Capítulo 95 — El lugar prohibido
Nadie volvió a hablar durante varios segundos después de escuchar la última respuesta de Gabriel.
Los golpes seguían resonando bajo la tierra a intervalos irregulares, como si algo gigantesco estuviera despertando lentamente en las profundidades de la isla.
Esteban guardó la cuarta llave junto a las demás y aquel simple gesto le hizo tomar conciencia de lo lejos que habían llegado.
Cuatro llaves. Cuatro pruebas. Cuatro secretos que habían cambiado para siempre la forma en que entendía su propia vida.
Sin embargo, la sensación dominante no era de victoria, sino exactamente la contraria.
Cada respuesta parecía abrir nuevas preguntas, cada descubrimiento revelaba algo todavía más inquietante y, además, ahora existía un guardián cuya presencia parecía haber alterado por completo las reglas de la búsqueda.
—¿Por qué no nos hablaste de los otros buscadores? —preguntó Elena.
Gabriel mantuvo la mirada fija en la inscripción luminosa.
—Porque quería que llegarais hasta aquí.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Lo sé.
Marcos soltó una carcajada amarga.
—Empiezo a pensar que este hombre responde menos preguntas de las que hace.
Gabriel no pareció ofenderse por el comentario y continuó observándolos con la misma calma de siempre.
—Si os hubiera contado todo desde el principio, ninguno habría dado el primer paso.
Aquella respuesta no tranquilizó a nadie y aumentó todavía más la sensación de que Gabriel les estaba ocultando información importante.
En ese mismo instante un nuevo golpe hizo vibrar las paredes de la sala.
Esta vez fue tan intenso que pequeñas partículas de piedra comenzaron a desprenderse del techo.
—Será mejor que nos movamos —dijo Raquel.
Por primera vez, Gabriel estuvo completamente de acuerdo con ella.
—Sí.
—¿Adónde?
Gabriel observó la grieta luminosa que seguía recorriendo el suelo.
—Al lugar donde empezó todo.
Las palabras de Gabriel hicieron que el silencio regresara inmediatamente.
—Eso tampoco suena bien —murmuró Marcos.
—Porque no lo es —respondió Gabriel mientras comenzaba a caminar.
La grieta dorada avanzó lentamente por el suelo como si estuviera viva y el grupo comenzó a seguirla mientras abandonaban la sala de los recuerdos.
Para sorpresa de todos, la puerta que se había cerrado minutos antes volvió a abrirse por sí sola en cuanto se acercaron.
Al otro lado los esperaba un corredor que ninguno había visto anteriormente.
No aparecía en ninguno de los mapas ni figuraba en ninguno de los caminos que habían recorrido hasta entonces.
Era un corredor completamente nuevo cuyas paredes estaban cubiertas por símbolos mucho más antiguos que los encontrados hasta ese momento.
Algunos parecían erosionados por siglos de abandono.
—¿Siempre estuvo aquí? —preguntó Esteban.
Gabriel negó lentamente con la cabeza antes de responder.
—No.
—Entonces ¿qué estamos viendo?
—Un lugar que la isla mantenía oculto.
Aquella respuesta provocó un nuevo escalofrío entre los presentes y, sin añadir nada más, continuaron avanzando por el corredor durante varios minutos en completo silencio.
El camino descendía cada vez más. El aire se volvía frío y húmedo y la sensación era la de estar penetrando en una parte de la isla que jamás había sido destinada a visitantes y que había permanecido cerrada durante generaciones.
Finalmente llegaron a una enorme puerta de piedra negra que era mucho más grande y mucho más antigua que todas las que habían encontrado hasta entonces.
La grieta luminosa terminaba exactamente allí.
Todos levantaron la vista y descubrieron una inscripción grabada sobre la enorme superficie de piedra.
No estaba escrita en el mismo lenguaje que los demás mensajes de la isla.
Parecía mucho más antigua y primitiva, como si perteneciera a una época anterior a todo lo que habían descubierto hasta ahora.
Gabriel palideció al verla, como si acabara de encontrarse con algo que jamás esperaba volver a ver.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Marcos.
Gabriel señaló lentamente la inscripción.
—Ese lugar no debía abrirse todavía.
—¿Qué lugar?
Gabriel tragó saliva antes de responder, como si incluso pronunciar aquel nombre le resultara incómodo.
—El Santuario del Primer Guardián.
Aquellas palabras provocaron un silencio inmediato en todo el grupo.
Nadie sabía exactamente qué significaban, pero todos comprendieron que acababan de llegar al lugar que Gabriel llevaba temiendo desde el principio.
Mientras observaba la puerta, Esteban descubrió algo que hizo que el corazón le diera un vuelco.
Al fijarse mejor comprobó que había marcas grabadas en la piedra.
No eran símbolos ni grietas, sino nombres.
Docenas de nombres rodeaban la entrada formando círculos concéntricos.
Algunos estaban casi borrados por el tiempo y otros permanecían perfectamente visibles, como si hubieran sido grabados hacía muy poco.
Esteban se acercó unos pasos para examinar mejor las inscripciones y descubrió algo todavía peor: junto a cada nombre aparecía siempre una fecha grabada con el mismo formato.
Todas parecían seguir una pauta idéntica.
Lo verdaderamente inquietante era que aquellas fechas correspondían a una llegada.
Había una fecha de entrada para cada persona, pero nunca una fecha de salida.
Mientras observaban aquellas inscripciones, el silencio volvió a extenderse entre ellos.
Poco a poco fueron comprendiendo el significado de lo que tenían delante.
Aquellos nombres pertenecían a personas reales.
Hombres y mujeres que habían llegado hasta aquel mismo lugar siguiendo exactamente el mismo camino que ellos.
Comprendieron entonces que aquellos eran los nombres de los buscadores que habían llegado antes y que ninguno había conseguido regresar.
Por primera vez desde que habían llegado a la isla, la posibilidad de fracasar dejó de ser una idea abstracta y adquirió una forma concreta ante sus ojos.
Ahora tenía nombres, fechas y un lugar grabado en piedra delante de ellos, y lo peor era que el Santuario del Primer Guardián acababa de abrir sus puertas para recibirlos.