El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 77 — La escalera de las sombras
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Capítulo 77 — La escalera de las sombras

Durante varios minutos nadie se atrevió a acercarse a la escalera que acababa de aparecer al otro lado del umbral.

Los escalones descendían hacia una oscuridad tan profunda que resultaba imposible distinguir su final.

Parecía una construcción antigua, esculpida en la misma piedra negra que formaba parte de la isla, aunque había algo extraño en ella.

Cuanto más tiempo la observaban, más tenían la sensación de que cambiaba sutilmente, como si la distancia entre los peldaños nunca fuera exactamente la misma.

El guardián fue el primero en reaccionar. Avanzó con cautela hasta situarse a pocos metros del umbral y permaneció observándolo en silencio. Su expresión reflejaba una mezcla de asombro y temor que ninguno de los demás le había visto nunca.

—¿Qué es exactamente? —preguntó Elena.

El hombre tardó varios segundos en responder.

—No lo sé con certeza.

Marcos soltó un suspiro resignado.

—Empiezo a echar de menos las respuestas claras.

—Si las tuviera, las daría.

Aquella vez nadie discutió. La situación había superado cualquier cosa que hubieran imaginado encontrar. Incluso el guardián parecía sentirse fuera de terreno conocido, algo que no contribuía precisamente a tranquilizar al grupo.

Esteban continuaba observando la abertura.

Cuanto más la contemplaba, más intensa se volvía la sensación de familiaridad.

No era miedo ni confianza. Se parecía más a la sensación que experimenta alguien cuando regresa a una casa abandonada de su infancia y descubre que todavía recuerda dónde está cada habitación.

La marca de su muñeca seguía ardiendo con una intensidad creciente y aquella llamada silenciosa terminó imponiéndose a cualquier duda.

Finalmente avanzó y el primer paso a través del umbral produjo una sensación extraña.

No sintió frío ni calor. Tampoco la impresión de atravesar una puerta física.

Durante una fracción de segundo tuvo la sensación de caminar a través de una corriente invisible que parecía examinarlo, como si algo oculto al otro lado intentara confirmar quién era realmente.

Después todo volvió a la normalidad, o al menos a una normalidad relativa.

Uno tras otro atravesaron la abertura y comenzaron a descender por la escalera.

La oscuridad no era completa, ya que pequeñas vetas azuladas recorrían las paredes proporcionando una iluminación tenue que permitía distinguir el camino.

Aun así, ninguno lograba ver el final del descenso.

La sensación de profundidad parecía infinita y cada nuevo tramo recorrido aumentaba la impresión de estar alejándose del mundo conocido.

Los minutos comenzaron a pasar. Primero diez. Después quince. Más tarde veinte. Sin embargo, la escalera continuaba descendiendo sin mostrar todavía su final. El silencio terminó volviéndose incómodo.

—Esto no tiene sentido —murmuró Marcos—. Hemos bajado lo suficiente como para llegar al centro de la Tierra.

—Yo estaba pensando exactamente lo mismo —admitió Raquel.

El guardián no respondió. Parecía concentrado en escuchar algo y aquello no pasó desapercibido para Esteban.

—¿Qué ocurre?

El hombre levantó lentamente la cabeza.

—¿No lo oís?

Todos permanecieron inmóviles intentando escuchar.

Al principio no percibieron nada. Después apareció un sonido lejano y débil que parecía llegar desde las profundidades.

Eran voces, muchas voces superpuestas unas sobre otras formando un murmullo constante que resultaba imposible interpretar con claridad.

—¿Hay gente ahí abajo? —preguntó Elena.

—No lo sé.

La respuesta volvió a resultar poco tranquilizadora, pero aun así continuaron descendiendo mientras las voces se hacían cada vez más claras.

Algunas pronunciaban palabras incomprensibles, otras parecían simples susurros y unas cuantas repetían nombres una y otra vez, como si cientos de personas estuvieran intentando recordar algo que se resistía a regresar a sus mentes.

Esteban sintió un escalofrío porque acababa de escuchar su propio nombre pronunciado entre aquellas voces. La impresión fue tan intensa que se detuvo bruscamente.

—¿Lo habéis oído?

—¿Qué cosa? —preguntó Raquel.

—Alguien ha dicho mi nombre.

Los demás intercambiaron miradas.

—Yo no he oído nada.

Pero Esteban sabía que no lo había imaginado. La voz había pronunciado su nombre con absoluta claridad y, lo que resultaba aún más inquietante, había sonado familiar. No podía explicar por qué, pero tuvo la impresión de haber escuchado aquella voz mucho tiempo atrás.

El descenso terminó pocos minutos después.

La escalera desembocó en una enorme cámara subterránea y todos se quedaron inmóviles al contemplarla.

La sala era mucho más grande de lo que habían imaginado.

Columnas gigantescas sostenían una bóveda que desaparecía entre las sombras y cientos de símbolos grabados en las paredes emitían un brillo tenue que bañaba la estancia con una luz azulada.

El aire parecía cargado de una energía antigua y silenciosa, como si aquel lugar hubiera permanecido oculto durante siglos esperando ser descubierto.

En medio de la sala se alzaban los siete pedestales exactamente igual que en la visión de Esteban.

Formaban un círculo perfecto. Seis permanecían vacíos y sobre el séptimo descansaba una llave plateada, la segunda llave, y al verla Esteban sintió inmediatamente cómo la marca de su muñeca ardía con fuerza.

—Es ella —murmuró.

Nadie necesitó preguntar a qué se refería.

La habían encontrado. Después de tantos meses de búsqueda, la segunda llave estaba finalmente ante ellos.

Sin embargo, ninguno avanzó hacia los pedestales porque había algo más que no aparecía en la visión y que resultaba mucho más inquietante que la propia llave.

Detrás de los pedestales, parcialmente oculta por las sombras, una figura humana permanecía inmóvil observándolos desde el otro extremo de la sala.

Durante unos segundos todos pensaron que se trataba de una estatua, ya que la inmovilidad era absoluta.

Sin embargo, aquella impresión desapareció cuando la figura movió lentamente la cabeza y sonrió con una tranquilidad inquietante que hizo que el silencio se volviera todavía más pesado.

El corazón de Esteban comenzó a acelerarse al reconocer inmediatamente al desconocido. Era el mismo hombre que aparecía junto al niño en la visión, la figura que había acompañado a su versión infantil durante aquel recuerdo imposible. No había ninguna duda. El rostro era exactamente el mismo.

El desconocido dio un paso al frente y la tenue iluminación permitió distinguir mejor sus facciones.

No parecía anciano ni joven. Había algo extraño en él, algo que hacía imposible calcular su edad.

Sus ojos permanecían fijos en Esteban con una mezcla de afecto, tristeza y resignación que resultaba difícil de comprender.

Cuando finalmente habló, la sangre se heló en las venas de todos.

—Has tardado mucho en volver, Esteban.