El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 76 — Más allá del umbral
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Capítulo 76 — Más allá del umbral

Durante varios segundos nadie se movió. La abertura oscura continuaba suspendida detrás del arco mientras la niebla giraba lentamente a su alrededor.

No emitía ningún sonido ni desprendía ninguna luz visible.

Sin embargo, su sola presencia provocaba una sensación de inquietud tan intensa que resultaba difícil sostener la mirada sobre ella durante demasiado tiempo.

Era como contemplar algo que no debería existir, una grieta imposible abierta en mitad del mundo conocido.

El guardián fue el primero en reaccionar. Avanzó con cautela hasta situarse a pocos metros del umbral y permaneció observándolo en silencio. Su expresión reflejaba una mezcla de asombro y temor que ninguno de los demás le había visto nunca.

—¿Qué es exactamente? —preguntó Elena.

El hombre tardó varios segundos en responder.

—No lo sé con certeza.

Marcos soltó un suspiro resignado.

—Empiezo a echar de menos las respuestas claras.

—Si las tuviera, las daría.

Aquella vez nadie discutió. La situación había superado cualquier cosa que hubieran imaginado encontrar. Incluso el guardián parecía sentirse fuera de terreno conocido, algo que no contribuía precisamente a tranquilizar al grupo.

Esteban continuaba observando la abertura.

Cuanto más la contemplaba, más intensa se volvía la sensación de familiaridad.

No era miedo. Tampoco confianza. Se parecía más a la sensación que experimenta alguien cuando regresa a una casa abandonada de su infancia y descubre que todavía recuerda dónde está cada habitación.

La marca de su muñeca seguía ardiendo con una intensidad creciente y aquella sensación terminó obligándolo a hablar.

—Está ahí dentro —murmuró finalmente.

Todos volvieron la cabeza hacia él. Raquel fue la primera en comprender a qué se refería y le preguntó si hablaba de la llave.

Esteban asintió sin apartar la vista del umbral y confirmó que estaba completamente seguro.

El guardián no pareció sorprendido por aquella afirmación.

Al contrario, respondió que él también lo creía, provocando que el resto intercambiara miradas preocupadas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Marcos.

El hombre observó la abertura antes de responder.

—Ahora descubrimos por qué la isla te recuerda.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire mientras Esteban daba un paso hacia el umbral.

La reacción fue inmediata. La oscuridad comenzó a agitarse lentamente.

No se movía como una llama ni como una columna de humo.

Parecía más bien agua negra desplazándose bajo una corriente invisible.

Todos retrocedieron instintivamente, excepto Esteban, cuya sensación de llamada se había vuelto tan intensa que apenas podía pensar en otra cosa.

Cada paso parecía acercarlo a una verdad olvidada que llevaba demasiado tiempo esperándolo.

Cuando se situó frente a la abertura, una nueva imagen apareció en su mente.

Esta vez no vio el pasado ni escenas relacionadas con la isla.

Vio una enorme sala construida con piedra oscura.

En el centro se alzaban siete pedestales distribuidos formando un círculo perfecto.

Seis de ellos estaban vacíos y sobre el séptimo descansaba una llave plateada que parecía emitir una débil luz propia.

La visión desapareció casi tan rápido como había llegado, pero la imagen quedó grabada en su memoria con absoluta claridad.

Cuando logró recuperar la respiración explicó que acababa de ver la segunda llave. Aquella revelación provocó una inmediata reacción en el grupo.

—¿Dónde está? —preguntó Raquel.

—Al otro lado.

El guardián cerró los ojos durante unos segundos, como si estuviera tomando una decisión difícil. Cuando volvió a abrirlos parecía haber aceptado algo inevitable.

—Entonces tenemos que cruzar.

Marcos observó la abertura con evidente desconfianza.

—¿Todos?

—Si el umbral lo permite.

La respuesta no convenció a nadie. Para comprobarlo, el guardián tomó una piedra del suelo y la lanzó hacia la oscuridad. La piedra desapareció sin producir ningún sonido. No cayó ni rebotó contra ninguna superficie visible; simplemente dejó de existir en cuanto atravesó el umbral.

Aquello no ayudó a tranquilizar a nadie.

—Magnífico —murmuró Marcos—. Me siento muchísimo mejor.

Raquel ignoró el comentario.

—¿Y si no podemos volver?

La pregunta quedó flotando entre ellos. Era una posibilidad que todos habían contemplado en silencio desde que apareció aquella abertura imposible, pero nadie había querido formularla en voz alta.

El guardián observó nuevamente el umbral antes de responder.

—Entonces más nos vale encontrar la llave.

Nadie añadió nada más. Durante unos instantes solo se escuchó el viento moviendo las ramas más altas del bosque y el leve murmullo de la niebla deslizándose entre los árboles.

Aquella calma inquietante terminó de forma inesperada cuando la superficie oscura comenzó a iluminarse lentamente.

No lo hizo por completo, sino únicamente en algunos puntos dispersos.

Pequeños destellos aparecieron en su interior, recordando a estrellas lejanas o a fragmentos de recuerdos perdidos suspendidos en la oscuridad.

Esteban se acercó un poco más y entonces distinguió una imagen reflejada en aquella negrura. Comprendió de inmediato que no era su propio reflejo. Era la imagen de una mujer joven de cabello oscuro y ojos grises que lo observaba directamente desde el interior del umbral.

El corazón comenzó a latir con fuerza porque la reconoció de inmediato, aunque era incapaz de recordar de dónde o cuándo la había conocido.

La sensación fue tan intensa que por un instante tuvo la impresión de que estaba contemplando a alguien que había sido fundamental en su vida.

La imagen desapareció apenas un segundo después, dejando tras de sí una sensación de pérdida imposible de explicar.

Elena advirtió inmediatamente el cambio en su expresión y le preguntó qué ocurría. Esteban tardó varios segundos en responder antes de admitir que acababa de ver a alguien.

—¿Quién era?

Cuando le preguntaron quién era aquella persona, guardó silencio porque no conocía la respuesta.

Y, sin embargo, una certeza imposible acababa de instalarse en su interior.

Aquella mujer estaba relacionada con él mucho más de lo que podía comprender y mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

La reconocía de una forma profunda e instintiva, como si perteneciera a una parte de su vida que alguien hubiera arrancado de su memoria.

El guardián observó la abertura durante unos segundos antes de volver la mirada hacia Esteban.

—Creo que el umbral ya ha tomado una decisión.

—¿Qué significa eso?

El hombre señaló la oscuridad.

—Significa que te está esperando.

Las palabras resonaron en el claro mientras la abertura comenzaba a expandirse lentamente, como si acabara de abrirse un camino que había permanecido cerrado durante décadas.

El aire se volvió más frío, la niebla retrocedió y una escalera de piedra empezó a materializarse al otro lado del umbral.

Los escalones descendían hacia una oscuridad tan profunda que resultaba imposible distinguir dónde terminaban.

La segunda llave estaba mucho más cerca de lo que habían imaginado.

Sin embargo, por primera vez desde que llegaron a la isla, Esteban tuvo la sensación de que ya no era él quien avanzaba hacia el misterio, sino que era el propio misterio quien avanzaba lentamente hacia él, reduciendo la distancia que los había separado durante años.

Mientras observaba la escalera perderse en la oscuridad comprendió que el verdadero viaje estaba a punto de comenzar y que, al final de aquel descenso, no solo encontraría una llave, sino también respuestas capaces de cambiar para siempre todo lo que creía saber sobre sí mismo.