El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 83 — La puerta del faro
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Capítulo 83 — La puerta del faro

Esteban permaneció inmóvil frente al niño mientras el viento golpeaba el exterior de la torre y hacía vibrar suavemente las viejas paredes del faro.

Durante largos segundos ninguno de los dos habló.

La situación resultaba tan imposible que cualquier palabra parecía insuficiente para describirla.

El niño que tenía delante era él mismo. No se trataba simplemente de un parecido extraordinario ni de una visión confusa creada por el tercer umbral.

Era exactamente el mismo niño que había sido a los diez años, con la misma mirada, los mismos gestos y aquella expresión ligeramente seria que aparecía en las pocas fotografías de su infancia que todavía conservaba.

Lo que más inquietaba a Esteban no era el parecido físico, sino la tristeza que habitaba en aquellos ojos infantiles.

Había algo profundamente doloroso en aquella mirada, una carga emocional impropia de un niño de esa edad.

La impresión era tan intensa que por un instante olvidó la puerta, el faro y todas las respuestas que había venido buscando.

—¿Quién eres realmente? —preguntó finalmente.

El niño bajó la mirada durante unos instantes antes de responder.

—Ya conoces la respuesta.

—Lo único que sé es que tienes mi aspecto.

—Porque soy tú.

Esteban soltó una breve risa nerviosa. Aquella explicación se parecía demasiado a otras que había escuchado desde que llegó a la isla y comenzaba a sentirse agotado por los enigmas.

—Empiezo a cansarme de escuchar eso.

Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en el rostro del niño.

—Yo también me cansé cuando me lo dijeron.

Aquella respuesta provocó un escalofrío inmediato. No solo tenía su aspecto. También hablaba como él. Utilizaba las mismas expresiones, el mismo tono y hasta las mismas pausas al hablar. Todo en él resultaba inquietantemente familiar.

Esteban volvió la vista hacia la puerta cerrada que se alzaba detrás del niño. Había algo en ella que parecía atraerlo con una fuerza irresistible, como si una parte de sí mismo estuviera esperándolo al otro lado desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué hay ahí dentro?

La sonrisa desapareció lentamente del rostro infantil.

—El recuerdo.

—¿Qué recuerdo?

—El que intentaron borrar.

La respuesta no hizo más que aumentar su inquietud.

—¿Qué ocurrió aquí?

El niño permaneció unos segundos en silencio antes de contestar.

—Ocurrió algo que cambió muchas vidas.

—Eso sigue sin explicarme nada.

—Lo sé.

—Entonces ayúdame a entenderlo.

El niño volvió la mirada hacia la puerta, como si le costara incluso mencionar lo que había sucedido allí.

—¿Recuerdas a tu padre?

La pregunta sorprendió a Esteban.

—Claro que lo recuerdo.

—Recuerdas quién era. Lo que no recuerdas es lo que sucedió aquí.

Aquellas palabras provocaron una inmediata sensación de vértigo. Esteban sintió que el corazón comenzaba a acelerarse mientras una extraña inquietud crecía en su interior.

—¿Qué pasó?

El niño tardó varios segundos en responder. Por primera vez parecía estar luchando contra un miedo auténtico.

—Él no quería venir.

—¿Mi padre?

—Sí.

—Entonces ¿por qué vino?

El niño bajó la cabeza.

—Porque Gabriel insistió.

El nombre resonó en la escalera como un eco incómodo.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando abras la puerta.

Esteban respiró profundamente. Cada respuesta parecía conducir a nuevas preguntas y cada explicación parecía ocultar otra verdad todavía más importante.

—¿Por qué todo el mundo intenta ocultarme lo que ocurrió?

El niño levantó lentamente la cabeza.

—Porque después de recordarlo no volverás a ser la misma persona.

La frase quedó suspendida entre ambos y, por primera vez desde que había llegado a la isla, Esteban sintió una duda auténtica.

Hasta aquel momento había perseguido respuestas sin detenerse a pensar qué ocurriría cuando finalmente las encontrara.

Siempre había imaginado que conocer la verdad sería una liberación.

Sin embargo, al contemplar la expresión del niño comenzó a sospechar que existían recuerdos capaces de destruir una vida.

Después de todo lo vivido, las medias respuestas, las advertencias y los secretos comenzaban a resultarle insoportables.

Había cruzado océanos, atravesado umbrales imposibles, encontrado dos llaves y descubierto que una versión futura de sí mismo intentaba alterar el curso de los acontecimientos.

Había llegado demasiado lejos para echarse atrás.

—Voy a abrirla.

El niño cerró los ojos durante unos instantes, como si hubiera sabido desde el principio que aquella decisión era inevitable.

—Lo sé.

—Entonces déjame pasar.

—No puedo marcharme todavía.

—¿Por qué?

Cuando volvió a abrir los ojos, la tristeza parecía aún más profunda.

—Porque soy el último recuerdo que queda antes de la verdad.

Aquella respuesta dejó a Esteban sin palabras y durante varios segundos contempló al niño desde una perspectiva diferente.

Ya no veía una prueba del umbral ni una aparición imposible.

Veía una parte olvidada de sí mismo atrapada en aquel lugar desde hacía años, esperando el momento en que ambos volvieran a encontrarse.

—¿Qué ocurrió aquí? —preguntó una vez más.

El niño respiró profundamente antes de responder.

—Ese día alguien murió.

La frase golpeó a Esteban con una fuerza inesperada.

—¿Quién?

Los ojos del niño se llenaron de lágrimas.

—La respuesta está detrás de esa puerta.

Un silencio pesado se extendió por la escalera.

Durante años había sentido que existía un vacío en su memoria.

Una ausencia imposible de definir que siempre había permanecido oculta bajo la superficie de sus recuerdos.

Ahora comprendía que aquella herida invisible había nacido precisamente allí, frente a aquella puerta que parecía haber estado esperándolo durante toda su vida.

Esteban apoyó la mano sobre el pomo. El niño no intentó detenerlo y permaneció inmóvil observándolo con una mezcla de tristeza, compasión y miedo. La intensidad de aquella mirada resultaba mucho más inquietante que cualquier amenaza.

Entonces el pomo comenzó a girar lentamente.

Y mientras la puerta empezaba a abrirse, el niño pronunció sus últimas palabras.

—Cuando recuerdes lo que pasó, comprenderás por qué Gabriel te borró la memoria.

La puerta se abrió unos centímetros y una intensa luz blanca inundó la escalera.

El resplandor era tan fuerte que Esteban tuvo que protegerse los ojos con una mano.

Sin embargo, antes de que la luz lo envolviera por completo, comprendió algo que hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo.

Lo más inquietante era que el niño no parecía preocupado por lo que iba a descubrir al otro lado de la puerta, sino por aquello que estaba a punto de recordar sobre sí mismo.