Capítulo 84 — El recuerdo prohibido
La luz blanca terminó envolviéndolo por completo. Durante unos instantes Esteban dejó de sentir el suelo bajo sus pies. Desaparecieron las paredes del faro, la escalera, el viento y hasta la presencia del niño. Todo quedó reducido a una inmensa claridad que parecía extenderse hasta el infinito.
Después comenzaron a surgir sonidos que al principio eran lejanos e indistinguibles, pero que poco a poco fueron haciéndose más claros hasta transformarse en voces, pasos y el rugido constante del mar.
Cuando la luz empezó a disiparse, Esteban comprendió que ya no estaba observando un recuerdo desde fuera. Se encontraba dentro de él.
Apareció en la base del faro, junto al sendero que conducía a la entrada principal.
El edificio ya no parecía abandonado. La pintura estaba intacta, las ventanas relucían bajo la luz gris de una tarde tormentosa y varias personas caminaban por los alrededores.
El corazón comenzó a acelerarse porque aquello no era una visión borrosa ni una reconstrucción incompleta. Era el pasado. Su pasado.
A pocos metros distinguió a un niño jugando cerca de unas rocas.
El pequeño Esteban corría de un lado a otro mientras el viento agitaba su ropa y levantaba mechones de su cabello.
Durante unos segundos permaneció inmóvil observándose.
La escena transmitía una normalidad que contrastaba violentamente con todo lo que había vivido desde su llegada a la isla.
Junto al niño aparecieron una mujer y un hombre que reconoció inmediatamente como sus padres.
El impacto emocional fue tan intenso que sintió un nudo en la garganta.
Hacía años que no recordaba a su madre con tanta claridad: la forma en que sonreía, la manera en que sujetaba la mano del niño y aquella expresión tranquila que siempre aparecía cuando lo observaba.
Durante unos instantes olvidó el misterio, las llaves y el tercer umbral.
Solo contempló a su familia tal como había sido antes de que los años borraran tantos recuerdos.
Entonces apareció una cuarta figura que Esteban reconoció inmediatamente: Gabriel. Era mucho más joven que el hombre que conocía en el presente, pero resultaba inconfundible. La conversación comenzó a desarrollarse delante de él con una claridad absoluta.
—No me gusta este lugar —decía su padre.
—Solo será un momento —respondió Gabriel.
—No deberíamos haberlo traído.
Aquella frase hizo que Esteban recordara inmediatamente la voz que había escuchado durante el ascenso. Era exactamente la misma. Gabriel observó al niño durante unos segundos antes de responder.
—Es necesario.
—¿Necesario para qué?
Gabriel no contestó enseguida. Parecía buscar cuidadosamente las palabras.
—Porque ya ha sido elegido.
El silencio que siguió a aquellas palabras resultó inquietante y el padre de Esteban negó lentamente con la cabeza.
—Solo es un niño.
—Precisamente por eso todavía estamos a tiempo.
Esteban sintió que el estómago se contraía.
Todo aquello había ocurrido realmente. No se trataba de una leyenda ni de una ilusión creada por el umbral, sino de un acontecimiento que había sucedido y que formaba parte de su propia historia.
Durante años alguien había intentado arrancar aquel recuerdo de su memoria, pero ahora estaba regresando con una claridad imposible de ignorar.
La escena continuó desarrollándose. El pequeño Esteban comenzó a correr hacia la entrada del faro mientras los adultos seguían discutiendo.
Su madre parecía nerviosa, su padre estaba cada vez más enfadado y Gabriel mantenía aquella expresión preocupada que Esteban conocía tan bien.
Todo parecía seguir el curso de un recuerdo normal hasta que ocurrió algo extraño cuando la memoria comenzó a alterarse de forma repentina.
El recuerdo empezó a temblar y las imágenes se volvieron inestables. El cielo pareció oscurecerse de repente, el viento aumentó con una violencia imposible y Gabriel levantó bruscamente la cabeza, como si hubiera percibido algo invisible para los demás.
—No.
Aquella única palabra bastó para cambiarlo todo.
El suelo tembló, las ventanas del faro estallaron y el mar rugió con una fuerza imposible.
Sobre la parte superior de la torre comenzó a formarse una sombra extraña.
Esteban observó la escena sin comprender lo que estaba viendo.
La sombra no tenía una forma definida. Parecía una grieta abierta en la realidad, una herida oscura suspendida sobre el faro.
Los presentes también la vieron. Su madre fue la primera en reaccionar, mientras su padre corría hacia el niño y Gabriel avanzaba varios pasos hacia la torre con una expresión de auténtico horror.
Entonces un grito desgarrador atravesó la escena, un grito que parecía seguir resonando incluso décadas después.
La memoria volvió a temblar mientras las imágenes comenzaban a romperse y fragmentos de luz atravesaban la escena en todas direcciones. El recuerdo intentaba deshacerse ante sus ojos, como si una fuerza invisible estuviera impidiendo que continuara.
—¡No! —gritó Esteban.
Necesitaba verlo y saber de una vez qué había ocurrido realmente aquel día.
Las figuras comenzaron a desvanecerse. El mar desapareció lentamente, el cielo se fragmentó en cientos de destellos brillantes y la torre empezó a desmoronarse como una fotografía consumida por el fuego.
Esteban avanzó desesperadamente intentando alcanzar el centro del recuerdo antes de que todo desapareciera.
Sabía que estaba a punto de descubrir la verdad que había permanecido oculta durante tantos años.
Y entonces la vio. La última imagen que consiguió distinguir hizo que la sangre se congelara en sus venas. Al pie del faro había un cuerpo inmóvil y, cuando logró reconocerlo, comprendió con horror que pertenecía a Gabriel.
Sin embargo, aquello no fue lo peor. Junto al cuerpo había una persona arrodillada que lloraba desconsoladamente mientras intentaba despertarlo. La escena resultaba tan inesperada que durante unos segundos Esteban fue incapaz de comprender lo que estaba viendo.
Cuando aquella figura levantó finalmente la cabeza, sintió que el mundo entero parecía detenerse a su alrededor.
Porque quien sostenía a Gabriel entre sus brazos, llorando con una desesperación imposible de fingir, era el pequeño Esteban.