El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 82 — El corredor de los recuerdos
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Capítulo 82 — El corredor de los recuerdos

La luz dorada que envolvía a Esteban se volvió cada vez más intensa.

Durante unos segundos intentó resistirse, pero comprendió enseguida que era inútil.

No se trataba de una fuerza física, sino de algo mucho más profundo, una llamada imposible de ignorar que parecía surgir desde el interior de su propia memoria.

Raquel intentó acercarse a él, pero una barrera invisible apareció entre ambos. La joven extendió la mano y sus dedos chocaron contra una superficie que no podía ver. El impacto la obligó a detenerse.

—¡Esteban!

Él intentó responder, pero en aquel mismo instante la luz aumentó de intensidad y el corredor comenzó a absorberlo lentamente.

—Volveré.

Aquellas fueron las únicas palabras que consiguió pronunciar antes de desaparecer.

Durante una fracción de segundo tuvo la sensación de estar cayendo a través de un vacío interminable. Después todo cambió. El suelo reapareció bajo sus pies, la luz desapareció y el silencio lo envolvió por completo.

Esteban abrió los ojos lentamente y comprendió que ya no se encontraba en la cámara subterránea, sino en un lugar completamente distinto.

El aire olía a sal y a lluvia. Frente a él se extendía una costa rocosa golpeada por enormes olas que estallaban contra los acantilados.

El cielo estaba cubierto por nubes oscuras y el viento soplaba con una fuerza capaz de atravesarle la ropa y helarle la piel.

Tardó varios segundos en reconocer el lugar.

Después sintió cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo al comprender que conocía perfectamente aquel paisaje.

A unos cientos de metros se alzaba una torre blanca castigada por el viento y el mar.

Era exactamente el mismo faro del que todos parecían tener miedo de hablar.

Esteban permaneció inmóvil observándolo durante largo rato.

La construcción parecía abandonada. Algunas ventanas estaban rotas, la pintura se había desprendido en numerosas zonas y la puerta principal colgaba ligeramente torcida sobre sus bisagras.

Sin embargo, algo le decía que aquel lugar no estaba vacío.

Una sensación familiar comenzó a crecer en su interior.

Era una mezcla de nostalgia y miedo, como si una parte de él hubiera vivido allí momentos importantes que su memoria se negaba a recuperar.

Aquella sensación se hizo tan intensa que terminó avanzando casi sin darse cuenta.

Comenzó a caminar por el sendero que ascendía lentamente hacia la torre.

El viento agitaba la vegetación que crecía entre las rocas y el sonido del mar golpeando los acantilados parecía acompañar cada uno de sus pasos.

A medida que avanzaba, los recuerdos fragmentados comenzaron a aparecer de nuevo.

Risas, voces, sombras y la imagen fugaz de una mano sujetando la suya surgían y desaparecían en su mente como piezas dispersas de un rompecabezas.

Entre aquellas imágenes distinguió a una mujer, a un hombre y a un niño que reconoció inmediatamente como él mismo.

Las escenas desaparecían antes de que pudiera comprenderlas por completo, pero cada una reforzaba una certeza inquietante: había estado allí. No una sola vez, sino muchas.

Cuando llegó a la puerta del faro la encontró abierta.

La madera crujió al empujarla y un sonido hueco resonó por el interior de la construcción.

Todo estaba oscuro. Un estrecho pasillo conducía hacia una escalera de caracol que ascendía hasta los pisos superiores.

A primera vista parecía un lugar abandonado desde hacía años, pero algo llamó inmediatamente su atención.

Había huellas recientes sobre el polvo acumulado.

Esteban se agachó para observarlas mejor. Alguien había pasado por allí y no hacía mucho tiempo. El corazón comenzó a acelerarse mientras la advertencia del otro Esteban regresaba inmediatamente a su memoria.

"Hay un recuerdo que no debes seguir."

Precisamente aquel.

El día del faro.

Durante unos segundos dudó, pero terminó sonriendo con amargura. Había llegado demasiado lejos para detenerse ahora.

Comenzó a subir. Cada escalón producía un leve crujido bajo sus pies y la escalera parecía interminable, como si el faro fuera mucho más grande por dentro de lo que aparentaba desde el exterior.

Mientras ascendía, nuevos fragmentos de memoria comenzaron a desfilar por su mente.

Un cumpleaños, una tormenta, una discusión y el sonido de alguien llorando aparecían mezclados con imágenes incompletas que desaparecían antes de poder entenderlas.

Después escuchó una frase. Una única frase que oyó con absoluta claridad.

—No debimos traerlo aquí.

Esteban se detuvo bruscamente. La voz pertenecía a un hombre que conocía perfectamente. Era la voz de su padre.

El pulso se aceleró, pero aun así continuó ascendiendo.

Cada paso parecía acercarlo más a una verdad que alguien había intentado ocultar durante décadas.

Finalmente alcanzó la última puerta, que permanecía cerrada.

Se quedó inmóvil observándola porque sabía que al otro lado se encontraba la respuesta que llevaba tanto tiempo buscando.

También sabía que quizá no le gustaría descubrirla.

Respiró profundamente.

Después apoyó la mano sobre el pomo.

Y justo antes de abrir la puerta escuchó una voz infantil muy cercana detrás de él.

—No entres.

Esteban se giró de golpe y sintió que la sangre desaparecía de su rostro.

Porque quien acababa de hablar era un niño de unos diez años que resultó ser él mismo.

No se trataba de una simple semejanza. Era exactamente él.

El mismo cabello oscuro, los mismos ojos, la misma forma de mirar y la misma ropa que llevaba en algunas de las imágenes fragmentadas que habían aparecido durante el ascenso.

El niño lo observaba con una mezcla de miedo y tristeza.

No parecía una aparición ni un fantasma, sino alguien completamente real que hubiera permanecido esperándolo allí durante años.

Había algo profundamente doloroso en su mirada, algo que hizo que Esteban sintiera una inquietud mucho mayor que la provocada por cualquier visión anterior.

Durante varios segundos ninguno de los dos habló.

El silencio del faro se volvió tan intenso que Esteban podía escuchar el viento golpeando los cristales rotos varios pisos más abajo.

La escena resultaba imposible de comprender.

Estaba frente a sí mismo y, sin embargo, la sensación que experimentaba no era la de contemplar un reflejo, sino la de encontrarse ante alguien distinto.

Finalmente fue el niño quien rompió el silencio.

—Si abres esa puerta, lo recordarás todo.

Esteban sintió un nudo en el estómago.

—Eso es exactamente lo que estoy buscando.

El niño negó lentamente con la cabeza.

—No. Lo que buscas son respuestas. Lo que hay detrás de esa puerta es algo mucho peor.

Por primera vez desde que entró en el tercer umbral, Esteban sintió auténtico miedo, porque el niño no parecía intentar detenerlo para proteger un secreto ni para ocultarle la verdad.

La expresión de sus ojos reflejaba algo mucho más inquietante.

Parecía estar intentando protegerlo de aquello que estaba a punto de recordar.