El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 74 — El sendero de los nombres perdidos
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Capítulo 74 — El sendero de los nombres perdidos

Nadie habló durante varios segundos después de que el eco de la campana se extinguiera entre la niebla.

El sonido había sido breve, pero había dejado tras de sí una sensación difícil de explicar.

No parecía una advertencia ni una amenaza.

Se parecía más a un anuncio, como si la propia isla hubiera tomado nota de su llegada y quisiera hacerles saber que ya formaban parte de algo mucho más grande de lo que imaginaban.

El grupo permaneció inmóvil observando la espesura que se extendía más allá de la playa.

Los árboles formaban una barrera oscura y compacta cuyas ramas se entrelazaban sobre los senderos naturales, creando túneles de sombra por los que apenas lograba penetrar la luz del día.

Todo parecía extrañamente quieto, como si el tiempo avanzara allí de una forma diferente.

—No me gusta nada esto —murmuró Marcos.

Elena observó la espesura que se extendía ante ellos antes de asentir lentamente.

—A mí tampoco.

El guardián contempló el bosque durante unos segundos antes de señalar una estrecha abertura entre los árboles.

—Tenemos que entrar por ahí.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Raquel.

—Porque ese camino no aparecía en los mapas antiguos.

—Eso no tiene sentido.

—Precisamente por eso.

La respuesta resultó tan absurda que nadie encontró argumentos para discutirla.

Finalmente comenzaron a caminar dejando atrás la playa.

La humedad aumentó de inmediato y la tierra parecía absorber el sonido de sus pasos.

Incluso las aves brillaban por su ausencia.

No había cantos, movimientos ni señales de vida animal.

Cuanto más avanzaban, más parecía que la isla hubiera decidido aislarlos del resto del mundo.

Esteban caminaba en silencio mientras observaba los alrededores.

La sensación provocada por aquel recuerdo seguía acompañándolo.

Cada árbol, cada roca y cada curva del sendero le resultaban extrañamente familiares.

No podía explicar por qué. Su mente insistía en que era imposible, pero algo dentro de él reaccionaba como si estuviera regresando a un lugar conocido después de muchos años.

Apenas habían recorrido unos cientos de metros cuando Elena se detuvo bruscamente.

—Esperad.

Todos giraron la cabeza.

—¿Qué ocurre?

La mujer señaló un árbol situado junto al sendero. Sobre la corteza había una inscripción antigua. Las letras parecían haber sido grabadas muchos años atrás y el musgo cubría parte de ellas.

Raquel se acercó para observar mejor.

—Parece un nombre.

Con cierta dificultad consiguieron leerlo.

—Julián Vargas —leyó en voz alta.

Nadie reconoció aquel nombre y Marcos fue el primero en romper el silencio.

—¿Algún explorador?

—Tal vez —respondió el guardián, aunque era evidente que tampoco estaba seguro.

Continuaron avanzando y, apenas cincuenta metros después, encontraron otro árbol con una inscripción similar.

Más adelante apareció otro y después otro más, hasta que resultó evidente que aquello formaba parte de algo mucho mayor.

Todos tenían nombres grabados, algunos parcialmente borrados por el tiempo y otros sorprendentemente bien conservados.

A medida que avanzaban fueron encontrando nuevas inscripciones.

Marta Lorenzo aparecía grabada en una encina cubierta de musgo.

Un poco más adelante descubrieron el nombre de Ignacio Vega.

Después surgieron Clara Montalbán y Luis Rey, seguidos por muchos otros desconocidos para ellos.

Algunos árboles mostraban una sola inscripción, mientras que otros contenían varias, grabadas unas sobre otras como si el bosque hubiera ido acumulando nombres durante generaciones enteras.

El grupo comenzó a intercambiar miradas cada vez más inquietas.

—¿Qué clase de lugar es este? —preguntó Elena.

El guardián no respondió inmediatamente. Su expresión se había vuelto más seria con cada nuevo descubrimiento.

—Creo que ya lo sé.

—Pues sería un buen momento para compartirlo.

El hombre se detuvo frente a uno de los árboles y pasó la mano lentamente sobre la corteza.

—Los textos hablaban de esto.

—¿De nombres grabados?

—No exactamente.

—Entonces, ¿de qué?

El guardián observó los árboles que los rodeaban antes de responder.

—Hablaban de quienes eran olvidados por la isla.

Las palabras provocaron que el silencio regresara inmediatamente al grupo.

—No entiendo.

—Decían que la isla conservaba aquello que robaba.

Aquella explicación produjo una inmediata inquietud.

—¿Qué significa eso?

—Que los recuerdos desaparecidos no se pierden.

—¿Entonces dónde van?

El guardián volvió a observar las inscripciones antes de responder con una única palabra.

—Aquí.

Nadie respondió durante varios segundos. La explicación parecía absurda y, sin embargo, cuanto más observaban aquellos nombres grabados en la madera, más difícil resultaba descartarla por completo. La sensación de encontrarse ante algo imposible se hacía más intensa con cada paso.

Esteban continuó caminando mientras la marca de su muñeca comenzaba a calentarse otra vez.

La sensación aumentaba con cada paso, como si algo lo estuviera llamando desde el interior de la isla.

Ya no se trataba únicamente de una impresión vaga.

La llamada parecía volverse más clara a medida que avanzaban, como si una fuerza invisible intentara conducirlo hacia un destino concreto.

El sendero continuó ascendiendo durante casi una hora. La niebla se volvió más espesa y los árboles más antiguos. Finalmente llegaron a un claro circular rodeado por enormes piedras cubiertas de musgo. En el centro había una estructura que obligó a todos a detenerse.

Era una especie de arco construido con piedra negra, antiguo, agrietado y completamente cubierto de símbolos. Algunas de las inscripciones parecían tan antiguas que apenas podían distinguirse. Otras conservaban todavía una nitidez sorprendente, como si hubieran sido grabadas mucho después.

El corazón de Esteban dio un vuelco al comprender que ya había visto aquel lugar, no en una visión ni en un sueño, sino en el recuerdo que había experimentado al llegar a la isla. Era exactamente el mismo arco hacia el que caminaba la versión más joven de sí mismo en aquella escena imposible.

Raquel advirtió inmediatamente el cambio en su expresión.

—¿Lo reconoces?

Esteban tardó varios segundos en responder.

—Sí —respondió finalmente, provocando que el silencio volviera a adueñarse del claro.

—¿Cómo?

—No lo sé —admitió, mientras el guardián se acercaba lentamente a la estructura.

Mientras observaba los símbolos grabados sobre la piedra, el rostro del hombre perdió progresivamente el color.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Marcos.

El guardián señaló una inscripción parcialmente cubierta por el musgo.

—Mirad esto.

Raquel se acercó y apartó con cuidado parte de la vegetación. Las palabras aparecieron poco a poco ante sus ojos. Nadie habló mientras terminaban de leer la inscripción, porque enseguida comprendieron que no estaba escrita en un idioma antiguo ni en una lengua olvidada.

Estaba escrita en español y el mensaje que contenía hizo que la sangre se helara en las venas de Esteban, porque parecía confirmar aquello que empezaba a sospechar desde que pisó la isla:

"Solo puede atravesar el umbral quien ya lo cruzó una vez."