El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 85 — La tercera llave
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Capítulo 85 — La tercera llave

Esteban permaneció inmóvil contemplando la escena.

El pequeño Esteban seguía arrodillado junto al cuerpo de Gabriel, aferrándose a él con desesperación mientras las lágrimas resbalaban por su rostro.

Aquella imagen resultaba tan imposible como dolorosa.

Durante años había creído que Gabriel formaba parte de algún secreto relacionado con la isla, pero jamás había imaginado algo semejante.

La desesperación del niño era tan auténtica que resultaba imposible no sentirla como propia.

Entonces ocurrió algo inesperado cuando el cuerpo de Gabriel se movió ligeramente.

Fue apenas un pequeño gesto, un movimiento casi imperceptible de la mano que habría pasado desapercibido para cualquiera.

Sin embargo, tanto el niño como Esteban lo vieron con absoluta claridad.

La respiración se le cortó cuando Gabriel abrió lentamente los ojos.

Lo más desconcertante era que no parecía herido. Tampoco mostraba confusión ni miedo. Más bien daba la impresión de haber despertado de un sueño muy largo. El pequeño Esteban retrocedió unos centímetros sin comprender lo que estaba viendo.

—Gabriel...

El hombre se incorporó lentamente y, en cuanto lo hizo, la sombra suspendida sobre el faro reaccionó de inmediato.

Comenzó a agitarse, deformarse y retroceder como si la simple presencia de Gabriel la estuviera debilitando.

Fue entonces cuando Esteban comprendió algo que lo dejó helado: aquella muerte nunca había sido el verdadero recuerdo.

Todo lo que estaba viendo era únicamente el principio de algo mucho más importante.

Gabriel observó al niño durante varios segundos antes de acercarse a él. Después apoyó una mano sobre su hombro y habló con una serenidad que contrastaba con el caos que los rodeaba.

—Escúchame bien. Dentro de unos minutos no recordarás nada de esto.

El niño negó con la cabeza.

—No quiero olvidarlo.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Gabriel dirigió una breve mirada hacia la sombra que seguía retorciéndose sobre la torre.

—Porque si recuerdas lo ocurrido, volverás aquí antes de tiempo.

—No entiendo nada.

—Precisamente por eso debo hacerlo.

El pequeño Esteban comenzó a llorar otra vez.

—¿Voy a verte de nuevo?

La tristeza apareció en el rostro de Gabriel.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando encuentres la tercera llave.

Aquellas palabras hicieron que el corazón de Esteban se acelerara. Todo aquello había sido preparado desde el principio. La búsqueda, las pruebas, las visiones y los recuerdos parecían formar parte de un camino trazado mucho antes de que él tuviera conciencia de ello.

El recuerdo avanzó una vez más mientras Gabriel levantaba una mano y apoyaba los dedos sobre la frente del niño.

La luz apareció inmediatamente, la misma luz blanca que Esteban había visto al entrar en aquella memoria.

Las imágenes comenzaron a girar, las voces se alejaron y la escena empezó a desaparecer poco a poco.

Sin embargo, antes de que todo terminara, Gabriel señaló algo que se encontraba junto a la base del faro.

Era una pequeña caja de piedra que hasta entonces había permanecido oculta entre las rocas.

—Cuando recuerdes esto, la encontrarás.

Aquellas fueron las últimas palabras que logró escuchar antes de que la memoria se rompiera definitivamente y el faro, el mar y la tormenta desaparecieran al mismo tiempo.

Durante unos segundos volvió a experimentar la sensación de caída que ya había sentido al entrar en el recuerdo.

Después el suelo reapareció bajo sus pies y se encontró otra vez en la escalera del faro.

La puerta seguía abierta. El niño había desaparecido, pero algo había cambiado.

Junto a la pared, donde antes no había nada, descansaba una pequeña caja de piedra idéntica a la que acababa de ver en la memoria.

Esteban se acercó lentamente. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza porque sabía perfectamente lo que iba a encontrar.

Aun así, levantó la tapa con manos temblorosas.

En el interior descansaba una llave diferente a las anteriores.

Estaba fabricada con un metal oscuro atravesado por finas vetas doradas que parecían moverse bajo la superficie.

Su forma era más compleja y antigua que la de las otras dos, y en la empuñadura aparecía grabado un símbolo que reconoció inmediatamente.

El símbolo representaba un faro y, durante varios segundos, permaneció inmóvil observándolo.

Todo el sufrimiento vivido en aquel umbral, los recuerdos recuperados y las preguntas que había arrastrado durante años parecían conducir inevitablemente a aquel instante.

La llave no representaba únicamente una nueva etapa en la búsqueda.

También simbolizaba la recuperación de una parte de sí mismo que alguien había intentado borrar.

Cuando finalmente la tomó entre sus manos, una corriente de energía recorrió todo su cuerpo.

No era una sensación dolorosa. Se parecía más a una conexión profunda, como si algo que había permanecido incompleto durante décadas acabara de encajar por fin en su lugar.

La tercera llave acababa de elegirlo y, por primera vez desde que había llegado a la isla, una parte importante de la verdad comenzaba a adquirir sentido.

Sin embargo, cuando creyó que la prueba había terminado, una nueva voz resonó en la oscuridad.

No pertenecía al niño, ni a Gabriel, ni tampoco al otro Esteban, sino a una presencia desconocida que parecía surgir de todos los rincones del faro al mismo tiempo.

Era una voz antigua y profunda, cargada de una autoridad imposible de cuestionar.

—Solo quedan cuatro.

Inmediatamente después, la llave comenzó a brillar entre sus manos.

El resplandor dorado se extendió por la escalera, cubrió las paredes y terminó envolviendo todo cuanto lo rodeaba.

Mientras el mundo volvía a desaparecer a su alrededor, Esteban comprendió que la tercera llave no marcaba el final de una prueba, sino el comienzo de algo mucho más peligroso.