El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 87 — El corredor de los nombres
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Capítulo 87 — El corredor de los nombres

El grupo permaneció inmóvil durante unos instantes contemplando la abertura que acababa de aparecer en la pared.

El nuevo corredor parecía diferente a todos los anteriores.

No transmitía la sensación de conducir hacia una prueba o una cámara oculta.

Había algo inquietante en él que ninguno conseguía identificar.

La oscuridad que ocultaba no era completa, ya que a intervalos irregulares aparecían débiles destellos azulados que surgían de las paredes y desaparecían unos segundos después.

Aquella iluminación intermitente provocaba la extraña sensación de que el propio pasadizo respiraba.

—No me gusta —murmuró Marcos.

—A mí tampoco —reconoció Elena.

Gabriel continuó observándolo sin moverse.

—Nadie ha dicho que tenga que gustaros.

—Qué sorpresa.

Por primera vez desde que llegaron a la isla, incluso el guardián parecía incómodo. Sus ojos permanecían fijos en la entrada del corredor como si estuviera contemplando algo que preferiría evitar.

—¿Qué sabes de este lugar? —preguntó Esteban.

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Muy poco.

—Eso no parece tranquilizador.

—Porque no lo es.

Aquella respuesta provocó un nuevo silencio mientras Esteban observaba la tercera llave que aún sostenía entre los dedos. El metal seguía tibio, como si conservara parte de la energía del umbral. Recordó las palabras que había escuchado antes de regresar.

"Solo quedan cuatro."

Cuatro llaves, cuatro pruebas y una verdad que parecía acercarse cada vez más. Cuanto más avanzaban, más evidente resultaba que todo estaba conectado de una forma que todavía no alcanzaban a comprender.

Finalmente fue Gabriel quien comenzó a caminar hacia la entrada.

—Tenemos que seguir.

—¿Ahora mismo? —preguntó Raquel.

—La isla ya ha tomado una decisión.

—Estoy empezando a odiar esa frase.

—Yo también —admitió Gabriel.

Aquella respuesta sorprendió a todos. Sin añadir nada más, atravesó la entrada y los demás intercambiaron una última mirada antes de seguirlo.

El corredor resultó todavía más extraño de lo que parecía desde fuera.

Las paredes estaban cubiertas por símbolos antiguos que nadie reconocía.

Algunos parecían letras, mientras que otros recordaban a dibujos infantiles.

Había espirales, círculos y figuras humanas grabadas directamente sobre la piedra, como si generaciones enteras hubieran dejado allí una parte de sí mismas.

A medida que avanzaban comenzaron a aparecer nombres.

Primero unos pocos, después cientos y finalmente miles.

Estaban grabados en las paredes, en el suelo y hasta en el techo.

Algunos parecían recientes, mientras que otros estaban tan desgastados por el tiempo que apenas podían leerse.

La cantidad era tan enorme que resultaba imposible contarlos.

—¿Qué es esto? —preguntó Elena.

Gabriel recorrió una de las paredes con la mirada.

—Nadie lo sabe con certeza.

—Empiezo a cansarme de esa respuesta.

—Lo sé.

Marcos se acercó a una de las inscripciones y comenzó a leer algunos nombres en voz alta.

—Miguel Ortega... Lucía Ferrer... Andrés Vidal...

Todos eran distintos y parecían pertenecer a personas reales. No existía ningún patrón evidente. Algunos nombres parecían antiguos. Otros sonaban contemporáneos. Sin embargo, todos compartían el mismo aspecto, como si hubieran sido grabados por una misma mano a lo largo de siglos.

Raquel avanzó unos metros observando las paredes.

—Aquí hay miles.

—Muchos más —corrigió Gabriel.

El corredor parecía interminable y, mientras caminaban, los nombres continuaban apareciendo por todas partes. Era como si aquel lugar hubiera sido construido para conservarlos. La sensación de estar atravesando un inmenso registro de personas desconocidas se volvió cada vez más inquietante.

Entonces ocurrió algo que hizo que Esteban se detuviera en seco. Había visto algo que le pareció completamente imposible. Volvió lentamente la cabeza y descubrió una inscripción grabada en la piedra. Allí estaba, tallado sobre una superficie que parecía llevar siglos existiendo, su propio nombre.

ESTEBAN ORTEGA

Durante unos segundos nadie dijo nada, hasta que Raquel fue la primera en acercarse.

—No puede ser.

Esteban observó aquellas letras sin apartar la mirada. Era su nombre, exactamente su nombre, sin posibilidad de error o confusión. No se trataba de una coincidencia ni de una semejanza. Aquella inscripción parecía haber estado allí mucho antes de que él llegara a la isla.

—¿Qué significa esto? —preguntó finalmente.

Gabriel no respondió inmediatamente. Parecía tan sorprendido como ellos.

—Significa que hemos llegado antes de lo previsto.

Aquella respuesta no gustó a nadie.

—¿Antes de qué?

Gabriel observó la inscripción durante varios segundos antes de responder.

—Debería aparecer al final del camino.

Un escalofrío recorrió la espalda de Esteban mientras intentaba comprender lo que estaba ocurriendo.

—¿Por qué?

Gabriel tardó demasiado en responder.

—Porque estos son los nombres de quienes llegaron hasta la cuarta llave.

El silencio fue inmediato mientras Esteban volvía a mirar la inscripción.

Por primera vez comprendió que aquella prueba era diferente a las anteriores.

La isla no parecía interesada en ocultar algo ni en obligarlo a recuperar recuerdos, sino en mostrarle una verdad concreta relacionada con las personas que habían llegado antes que ellos.

Y justo debajo de su nombre descubrió una segunda inscripción, más pequeña, más antigua y casi borrada por el paso del tiempo.

Tuvo que acercarse para conseguir leerla con claridad.

Las letras estaban desgastadas y cubiertas por grietas, como si hubieran soportado décadas o incluso siglos de abandono.

Cuando finalmente consiguió descifrarlas, sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.

GAbrIEL

Ambos nombres estaban unidos por una misma fecha grabada en la piedra.

Una fecha que correspondía exactamente al día del faro.