Capítulo 66 — La partida
La decisión quedó tomada en el mismo instante en que desaparecieron las últimas dudas.
Nadie necesitó convocar una votación ni discutir posibles alternativas.
Los tres puntos luminosos que avanzaban sobre el mapa habían cambiado las reglas del juego.
Ya no disponían del lujo de la prudencia ni podían detenerse a estudiar cada detalle durante días o semanas.
Si querían llegar al segundo sello antes que los demás, debían partir cuanto antes.
La línea luminosa continuaba brillando sobre la pared como una cicatriz de luz atravesando la oscuridad de la cámara.
El recorrido parecía sencillo cuando se observaba desde allí, pero todos sabían que la realidad sería mucho más complicada.
Entre ellos y la Isla de las Mareas Negras se extendían cientos de kilómetros, lugares desconocidos y, probablemente, adversarios de los que todavía no sabían nada.
Marcos fue el primero en romper el silencio.
—¿Cuánto tardaremos en llegar?
El guardián observó el mapa durante unos instantes antes de responder.
—Depende de si el camino sigue siendo el mismo.
—¿Qué significa eso?
—Que los sellos no permanecen inactivos cuando despiertan.
La explicación provocó nuevas inquietudes.
—Hablas como si el camino pudiera cambiar —dijo Elena.
—Porque puede hacerlo.
La respuesta no convenció a nadie, aunque tampoco sorprendió. Después de todo lo que habían visto, la posibilidad de que la propia ruta se modificara ya no parecía la idea más extraña de la noche.
Esteban seguía observando los tres puntos móviles. Uno de ellos continuaba avanzando más rápido que los demás. La diferencia era pequeña, pero suficiente para resultar preocupante. Quienquiera que fuese aquella persona parecía saber exactamente hacia dónde dirigirse.
—Ese es el que me preocupa.
Raquel siguió la dirección de su mirada.
—¿Por qué?
—Porque no está buscando.
—¿Cómo lo sabes?
Esteban tardó unos segundos en responder.
—Porque avanza demasiado deprisa.
La observación hizo que todos volvieran a concentrarse en el mapa. Cuanto más lo analizaban, más evidente resultaba. Los otros dos puntos parecían realizar pequeñas desviaciones, como si estuvieran comprobando rutas o corrigiendo errores. El tercero avanzaba siguiendo una trayectoria casi perfecta.
—Ya conoce el camino —murmuró Marcos.
Nadie quiso descartar aquella posibilidad. El hombre vestido de negro permanecía observando la trayectoria con una atención absoluta. Había algo en aquella marca que parecía preocuparle más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Raquel fue la primera en advertirlo.
—Sabes algo.
El desconocido tardó varios segundos en responder.
—Tal vez.
—Estoy empezando a cansarme de esa palabra.
Por primera vez apareció una ligera sonrisa en el rostro del hombre.
—Yo también.
La tensión se relajó apenas un instante antes de desaparecer nuevamente.
—Habla.
El desconocido volvió a observar el mapa antes de responder.
—Hay historias sobre grupos que dedicaron generaciones enteras a buscar los sellos.
—¿Como los guardianes?
—No.
La respuesta hizo que todos prestaran atención.
—Los guardianes intentaban impedir que fueran encontrados. Los otros querían exactamente lo contrario.
La revelación hizo que todos guardaran silencio durante unos segundos antes de que Marcos preguntara quiénes eran realmente aquellos grupos.
—Nadie lo sabe con certeza.
—Otra vez esa respuesta.
—Porque es la verdad.
El hombre apoyó una mano sobre la piedra iluminada mientras continuaba hablando.
—Los documentos les dan nombres distintos. Algunas veces aparecen como peregrinos. Otras como custodios. Otras como herederos.
—¿Herederos de qué?
—De algo que empezó mucho antes de la primera apertura.
Esteban sintió un escalofrío al comprender que aquello significaba que la historia era todavía más antigua de lo que habían imaginado.
—¿Y crees que uno de ellos sigue existiendo?
El desconocido tardó varios segundos en responder.
—Creo que algunas personas dedican la vida a una misión.
Su mirada regresó al punto luminoso que avanzaba más deprisa.
—Y otras dedican generaciones enteras.
Nadie añadió nada más porque la idea resultaba demasiado inquietante. Si aquel punto pertenecía realmente a alguien que llevaba siglos persiguiendo el mismo objetivo a través de sucesivas generaciones, la ventaja que tenían podía ser mucho mayor de lo que habían supuesto.
El mapa vibró de forma repentina, aunque no con la intensidad de ocasiones anteriores.
Bastó para que todos dirigieran la mirada hacia la pared.
No apareció un nuevo punto ni una nueva ruta, sino un símbolo que ninguno reconoció: un círculo atravesado por una línea vertical que parecía surgir de las propias grietas de la piedra.
Esteban sintió inmediatamente una reacción en la marca de su muñeca. La conexión fue instantánea y la llave respondió de inmediato. Por primera vez desde que habían iniciado la búsqueda del segundo sello, una imagen apareció fugazmente en su mente.
No vio la isla, ni el mar, ni la puerta que había aparecido en las visiones anteriores.
Lo que vio fue una mano sosteniendo una llave diferente.
Era más oscura, más antigua y mucho más grande que la que él llevaba consigo.
La sensación que transmitía era completamente distinta.
No parecía una herramienta. Parecía una reliquia creada para algo mucho más importante.
La visión desapareció casi al instante, pero había durado lo suficiente para que comprendiera algo que cambiaba por completo la situación. Cuando levantó lentamente la cabeza, todos advirtieron que había visto algo importante.
—No buscan la segunda llave.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
—¿Qué has visto?
La respiración le temblaba ligeramente.
—Buscan otra.
El silencio que siguió fue absoluto.
Porque si alguien ya estaba cerca de la isla y perseguía una llave diferente, la situación adquiría una dimensión completamente nueva.
La carrera hacia el segundo sello acababa de convertirse en una lucha por algo mucho más importante y, por primera vez, empezaba a parecer posible que la tercera llave estuviera más cerca de aparecer de lo que ninguno había imaginado.