Capítulo 75 — El umbral
El silencio permaneció suspendido sobre el claro mientras todos observaban la inscripción grabada en la piedra.
"Solo puede atravesar el umbral quien ya lo cruzó una vez."
Nadie parecía dispuesto a apartar la mirada de aquellas palabras.
La frase resultaba demasiado específica para ser una simple advertencia.
Estaba dirigida a alguien concreto y todos sabían perfectamente a quién señalaba.
Esteban continuó observando la inscripción mientras intentaba comprender lo que realmente implicaba.
El recuerdo de la playa seguía vivo en su mente y la imagen de sí mismo caminando por la isla ya no parecía una simple visión.
Cada minuto que pasaba aumentaba la sensación de que aquella escena pertenecía realmente a su pasado.
—Esto habla de ti —dijo finalmente Raquel.
Esteban no respondió inmediatamente. Continuó observando la piedra mientras intentaba ordenar las ideas que se agolpaban en su cabeza.
Cuanto más pensaba en ello, más difícil le resultaba seguir creyendo que todo era una coincidencia.
La isla parecía conocerlo. El mensaje encontrado en el hotel parecía conocerlo.
Incluso aquel arco parecía haber estado esperando su llegada.
—Lo sabes, ¿verdad? —insistió Raquel.
—No sé nada.
La respuesta sonó más dura de lo que pretendía. El propio Esteban se sorprendió al escucharla. Sin embargo, no sabía qué otra cosa decir. Había demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Raquel comprendió que insistir no serviría de nada y guardó silencio.
Mientras tanto, el guardián continuó examinando el arco de piedra. Sus manos recorrían lentamente los símbolos grabados sobre la superficie, deteniéndose de vez en cuando sobre algunas marcas concretas, como si intentara descifrar un mensaje oculto.
—Hay más.
Todos volvieron la atención hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—Esta estructura no es el umbral.
—¿Cómo que no?
El hombre señaló la inscripción.
—Habla del umbral.
—Sí.
—Pero no dice que esto sea el umbral.
Marcos negó con la cabeza.
—Ahora mismo eso no me parece una diferencia importante.
—Lo es.
El guardián rodeó lentamente la estructura mientras observaba cada detalle.
—Esto parece una puerta, pero en realidad es otra cosa.
—¿Y qué es exactamente?
—Un marcador.
La respuesta provocó nuevas miradas de desconcierto.
—¿Un marcador de qué?
El hombre levantó la vista hacia la niebla que rodeaba el claro antes de responder.
—Del lugar donde comienza el camino.
La explicación no resultó tranquilizadora.
Al contrario. Hizo que todo pareciera todavía más inquietante.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles intentando interpretar aquellas palabras.
Fue entonces cuando Esteban sintió nuevamente la reacción de la marca.
Aquella vez fue diferente y mucho más intensa que todas las anteriores.
El calor recorrió su brazo, alcanzó el pecho y finalmente se extendió por todo su cuerpo, obligándolo a cerrar los ojos durante unos instantes.
La visión llegó de golpe y le mostró el mismo claro y el mismo arco que tenía delante.
Sin embargo, aquella vez el lugar no estaba vacío.
Había decenas de personas reunidas alrededor de la estructura.
Algunas vestían túnicas oscuras. Otras parecían exploradores o viajeros procedentes de épocas diferentes.
Todas caminaban en silencio hacia algún lugar situado más allá del arco, como si siguieran una llamada que únicamente ellas podían escuchar.
Entre aquella multitud apareció un niño de unos diez años.
Avanzaba sujetando la mano de un hombre cuyo rostro permanecía oculto.
Al principio no prestó demasiada atención a aquella figura, pero cuando el niño levantó la cabeza sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Porque aquel niño era él. No existía ninguna duda.
La forma de su rostro, la mirada y hasta la expresión que mostraba coincidían con una precisión imposible de ignorar.
Durante unos segundos sintió que estaba contemplando una parte olvidada de su propia vida, un recuerdo enterrado tan profundamente que ni siquiera sabía que existía.
La visión desapareció inmediatamente después, devolviéndolo a la realidad con tanta brusquedad que tuvo que apoyarse sobre una de las piedras para no caer.
El corazón golpeaba con fuerza contra su pecho mientras intentaba recuperar la respiración.
Raquel corrió hacia él y el resto del grupo observó la escena con creciente preocupación.
—¿Qué has visto?
Esteban tardó varios segundos en responder.
—Yo.
—¿Tú?
—Era yo.
El silencio regresó al claro y nadie pareció encontrar las palabras adecuadas para romperlo.
—¿Aquí? —preguntó finalmente Elena.
Esteban asintió lentamente.
—Ya estuve aquí.
Nadie discutió aquella afirmación. Después de todo lo ocurrido, hacerlo habría resultado absurdo.
El recuerdo había sido demasiado real y las piezas comenzaban a encajar de una forma inquietante.
Cada nueva revelación parecía confirmar que la relación de Esteban con la isla era mucho más profunda de lo que cualquiera había imaginado.
El guardián observó el arco durante unos instantes antes de hablar.
—Entonces la inscripción era correcta.
—¿Qué significa eso?
—Que puedes atravesar el umbral.
Aquellas palabras provocaron una nueva oleada de inquietud. Durante unos segundos nadie dijo nada, hasta que Marcos formuló la pregunta que todos estaban pensando.
—¿Y nosotros?
El hombre tardó varios segundos en responder.
—Eso todavía no lo sé.
La respuesta dejó una sensación desagradable en el ambiente. Ninguno parecía especialmente interesado en averiguar qué ocurriría si intentaban acompañarlo.
En ese mismo instante una vibración recorrió el suelo.
Aunque fue leve, todos la sintieron bajo sus pies.
Las piedras comenzaron a emitir un sonido grave y profundo mientras el musgo que cubría la base del arco se desprendía lentamente.
A medida que la vegetación caía, fueron apareciendo símbolos ocultos que nadie había visto hasta entonces, como si la estructura estuviera despertando después de un larguísimo periodo de inactividad.
Las líneas grabadas en la piedra comenzaron a iluminarse con una luz azulada.
Primero apareció un pequeño resplandor. Después surgieron otros.
Poco a poco, la claridad fue extendiéndose por toda la superficie hasta formar una compleja red luminosa que recorría el arco de arriba abajo.
El bosque entero pareció contener la respiración mientras todos permanecían inmóviles y en silencio, incapaces de apartar la vista de la transformación que estaba teniendo lugar ante ellos.
Ninguno se atrevía a moverse porque comprendían que estaban presenciando algo que llevaba siglos sin ocurrir.
La piedra tembló una vez más y, detrás del arco, el aire comenzó a deformarse.
La imagen del bosque se onduló como la superficie de un lago agitado por el viento.
Los árboles parecieron doblarse, la niebla empezó a girar lentamente sobre sí misma y una abertura oscura apareció donde unos segundos antes no había absolutamente nada.
No parecía una puerta de piedra, una cueva ni un pasadizo convencional.
Se asemejaba más a una grieta abierta en la propia realidad.
El guardián retrocedió un paso y, por primera vez desde que lo conocían, el miedo era claramente visible en su rostro.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
El hombre no apartó la vista de la abertura cuando respondió con una voz mucho más grave de lo habitual.
—Acabamos de encontrar el verdadero umbral.
El silencio volvió a adueñarse del claro mientras todos contemplaban aquella oscuridad imposible.
Esteban tuvo entonces la certeza de que la segunda llave se encontraba al otro lado, pero comprendió también que no era lo único que lo esperaba allí.
Algo había permanecido aguardando durante mucho tiempo su regreso, como si hubiera sabido desde el principio que tarde o temprano acabaría regresando a la isla.
Y, por primera vez desde que comenzó la búsqueda, sintió que quizá no era él quien estaba encontrando las respuestas, sino las respuestas las que lo habían encontrado a él.