Capítulo 91 — La galería de los recuerdos
Esteban continuó observando la fotografía durante varios segundos.
La imagen parecía ejercer una extraña atracción sobre él.
Cuanto más tiempo la contemplaba, más detalles recordaba.
La ropa que llevaba aquel día, el perfume suave de su madre y la forma en que ella le revolvía el cabello cuando creía que nadie los observaba regresaban ahora con una claridad inesperada.
Eran recuerdos sencillos y cotidianos, pero precisamente por eso resultaban tan dolorosos.
Raquel se acercó lentamente.
—¿La reconoces?
—Sí.
—¿Dónde fue tomada?
Esteban tardó unos segundos en responder.
—En la casa donde vivíamos antes del accidente.
Aquellas palabras hicieron que Gabriel levantara la cabeza.
—¿Accidente?
Esteban asintió.
—Siempre me dijeron que fue un accidente.
Gabriel no respondió. Sin embargo, la expresión de su rostro hizo que Esteban sintiera una nueva inquietud.
—¿Por qué me miras así?
—Porque nadie utiliza esa palabra aquí.
El silencio regresó inmediatamente.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que la isla no recuerda las mentiras. Solo recuerda lo que ocurrió realmente.
Aquella respuesta provocó un escalofrío que recorrió al grupo.
Antes de que Esteban pudiera formular otra pregunta, la sala comenzó a transformarse.
La niebla azulada que flotaba entre las columnas empezó a moverse lentamente.
Al principio parecía un fenómeno natural, pero pronto adquirió una forma más definida.
Corrientes de luz comenzaron a desplazarse por el suelo formando líneas brillantes que se extendían en todas direcciones.
Todos retrocedieron instintivamente mientras las columnas empezaban a iluminarse una tras otra.
Primero se iluminó una columna, después otra y otra más, hasta que decenas de ellas comenzaron a brillar al mismo tiempo.
La luz fue extendiéndose por toda la sala hasta alcanzar los rincones más alejados y revelar detalles que hasta entonces habían permanecido ocultos.
Entonces descubrieron algo inesperado: las columnas estaban cubiertas por fotografías.
Había miles de imágenes, algunas antiguas, otras recientes, unas en blanco y negro y otras en color.
Todas cubrían completamente la superficie de piedra y parecían colocadas siguiendo algún tipo de orden imposible de comprender a simple vista.
—Dios mío... —murmuró Elena.
El grupo comenzó a avanzar lentamente entre las columnas.
En aquellas fotografías aparecían familias, parejas, niños y ancianos.
Algunas personas sonreían. Otras parecían haber sido captadas sin darse cuenta.
Sin embargo, todas las imágenes compartían algo en común: cada una representaba un recuerdo importante de alguien.
Esteban lo comprendió inmediatamente. Aquella sala era una inmensa colección de recuerdos, una auténtica biblioteca de vidas humanas. Mientras avanzaban entre las columnas comenzó a reconocer algunos rostros. Al principio creyó que se trataba de una ilusión, pero después comprendió que no era así.
En una fotografía aparecía su padre muchos años más joven. En otra aparecía Gabriel. En otra se veía a él mismo cuando apenas tenía seis años. Cuanto más observaba aquellas imágenes, más evidente resultaba que la sala estaba conectada con las personas que habían pasado por la isla.
—¿Cómo es posible? —preguntó Raquel.
Nadie respondió. Ni siquiera Gabriel parecía tener una explicación.
Esteban continuó caminando hasta que algo llamó poderosamente su atención.
Lo que había captado su mirada era una columna situada al fondo de la sala que, a diferencia de las demás, estaba completamente vacía.
No tenía fotografías, símbolos ni inscripciones; era simplemente una columna de piedra desnuda que destacaba entre todas las demás como una ausencia imposible de ignorar.
—¿La veis?
Todos siguieron su mirada y Gabriel palideció inmediatamente.
—No...
—¿Qué ocurre? —preguntó Marcos.
Gabriel comenzó a caminar hacia ella con expresión cada vez más preocupada.
—Esa columna no debería existir.
Las palabras provocaron una nueva sensación de inquietud y todos se acercaron a la columna.
Cuando llegaron junto a ella descubrieron algo grabado en la piedra.
Había una única frase, muy pequeña y tan desgastada que apenas podía leerse.
Esteban acercó la mano para apartar el polvo acumulado y poder distinguir mejor las letras.
Finalmente consiguió leerlas y las palabras provocaron un inmediato escalofrío en todo el grupo.
"Aquí estuvo quien fue olvidado."
Nadie dijo nada mientras el silencio se volvía cada vez más opresivo. Las palabras parecían absorber el sonido de la sala y devolverlo convertido en una inquietud difícil de explicar.
Esteban volvió a mirar la fotografía de su madre y después observó la columna vacía.
Por primera vez empezó a sospechar algo terrible: tal vez la prueba no consistía en encontrar a una persona desaparecida, sino en descubrir quién había borrado su existencia.
Cuanto más pensaba en ello, más sentido parecían adquirir el mensaje, la columna vacía y la insistencia de la isla en señalar hacia alguien que ya no debería existir en ningún recuerdo.
Por primera vez desde que había comenzado la búsqueda de las llaves, una posibilidad empezó a abrirse paso en su mente.
Cuanto más pensaba en ello, más inquietante resultaba una idea que hasta entonces no había considerado: ¿y si su madre no era realmente la persona olvidada y existía alguien más cuya existencia había sido borrada por completo de la memoria de todos?