Capítulo 78 — El hombre que esperaba
Las palabras del desconocido permanecieron suspendidas en el aire después de ser pronunciadas.
—Has tardado mucho en volver, Esteban.
Nadie habló ni se movió durante varios segundos, como si la enorme cámara subterránea hubiera quedado suspendida en el tiempo alrededor de aquella frase. Incluso las voces lejanas que habían acompañado el descenso parecían haberse desvanecido.
Esteban observó al hombre sin apartar la mirada.
Intentaba recordar y encontrar algún fragmento de memoria capaz de explicar por qué aquel rostro le resultaba familiar.
Sin embargo, no encontraba nada concreto.
Solo percibía aquella sensación cada vez más intensa de que una parte de su vida había sido arrancada de su memoria, por lo que terminó formulando la pregunta que llevaba varios minutos rondándole la cabeza.
—¿Quién eres?
El desconocido sonrió con tristeza.
—Sabía que ocurriría.
—¿Qué?
—Que no me recordarías.
Aquella respuesta aumentó todavía más la tensión que llenaba la sala. Marcos dio un paso adelante, visiblemente cansado de los enigmas.
—Creo que ya es hora de que alguien empiece a explicar cosas.
El hombre lo observó durante unos segundos antes de volver la mirada hacia Esteban.
—Tu amigo tiene razón.
—Entonces habla.
El desconocido comenzó a caminar lentamente alrededor de los pedestales.
Sus movimientos eran tranquilos y seguros.
No parecía preocupado por la presencia del grupo ni mostraba sorpresa alguna por encontrarlos allí.
Era como si hubiera conocido cada detalle de aquel encuentro desde hacía mucho tiempo.
—Mi nombre es Gabriel.
El nombre provocó una reacción inmediata en Esteban, que sintió una extraña sacudida en su memoria.
Una sensación recorrió su mente acompañada por una imagen fugaz y un recuerdo incompleto que desapareció antes de que pudiera comprenderlo.
Durante una fracción de segundo creyó estar a punto de recordar algo importante, pero la sensación se desvaneció tan rápido como había aparecido.
Gabriel pareció advertir aquella reacción y sonrió levemente.
—Sí. Todavía queda algo.
—¿De qué estás hablando?
—De tus recuerdos.
Raquel frunció el ceño mientras observaba alternativamente a Gabriel y a Esteban.
—¿Qué le ha pasado a sus recuerdos?
Gabriel observó los símbolos luminosos que recorrían los pedestales antes de responder.
—La isla se los llevó.
Las palabras hicieron que el silencio regresara inmediatamente a la sala.
—Eso es imposible —dijo Elena.
—¿Lo es? —preguntó Gabriel, aunque nadie encontró argumentos para responder.
Después de todo lo que habían visto, la palabra imposible había perdido gran parte de su significado.
Gabriel continuó caminando alrededor del círculo mientras observaba la segunda llave.
—Hace muchos años llegaste aquí por primera vez.
—No.
—Sí.
—Jamás había oído hablar de esta isla.
—Porque te hicieron olvidarla.
Aquellas palabras provocaron una inmediata reacción en el grupo.
—¿Quién? —preguntó Raquel.
—Nosotros.
Nadie esperaba aquella respuesta. El guardián dio un paso adelante y observó a Gabriel con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
—¿Nosotros?
—Los guardianes originales.
Por primera vez el hombre pareció realmente desconcertado.
—Eso no puede ser.
—Puede ser porque es verdad.
Las palabras dejaron al grupo sin respuesta. Esteban sentía que el suelo desaparecía lentamente bajo sus pies. Cuanto más escuchaba, más difícil le resultaba distinguir dónde terminaban sus recuerdos reales y dónde comenzaban los secretos que la isla parecía haber ocultado durante años.
Esteban le pidió una explicación y Gabriel asintió lentamente antes de asegurar que estaba dispuesto a contarlo todo. Durante unos segundos observó la segunda llave descansando sobre el pedestal y después volvió a dirigir la mirada hacia él.
—Hace veintisiete años llegaste a esta isla acompañado por tu padre.
Aquellas palabras provocaron una sacudida inmediata en Esteban, que reaccionó negando la afirmación de forma casi instintiva.
—Mi padre nunca estuvo aquí.
—Sí estuvo.
—No.
—Sí.
La firmeza de aquella respuesta hizo que incluso Esteban dudara, y fue entonces cuando Gabriel señaló uno de los muros de la sala.
Los símbolos comenzaron a brillar con mayor intensidad.
La piedra se iluminó poco a poco hasta que una imagen apareció lentamente sobre su superficie.
Era una fotografía antigua y desgastada, aunque todavía perfectamente visible, y su aparición hizo que todos contuvieran la respiración.
En ella aparecían varias personas frente a los acantilados de la isla. Una de ellas era Gabriel. Otra era un hombre joven que ninguno reconoció. Delante de ambos había un niño de unos diez años.
Aquel niño era el mismo que había aparecido en las visiones y junto al arco de piedra. No existía ninguna duda. El niño que contemplaba ahora aquella fotografía desde el otro lado de la sala era él mismo: Esteban.
—No... —susurró con una voz tan débil que apenas resultó audible.
Gabriel sostuvo su mirada durante unos segundos antes de explicarle que habían intentado protegerlo.
—¿De qué? —preguntó Esteban.
—Del Heredero.
La mención del Heredero cayó sobre la sala como una piedra, aumentando todavía más la tensión que ya resultaba casi insoportable.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
La expresión de Gabriel cambió y, por primera vez desde que habían llegado a la cámara, apareció en su rostro algo parecido al miedo.
—Todo.
El grupo permaneció inmóvil mientras aquella única palabra parecía extenderse por toda la estancia.
—¿Qué significa eso?
Gabriel tardó varios segundos en responder. Parecía estar eligiendo cuidadosamente cada palabra, como si supiera que la siguiente revelación iba a cambiarlo todo.
Cuando finalmente habló, la respuesta resultó tan inesperada que hizo que el corazón de Esteban pareciera detenerse durante un instante.
—Significa que el Heredero no te está buscando para matarte.
El silencio se volvió absoluto durante varios segundos antes de que Esteban lograra formular la pregunta que todos estaban pensando.
—Entonces, ¿para qué me busca?
Gabriel bajó lentamente la mirada y, cuando finalmente respondió, sus palabras resultaron mucho más inquietantes de lo que cualquiera esperaba.
—Porque eres la única persona capaz de ocupar su lugar.
Nadie dijo una sola palabra. El silencio se extendió por la enorme cámara mientras Esteban intentaba comprender el significado de aquella revelación.
Por primera vez desde que comenzó la búsqueda de las llaves comprendió que quizá nunca había sido el cazador.
Una idea mucho más inquietante acababa de abrirse paso en su mente: tal vez había sido la presa desde el principio y todo cuanto había ocurrido desde que encontró la primera llave no había sido más que un camino cuidadosamente preparado para conducirlo exactamente hasta aquel lugar.
Cuanto más pensaba en ello, más comprendía que todas las pistas, todas las visiones, todos los peligros y todas las decisiones que había tomado parecían haberlo empujado hacia aquel instante.
Y mientras observaba a Gabriel, sintió por primera vez que las respuestas que llevaba tanto tiempo buscando podían resultar mucho más peligrosas que los secretos que todavía permanecían ocultos.