El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 86 — El regreso
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Capítulo 86 — El regreso

La luz dorada continuó envolviendo a Esteban mientras el faro desaparecía lentamente a su alrededor.

Las paredes comenzaron a desvanecerse, el suelo pareció perder consistencia y la escalera terminó convirtiéndose en una sombra lejana absorbida por la oscuridad.

Durante unos instantes volvió a experimentar aquella extraña sensación de caída que ya había sentido otras veces, como si estuviera atravesando un espacio situado entre dos realidades diferentes.

Cuando abrió los ojos de nuevo, se encontraba otra vez en la cámara subterránea. Lo primero que vio fue a Raquel, que corrió hacia él sin esperar explicación alguna.

—¡Esteban!

Antes de que pudiera reaccionar, la joven lo abrazó con fuerza. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada, mientras Marcos y Elena permanecían unos metros más atrás observándolo con evidente alivio. Incluso el guardián parecía menos tenso que antes.

—Pensábamos que no volverías —dijo Elena.

Esteban intentó responder, pero descubrió que todavía le costaba ordenar sus pensamientos. El recuerdo del faro seguía ocupando toda su mente. Las imágenes aparecían una y otra vez con una claridad imposible de ignorar. Entonces recordó algo importante: Gabriel.

Levantó inmediatamente la cabeza y comprobó que seguía allí, de pie junto a los pedestales, observándolo en silencio como si hubiera estado esperando exactamente aquel momento.

—Lo vi.

Gabriel no respondió.

—Lo recuerdo.

El silencio volvió a extenderse por la cámara.

—Vi el faro.

Gabriel continuó observándolo sin decir una sola palabra.

—Vi a mis padres.

La tensión comenzó a crecer entre todos los presentes.

—Y te vi morir.

Nadie se movió mientras Esteban pronunciaba aquellas palabras que llevaba conteniendo desde su regreso. Marcos frunció el ceño. Elena abrió los ojos con sorpresa. Raquel volvió lentamente la cabeza hacia Gabriel. Sin embargo, el hombre permaneció inmóvil.

—No viste mi muerte.

La respuesta fue tan tranquila que resultó inquietante.

—Estabas en el suelo.

—Sí.

—El niño lloraba sobre tu cuerpo.

—Sí.

—Entonces estabas muerto.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

—Eso fue lo que creíste ver.

Esteban sintió que la irritación comenzaba a crecer. Después de todo lo que había vivido, las respuestas ambiguas comenzaban a resultarle insoportables.

—Estoy cansado de respuestas a medias.

—Lo sé.

—Entonces dime la verdad.

Gabriel bajó la mirada durante unos segundos antes de responder.

—La verdad es que aquel día alguien murió.

La cámara quedó completamente en silencio y el corazón de Esteban comenzó a acelerarse. Aquella frase era exactamente la misma que había pronunciado el niño en el faro.

—¿Quién?

Gabriel levantó lentamente la vista. Por primera vez parecía dudar.

—Eso forma parte de la cuarta llave.

La respuesta provocó un inmediato gesto de frustración.

—¿Otra vez?

—Si te lo explicara ahora, la prueba no tendría sentido.

—Empiezo a odiar las pruebas.

Por primera vez apareció una leve sonrisa en el rostro de Gabriel antes de responder.

—Todos las odian.

La conversación quedó interrumpida por un sonido procedente de las profundidades de la cámara.

Un sonido grave, lento y antiguo que parecía surgir desde las entrañas de la propia isla.

Las paredes comenzaron a vibrar y los símbolos grabados en la piedra se iluminaron al mismo tiempo, proyectando reflejos extraños sobre los rostros del grupo.

Todos volvieron la cabeza hacia el mismo lugar.

Delante de ellos, uno de los muros comenzó a abrirse lentamente.

La piedra se desplazó con un ruido profundo que parecía no haber resonado en siglos.

Tras la abertura apareció un nuevo corredor, más ancho, más oscuro y mucho más antiguo que cualquiera de los que habían recorrido hasta entonces.

La oscuridad que ocultaba parecía diferente a todo lo conocido, como si aquel pasadizo condujera a una zona de la isla que había permanecido cerrada durante generaciones.

Gabriel observó la entrada con una expresión preocupada.

—Ya ha comenzado.

—¿Qué? —preguntó Raquel.

Gabriel tardó unos segundos en responder mientras contemplaba el corredor.

—El camino hacia la cuarta llave.

Nadie habló porque todos comprendieron que apenas habían tenido tiempo para recuperarse. El recuerdo del faro seguía muy presente, las revelaciones acababan de empezar y, sin embargo, la isla ya volvía a empujarlos hacia adelante. Era como si el tiempo se estuviera agotando.

Esteban observó la tercera llave que todavía sostenía entre sus manos y después dirigió la mirada hacia el nuevo corredor.

Acababa de recuperar una parte de su pasado, pero la sensación de que lo peor seguía oculto en algún lugar de la isla no había desaparecido.

Al contrario. Era más intensa que nunca.

Mientras el pasadizo permanecía abierto ante ellos y la oscuridad parecía invitarlos a entrar, todos comprendieron la misma cosa: la cuarta llave estaba mucho más cerca que las anteriores, pero también parecía estar custodiando una verdad que alguien había intentado ocultar durante demasiado tiempo.