Capítulo 73 — La isla que olvida
La mañana llegó envuelta en una niebla tan espesa que apenas permitía distinguir el mar desde la carretera.
Después de una noche inquieta y marcada por el extraño mensaje encontrado en la habitación, el grupo retomó el viaje sin demasiadas conversaciones.
Nadie parecía dispuesto a comentar la advertencia recibida por Esteban, aunque resultaba evidente que todos seguían pensando en ella.
"Si todavía recuerdas quién eres, no desembarques en la isla."
Aquellas palabras habían dejado de parecer una simple amenaza.
Cuanto más las analizaban, más extrañas resultaban.
Si alguien hubiera querido asustarlo, habría hablado de la llave, del sello o incluso del Heredero.
Sin embargo, el mensaje apuntaba directamente a su identidad, como si el verdadero peligro no estuviera relacionado con lo que iban a encontrar en la isla, sino con algo que él mismo había olvidado.
El paisaje fue transformándose a medida que avanzaban hacia la costa.
Los bosques se hicieron más densos, las montañas descendieron hacia el mar formando acantilados oscuros y la niebla parecía aferrarse a la tierra con una persistencia casi antinatural, como si intentara ocultar algo.
El ambiente se volvió cada vez más opresivo y ninguno de ellos necesitó decirlo para comprender que estaban entrando en una región diferente a cualquier otra que hubieran visitado durante la búsqueda.
Fue Elena quien divisó la isla primero. Señaló hacia el horizonte y todos dirigieron la mirada en la misma dirección, intentando atravesar los densos bancos de niebla que cubrían el mar.
Poco a poco, entre las brumas, apareció una enorme silueta oscura emergiendo sobre las aguas.
La Isla de las Mareas Negras se alzaba finalmente ante ellos y nadie dijo nada durante varios segundos.
Después de tantos meses siguiendo pistas, mapas, leyendas y sellos, por fin contemplaban el lugar que había aparecido una y otra vez en los documentos antiguos.
Sin embargo, la sensación que produjo no fue de satisfacción, sino de una profunda inquietud.
La isla parecía mucho más grande de lo que habían imaginado.
Sus acantilados negros se elevaban sobre las olas como murallas naturales y la niebla cubría gran parte del terreno.
No había construcciones visibles, no se apreciaban embarcaciones y tampoco se observaba movimiento alguno.
Parecía completamente abandonada, y precisamente por eso resultaba tan amenazadora.
La ausencia de vida hacía que todo pareciera detenido en el tiempo, como si aquel lugar hubiera permanecido esperando durante siglos la llegada de quienes se atrevían a buscar sus secretos.
El pequeño puerto desde el que debían embarcar estaba prácticamente vacío. Apenas encontraron algunos pescadores dispersos y un anciano encargado de alquilar las pocas embarcaciones disponibles. Cuando el hombre escuchó cuál era su destino, su expresión cambió de inmediato.
—Nadie va allí.
—Nosotros sí —respondió Marcos.
El anciano observó a cada uno de ellos con atención antes de detener la mirada en Esteban. Lo hizo durante varios segundos, con una intensidad extraña que provocó un incómodo silencio entre todos los presentes.
—¿Qué ocurre? —preguntó Raquel.
El viejo tardó unos segundos en responder.
—Nada.
Pero era evidente que mentía.
Finalmente accedió a alquilarles una pequeña embarcación. Mientras preparaban el equipo y revisaban el material para la travesía, el anciano se acercó discretamente a Esteban.
—Todavía puedes marcharte.
Aquellas palabras hicieron que el corazón le diera un vuelco.
—¿Perdón?
—Todavía puedes hacerlo.
—¿De qué está hablando?
El hombre observó durante unos segundos la isla envuelta en niebla antes de responder.
—Ella siempre empieza por los recuerdos.
Esteban sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La respuesta del anciano había sido demasiado inmediata para parecer una simple superstición local.
—¿Quién? —preguntó finalmente.
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—Cuando lo descubras ya será demasiado tarde.
No añadió nada más y se alejó lentamente hacia el muelle, dejando a Esteban solo con aquellas palabras. Sin embargo, la advertencia siguió resonando en su mente incluso después de que el hombre desapareciera de su vista.
La conversación lo acompañó durante toda la travesía.
El mar estaba sorprendentemente tranquilo.
Las aguas parecían inmóviles bajo la niebla, como si la propia isla alterara todo lo que la rodeaba.
Cuanto más se acercaban, más intensa se volvía la reacción de la marca en la muñeca de Esteban.
No era una sensación dolorosa, sino una extraña impresión de reconocimiento, la misma que había experimentado durante las visiones y la misma certeza imposible de estar acercándose a algo que ya conocía.
El guardián observó inmediatamente el cambio en su expresión.
—¿La llave? —preguntó.
Esteban asintió antes de explicar que la marca estaba reaccionando con una intensidad creciente.
—Eso significa que nos acercamos.
—¿Al sello?
El hombre negó lentamente.
—A algo relacionado con él.
La respuesta no tranquilizó a nadie. Al contrario, aumentó todavía más la inquietud que se había instalado en el grupo desde el momento en que divisaron la isla emergiendo entre la niebla, porque confirmaba que estaban acercándose a algo mucho más importante que un simple sello oculto.
La embarcación continuó avanzando hasta alcanzar finalmente una pequeña playa rodeada de rocas oscuras.
La niebla se movía lentamente entre los árboles que cubrían el interior de la isla, creando la impresión de que todo el paisaje respiraba con vida propia.
El lugar parecía silencioso, pero era un silencio extraño, demasiado profundo, como si ocultara sonidos que todavía no habían sido pronunciados.
Cuando finalmente descendieron de la embarcación ocurrió algo inesperado.
Durante una fracción de segundo una imagen atravesó la mente de Esteban con una intensidad completamente diferente a la de las visiones anteriores.
No parecía una visión provocada por la llave ni una advertencia enviada desde algún lugar desconocido.
Todo en aquella experiencia transmitía la sensación de estar contemplando un recuerdo auténtico, algo que pertenecía a su propio pasado y que había permanecido oculto durante mucho tiempo.
Se vio a sí mismo caminando por aquella misma playa.
Era más joven y estaba completamente solo.
Avanzaba hacia el interior de la isla con paso decidido, como si conociera perfectamente el camino que tenía delante.
La escena apenas duró un instante, pero resultó tan real que le dejó sin respiración.
No había nada borroso ni confuso en aquellas imágenes.
Cada detalle poseía la nitidez propia de una experiencia vivida.
La imagen desapareció tan rápido como había aparecido, dejando a Esteban inmóvil mientras el corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. La arena, el mar, las rocas y la niebla seguían allí, exactamente igual que en aquel recuerdo imposible.
Raquel fue la primera en darse cuenta de que algo ocurría. La expresión de Esteban había cambiado de forma evidente y el color había desaparecido de su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Esteban tardó varios segundos en responder.
—Yo ya he estado aquí.
Las palabras escaparon de sus labios casi sin darse cuenta y nadie respondió inmediatamente, porque ni siquiera él estaba completamente seguro de haberlas pronunciado. Lo único que sabía era que aquel recuerdo se había sentido más real que cualquier visión experimentada hasta entonces.
El silencio se extendió por la playa mientras las olas rompían suavemente contra las rocas y la niebla continuaba avanzando entre los árboles del interior. Entonces, desde algún lugar oculto de la isla, comenzó a sonar una campana.
La campana sonó una sola vez, pero aquel único sonido bastó para alterar por completo el ambiente del lugar. El eco se extendió por la costa, rebotó contra los acantilados y pareció deslizarse entre los árboles ocultos por la niebla, como si la propia isla hubiera decidido anunciar su presencia.
Todos levantaron la cabeza al mismo tiempo y permanecieron inmóviles, incapaces de pronunciar una sola palabra. El eco de la campana pareció extenderse por los acantilados, perderse entre los árboles y regresar después convertido en algo mucho más inquietante.
Todos comprendieron exactamente la misma cosa: alguien sabía que habían llegado y, de algún modo, los estaba esperando.