Nadie dijo una palabra mientras la revelación caía sobre ellos como un golpe. Aquellas figuras no eran esculturas. Eran los antiguos buscadores y, de algún modo imposible de comprender, todos seguían allí, convertidos en piedra exactamente en el lugar donde habían sido derrotados.
Mientras intentaban asimilar aquella realidad, un ruido surgió desde el centro de la sala. Fue un único sonido, lento y pesado, parecido al paso de algo gigantesco. Después llegó un segundo paso y luego un tercero. El eco recorrió las columnas y pareció extenderse por todo el santuario.
Las sombras comenzaron a moverse entre las columnas y Esteban sintió cómo se aceleraba su corazón al comprender que no estaban solos.
Por primera vez desde que habían llegado a la isla tuvo la certeza de que el Guardián acababa de encontrarles a ellos antes de que ellos encontraran la quinta llave.
La prueba acababa de comenzar y, al observar las figuras petrificadas que los rodeaban, todos comprendieron cuál podía ser el precio del fracaso.