Capítulo 80 — El reflejo imposible
Esteban comenzó a girarse lentamente mientras la voz seguía pronunciando su nombre una y otra vez.
Cada sílaba resonaba en la cámara con una claridad inquietante.
No parecía una voz lejana ni un eco procedente de las profundidades.
Sonaba demasiado cerca, tan cerca que resultaba imposible creer que perteneciera a alguien oculto entre las sombras.
A medida que se volvía, sintió cómo la tensión se extendía por todo su cuerpo. Nadie hablaba. Nadie se movía. Incluso Gabriel había retrocedido un paso y observaba la escena con una expresión que mezclaba preocupación y resignación.
Cuando finalmente completó el giro, su corazón pareció detenerse durante un instante.
Había una figura detrás de él. No se encontraba a varios metros de distancia ni al otro lado de la cámara, sino apenas a unos pasos, observándolo en silencio. Y tenía su mismo rostro, una visión tan imposible que hizo que el silencio se volviera absoluto.
Raquel fue la primera en reaccionar y el asombro se reflejó inmediatamente en su rostro.
—Dios mío...
Marcos abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra llegó a salir porque la figura que tenían delante era Esteban, o al menos alguien que poseía exactamente su mismo aspecto.
La altura, los ojos y hasta la expresión coincidían con una precisión imposible de discutir.
Incluso la pequeña cicatriz junto a la ceja aparecía exactamente en el mismo lugar.
Sin embargo, existía una diferencia imposible de ignorar.
Aquel otro Esteban parecía varios años mayor.
Las facciones eran las mismas, pero mostraban un desgaste que el verdadero Esteban todavía no poseía.
Había cansancio en su mirada. También una tristeza profunda y antigua, como si hubiera soportado durante demasiado tiempo un peso imposible de compartir con nadie.
—No puede ser... —murmuró Elena mientras la figura esbozaba una leve sonrisa.
No era una sonrisa amenazadora ni tampoco amistosa. Parecía más bien la expresión melancólica de alguien que contempla un recuerdo perdido.
Esteban sintió que le faltaba el aire mientras intentaba aceptar lo que estaba viendo.
—¿Quién eres?
El desconocido tardó unos segundos en responder.
—Ya conoces la respuesta.
La voz era exactamente la misma. No existía la menor diferencia entre aquella voz y la suya. Un escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes mientras Gabriel cerraba los ojos lentamente, como si hubiera temido aquel momento desde el principio.
—No debería haber aparecido todavía.
La figura volvió la cabeza hacia él.
—Nunca fuiste capaz de controlar el proceso.
—Todavía no ha llegado el momento.
—Eso ya no depende de ti.
La conversación resultaba incomprensible para el resto del grupo y aquello terminó agotando la paciencia de Esteban, que avanzó un paso.
—Quiero saber quién eres.
El otro hombre lo observó en silencio durante unos segundos. Después dirigió una breve mirada hacia la segunda llave antes de volver a fijar los ojos en él.
—Soy lo que te espera al final.
Aquellas palabras provocaron una inmediata reacción.
—¿Qué significa eso? —preguntó Raquel.
La figura no apartó los ojos de Esteban.
—Significa que todas las respuestas conducen al mismo lugar.
—No estás respondiendo.
—Porque todavía no estás preparado para entenderlo.
La paciencia de Esteban comenzó a agotarse.
—Basta de enigmas.
Por primera vez apareció algo parecido a la compasión en el rostro del desconocido antes de responder.
—Yo también dije exactamente eso.
La frase provocó un silencio aún más inquietante. Marcos fue el primero en comprender lo que implicaba aquella afirmación.
—Espera un momento... ¿estás diciendo que eres él?
La figura terminó dirigiendo una mirada hacia Marcos antes de responder con absoluta tranquilidad.
—Estoy diciendo que fui él.
El corazón de Esteban comenzó a golpear con fuerza mientras intentaba encontrar una explicación racional.
—Eso es imposible.
—Lo sé. Yo reaccioné exactamente igual.
Gabriel avanzó entonces unos pasos.
—No deberías estar aquí.
—Y sin embargo estoy aquí.
—Todavía no ha elegido.
La figura sonrió con tristeza.
—La llave ya tomó su decisión hace mucho tiempo.
Aquellas palabras hicieron que Gabriel palideciera. Por primera vez desde que lo conocían parecía realmente asustado.
Esteban observó la reacción de Gabriel y comprendió que el miedo que reflejaba era auténtico.
—¿Qué está pasando?
Gabriel tardó varios segundos en responder.
—La visión que vimos hace veintisiete años no mostraba una posibilidad.
—¿Entonces qué mostraba?
El hombre bajó la mirada antes de responder con una sinceridad que resultó todavía más inquietante.
—Mostraba el futuro.
La revelación cayó sobre la sala con una fuerza devastadora y Esteban volvió a mirar a la figura que tenía delante. Aquel rostro, aquellos ojos y aquella voz eran suyos en todos los sentidos imaginables. Todo era suyo y, sin embargo, pertenecía a alguien diferente.
El otro Esteban dio un paso adelante y habló con una calma inesperada.
—No he venido para hacerte daño.
—Entonces ¿para qué has venido?
La respuesta llegó sin vacilación.
—He venido para impedir que cometas el mismo error que cometí yo.
La segunda llave emitió entonces un destello cegador que hizo temblar toda la cámara.
Las paredes comenzaron a vibrar y los símbolos grabados en la piedra brillaron con una intensidad insoportable mientras una grieta luminosa aparecía lentamente en mitad del suelo.
La abertura avanzó atravesando el círculo de pedestales como si una fuerza invisible estuviera desgarrando la propia realidad.
Gabriel observó la grieta y comprendió inmediatamente lo que significaba, perdiendo todo el color del rostro.
—No...
La preocupación reflejada en su expresión bastó para alarmar a todos.
—¿Qué ocurre? —preguntó el guardián.
Gabriel no apartó la vista de la abertura que seguía creciendo mientras una energía desconocida parecía extenderse por toda la cámara.
Cuando finalmente habló, su voz apenas fue un susurro.
—El tercer umbral acaba de abrirse.
Aquellas palabras provocaron un nuevo silencio y nadie tuvo la sensación de estar acercándose a una respuesta.
Al contrario. Todos comprendieron que acababan de cruzar una frontera invisible y que el misterio que los había llevado hasta allí era mucho más grande y peligroso de lo que habían imaginado.
Mientras la grieta continuaba expandiéndose por el suelo y el otro Esteban observaba la escena con una mezcla de tristeza y resignación, una única certeza comenzó a instalarse en la mente de todos: lo peor todavía no había comenzado.