El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 71 — La partida hacia las Mareas Negras
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Capítulo 71 — La partida hacia las Mareas Negras

La decisión se tomó aquella misma noche.

Nadie propuso esperar hasta la mañana siguiente ni permanecer más tiempo en la cámara estudiando mapas o analizando teorías.

Los acontecimientos de las últimas horas habían dejado claro que ya no disponían de ese lujo.

El Heredero, la llave de sombra y la extraña respuesta recibida a través del mapa indicaban que alguien se estaba moviendo más deprisa que ellos.

La búsqueda había dejado de ser únicamente una carrera contra el tiempo para convertirse en una carrera contra alguien que parecía ir siempre varios pasos por delante.

El guardián fue quien terminó de disipar cualquier duda.

—Si vamos a la isla, debemos partir inmediatamente.

—¿Tan grave es? —preguntó Elena.

—Más de lo que imagináis.

La respuesta no necesitó explicaciones adicionales porque todos comprendían que la situación había cambiado demasiado deprisa y que cada hora de retraso podía aumentar la ventaja de quienes se encontraban por delante de ellos.

Mientras hablaban, el mapa continuaba proyectado sobre la pared. El símbolo de sombra seguía visible y la línea oscura permanecía inmóvil, como una firma dejada por alguien que sabía perfectamente que sería comprendida.

Esteban observó por última vez aquella marca.

La sensación de ser observado no había desaparecido y seguía acompañada por la inquietante impresión de que algo había cambiado al otro lado.

Era como si una puerta invisible acabara de abrirse, no una puerta física sino algo mucho peor, una conexión entre dos fuerzas que acababan de descubrirse mutuamente.

Raquel comenzó a recoger los documentos extendidos sobre la mesa.

—¿Cuánto tardaremos?

El guardián observó el mapa antes de responder que, si no encontraban problemas durante el trayecto, podrían llegar en dos días.

Marcos soltó una carcajada sin humor.

—Llevamos meses encontrando problemas.

—Precisamente por eso he dicho "si no encontramos problemas".

Aquella observación arrancó algunas sonrisas cansadas. Era la primera vez en horas que el ambiente se relajaba mínimamente, aunque aquella tregua duró muy poco.

La grieta volvió a emitir un zumbido profundo que hizo que todos giraran la cabeza hacia la abertura suspendida sobre el pedestal.

La estructura seguía inmóvil y amenazante, pero algo había cambiado.

La luz rojiza que recorría sus bordes parecía mucho más intensa, como si la energía contenida en su interior estuviera aumentando lentamente.

—No me gusta eso —murmuró Elena.

El hombre vestido de negro observó la grieta durante unos segundos antes de asentir lentamente.

—A mí tampoco.

Durante unos instantes permanecieron contemplando aquella abertura sin decir nada. Cuando parecía que podrían marcharse sin más incidentes, ocurrió algo inesperado: una pequeña chispa luminosa surgió de la grieta y comenzó a desplazarse lentamente por la sala.

No se movía de forma errática ni parecía impulsada por el azar.

Seguía una trayectoria concreta, como si conociera exactamente su destino.

Todos la siguieron con la mirada mientras cruzaba la cámara hasta detenerse frente a Esteban.

La diminuta luz permaneció suspendida unos instantes ante él antes de desaparecer.

En el mismo instante en que la chispa se extinguió, la marca de su muñeca reaccionó inmediatamente y una oleada de dolor recorrió su brazo.

El sufrimiento fue breve, pero tan intenso que le obligó a apretar los dientes.

Una corriente de imágenes intentó abrirse paso en su mente, aunque desapareció antes de tomar forma.

No fue una visión larga ni una secuencia compleja, sino únicamente una frase pronunciada por una voz que no parecía humana.

"Llegáis tarde."

La frase resonó en su mente durante apenas un instante antes de desaparecer junto con la extraña sensación que la había acompañado.

Esteban tardó varios segundos en recuperar la respiración mientras intentaba comprender lo que acababa de ocurrir.

Cuando consiguió recuperar el aliento descubrió que todos lo observaban con preocupación.

—¿Qué has visto? —preguntó Raquel.

Esteban levantó lentamente la cabeza.

—Alguien nos ha enviado un mensaje.

Nadie habló y el silencio se volvió casi insoportable.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Qué decía?

Esteban tragó saliva antes de responder.

—Decía que llegamos tarde.

La noticia cayó sobre el grupo como una losa y durante unos segundos nadie pareció saber cómo reaccionar.

Marcos negó inmediatamente con la cabeza.

—No puede saberlo.

—Acabamos de ver cómo alguien respondía desde el mapa —replicó Raquel—. Ya no estoy segura de lo que puede o no puede saber.

El guardián permaneció inmóvil, y aquella reacción preocupó a Esteban más que cualquier otra cosa que hubiera sucedido durante la conversación.

—¿Qué ocurre? —preguntó finalmente, mientras el hombre tardaba varios segundos en encontrar una respuesta.

—Los antiguos textos mencionan algo parecido.

—¿A qué te refieres?

—A mensajes.

La respuesta provocó que la tensión regresara de inmediato a la sala.

—¿Mensajes enviados por quién?

El guardián observó la grieta antes de responder.

—Por quienes ya habían encontrado una llave.

Nadie dijo nada porque la implicación resultaba evidente. Si el mensaje era auténtico, significaba que alguien había llegado antes. La verdadera pregunta era cuánto antes había llegado: minutos, horas o incluso días.

El mapa seguía brillando sobre la pared.

Los dos puntos restantes continuaban avanzando y el tercero había desaparecido por completo.

Aunque la isla seguía esperándolos, todos empezaban a comprender que el verdadero peligro quizá no estuviera allí, una posibilidad que se volvía cada vez más inquietante.

Cuanto más reflexionaban sobre lo ocurrido, más evidente parecía que el verdadero peligro no se encontraba en la isla ni en el segundo sello.

Todo apuntaba a que había llegado antes que ellos y que ahora aguardaba pacientemente su llegada, observando cada uno de sus movimientos desde algún lugar que todavía permanecía oculto.