El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 92 — La fotografía que no debería existir
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Capítulo 92 — La fotografía que no debería existir

El silencio permaneció suspendido sobre la sala durante varios segundos.

Nadie parecía dispuesto a romperlo. La frase grabada en la columna había cambiado algo entre ellos.

Ya no parecía una simple pista dentro de la prueba.

La sensación dominante era que acababan de acercarse al núcleo mismo del misterio que la isla llevaba ocultando desde el principio.

Esteban seguía observando alternativamente la fotografía que sostenía entre las manos y la columna vacía.

Cuanto más las contemplaba, más difícil le resultaba creer que ambas cosas estuvieran relacionadas por casualidad.

La isla nunca mostraba nada sin un motivo.

Cada recuerdo, cada visión y cada símbolo habían terminado conduciendo hacia una revelación importante.

—¿Y si la persona olvidada no es mi madre? —preguntó finalmente.

La pregunta resonó entre las columnas mientras todos esperaban la respuesta de Gabriel.

Gabriel no respondió de inmediato. Su mirada permanecía fija en la piedra desnuda.

—Empiezo a pensar que no lo es.

Aquella respuesta sorprendió a todos porque parecía alejar aún más la explicación que estaban buscando.

—Entonces ¿por qué la fotografía? —preguntó Raquel.

—Porque tu madre forma parte de la historia.

—¿Qué historia? —insistió Esteban.

Gabriel se acercó lentamente a la columna vacía.

—La historia de quien desapareció.

Las palabras aumentaron todavía más la confusión.

—No tiene sentido —dijo Marcos—. Si alguien desapareció, alguien debería recordarlo.

—Normalmente sí.

—¿Y aquí no?

Gabriel apoyó una mano sobre la piedra.

—Aquí las cosas funcionan de otra manera.

La superficie comenzó a emitir un tenue resplandor y todos retrocedieron un paso al comprender que la columna estaba reaccionando.

Pequeñas grietas luminosas empezaron a extenderse por la piedra desnuda.

Al principio parecían simples líneas dispersas, pero poco a poco fueron formando una imagen reconocible.

Poco a poco fue tomando forma una fotografía, una única fotografía que apareció directamente sobre la superficie de la columna.

Primero surgió un paisaje, después un jardín, más tarde una casa y finalmente varias personas. Esteban sintió que la respiración se le detenía porque conocía perfectamente aquel lugar. Era su antigua casa, la misma que aparecía en la fotografía que aún sostenía entre las manos.

La imagen continuó completándose ante sus ojos.

En ella aparecieron primero su padre, después su madre y finalmente él mismo cuando era niño.

Sin embargo, había otra persona que no recordaba: una niña.

Tendría unos diez años. Tenía el cabello oscuro y los ojos claros.

Sonreía junto a su madre como si formara parte de la familia desde siempre.

Esteban permaneció inmóvil observando a la niña sin comprender lo que estaba viendo.

—¿Quién es esa niña?

Nadie respondió, ni siquiera Gabriel.

La fotografía siguió aclarándose hasta mostrar todos los detalles con una precisión inquietante.

La niña estaba apoyada sobre el hombro de la madre de Esteban.

Parecía feliz, cómoda y completamente integrada en la familia.

No había nada extraño en su presencia. Todo lo contrario.

La escena transmitía la sensación de que siempre había pertenecido a aquel lugar.

—No la conozco —susurró Esteban.

Gabriel continuó observando la imagen.

—Deberías conocerla.

Aquellas palabras provocaron un escalofrío inmediato en todo el grupo.

—¿Qué significa eso?

—Significa que alguien la borró.

La tensión aumentó de golpe mientras todos intentaban comprender el significado de aquella afirmación.

—¿Borró qué?

—Su recuerdo.

Raquel negó lentamente con la cabeza.

—Eso es imposible.

—Hace unos días también os parecían imposibles las llaves.

Nadie discutió aquella afirmación porque ya habían visto demasiadas cosas imposibles desde su llegada a la isla.

Esteban seguía contemplando a la niña. Había algo extraño en ella. Algo familiar que no conseguía identificar. Cuanto más la observaba, más intensa se volvía aquella sensación. Los rasgos, la sonrisa y la forma de mirar a la cámara despertaban algo en su interior.

Entonces comprendió finalmente qué era lo que le resultaba tan familiar.

La niña se parecía a él de una forma imposible de ignorar.

No era un simple parecido; se parecía muchísimo, demasiado para tratarse de una coincidencia.

Aquella semejanza iba mucho más allá de unos rasgos compartidos.

Era la sensación inquietante de estar observando a alguien unido a él de una manera profunda.

—Gabriel...

La voz apenas consiguió salir de su garganta.

—¿Sí?

—¿Quién era?

Gabriel permaneció varios segundos en silencio. Parecía debatirse entre responder o seguir ocultando información. Finalmente bajó la mirada.

—Tu hermana.

Nadie se movió ni pareció comprender inmediatamente lo que acababa de escuchar.

Esteban fue el primero en reaccionar cuando logró recuperar parcialmente el habla.

—No.

Gabriel guardó silencio sin intentar discutirlo.

—No tuve ninguna hermana.

—Eso es lo que recuerdas.

—Lo sabría.

—No necesariamente.

La fotografía comenzó a brillar con más intensidad y la imagen de la niña parecía cada vez más nítida, más real y más presente. Era como si estuviera regresando lentamente desde algún lugar al que había sido expulsada durante años.

Esteban sintió que el mundo entero se tambaleaba a su alrededor.

Por primera vez desde que había llegado a la isla empezó a sospechar que la persona olvidada no era un desconocido.

Era alguien que había formado parte de su propia familia y, si Gabriel estaba diciendo la verdad, la cuarta llave acababa de señalar directamente hacia el mayor secreto de toda su vida.