Capítulo 90 — La puerta de los ausentes
Nadie habló durante varios segundos después de escuchar la respuesta de Gabriel.
La sola idea de que la cuarta llave estuviera relacionada con la madre de Esteban resultaba tan absurda como inquietante.
Habían aceptado muchas cosas desde que llegaron a la isla: pasadizos imposibles, recuerdos borrados, llaves ocultas y pruebas que desafiaban toda lógica.
Sin embargo, aquello era diferente. La mujer había muerto hacía más de veinte años y nada de lo que habían vivido hasta entonces parecía suficiente para explicar aquella revelación.
Esteban seguía contemplando la inscripción mientras sentía que el suelo parecía moverse bajo sus pies. Los recuerdos recuperados en el faro habían removido heridas que llevaba décadas intentando ignorar y ahora la isla volvía a señalar directamente hacia su pasado.
—No puede ser ella —dijo finalmente.
Gabriel no respondió de inmediato.
—Yo estuve en su entierro.
—Lo sé.
—Vi el ataúd.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablar como si siguiera viva.
La tensión aumentó inmediatamente. Gabriel sostuvo la mirada de Esteban durante unos segundos antes de responder.
—Nunca he dicho que siga viva.
Aquella respuesta resultó todavía peor y aumentó aún más la inquietud del grupo.
Raquel intercambió una mirada preocupada con Elena, mientras Marcos parecía debatirse entre seguir haciendo preguntas o permanecer callado.
Antes de que nadie pudiera añadir nada más, la enorme puerta comenzó a emitir un sonido profundo.
El ruido surgió desde el interior de la piedra y recorrió todo el corredor como una vibración subterránea.
Los cuatro círculos grabados en la superficie empezaron a brillar al mismo tiempo.
Los tres primeros lo hicieron con una luz dorada, mientras que el cuarto permaneció oscuro durante unos segundos antes de comenzar a llenarse lentamente de un resplandor azul.
Todos retrocedieron un paso al comprender que la puerta estaba reaccionando.
Las líneas grabadas sobre la piedra comenzaron a moverse.
Parecían raíces extendiéndose bajo una superficie viva.
Los nombres del corredor emitieron destellos cada vez más intensos hasta que miles de pequeñas luces iluminaron el pasadizo entero.
Entonces la puerta empezó a abrirse. Lo hizo lentamente, sin estruendo ni violencia, como si hubiera estado esperando aquel momento durante siglos.
Tras ella apareció una enorme sala circular y el grupo permaneció inmóvil observando el interior.
La estancia era tan grande que resultaba imposible distinguir con claridad las paredes del fondo.
Decenas de columnas ascendían hacia la oscuridad del techo y entre ellas se extendía una neblina azulada que parecía flotar a pocos centímetros del suelo.
—¿Ese es el siguiente umbral? —preguntó Elena.
Gabriel negó lentamente con la cabeza antes de responder.
—No.
—¿Entonces qué es?
—El lugar donde comienza la búsqueda de la cuarta llave.
Aquella respuesta provocó un nuevo silencio. Esteban observó la sala intentando descubrir algún detalle familiar. No encontró ninguno. Sin embargo, una sensación extraña comenzó a crecer en su interior. Era una mezcla de nostalgia y temor que no conseguía explicar.
Entonces vio algo que hizo que se detuviera.
En el centro exacto de la sala había una única silla y nada más.
El contraste resultaba inquietante porque aquella inmensa estancia, llena de columnas y sombras, parecía haber sido construida alrededor de aquel único objeto.
Todo conducía visualmente hacia ella, como si representara el verdadero centro de la prueba.
—¿La veis? —preguntó Raquel.
Todos asintieron mientras Gabriel parecía cada vez más preocupado.
—No debería estar ahí.
—¿Qué significa eso? —preguntó Marcos.
—Que la prueba ha cambiado.
Aquellas palabras no tranquilizaron a nadie y Esteban comenzó a avanzar.
—¿Qué haces? —preguntó Elena.
—Entrar.
—Quizá deberíamos pensarlo antes.
—Llevamos demasiado tiempo pensando.
Sin esperar respuesta, cruzó el umbral de la puerta. Los demás terminaron siguiéndolo. A medida que se acercaban al centro de la sala, la niebla parecía apartarse a su paso. El silencio era tan profundo que podían escuchar su propia respiración y el eco lejano de sus pasos sobre el suelo de piedra.
Finalmente llegaron junto a la silla. La silla estaba vacía, o al menos eso parecía a primera vista. Esteban la observó durante unos segundos antes de descubrir algo que hizo que la sangre se congelara en sus venas.
Sobre el asiento descansaba una fotografía antigua en blanco y negro que tomó entre sus manos con evidente nerviosismo. En la imagen aparecía un niño de unos ocho años. Era él, sonriendo a la cámara mientras una mujer lo abrazaba por detrás. La mujer era su madre.
Durante unos segundos fue incapaz de apartar la mirada de la fotografía porque recordaba perfectamente aquel día, el jardín, el olor de las flores, la luz de aquella tarde e incluso la ropa que llevaba puesta.
Era uno de esos recuerdos aparentemente insignificantes que permanecen ocultos durante años hasta que algo los devuelve de golpe a la superficie.
En el reverso de la fotografía había una frase escrita a mano. Las letras parecían recién trazadas a pesar del tiempo transcurrido y transmitían una inquietante sensación de inmediatez.
"Encuéntrame antes de que me olviden para siempre."
El silencio se volvió absoluto mientras Esteban comprendía por primera vez desde el inicio de la búsqueda que la cuarta llave no iba a encontrarse siguiendo un mapa ni resolviendo un enigma.
Todo indicaba que aquella prueba estaba relacionada con algo mucho más personal, algo enterrado en su propia historia y conectado directamente con la mujer cuya muerte había marcado gran parte de su vida.
Mientras sostenía la fotografía entre las manos y observaba una vez más el rostro de su madre, comprendió que la cuarta llave no consistiría en abrir una puerta ni resolver un misterio antiguo.
Tendría que encontrar a alguien que, según todo lo que sabía y según todas las leyes de la realidad, llevaba muerto más de dos décadas.