El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 64 — Rumbo a la Isla de las Mareas Negras
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Capítulo 64 — Rumbo a la Isla de las Mareas Negras

Durante varios minutos nadie apartó la vista de la línea luminosa que recorría el mapa.

La trayectoria permanecía estable sobre la pared, brillando con una intensidad que no parecía disminuir con el paso del tiempo.

Hasta ese momento habían tenido que interpretar símbolos, reconstruir fragmentos de información y confiar en visiones incompletas, pero aquello era diferente.

Por primera vez el sistema les mostraba un camino concreto.

Sin embargo, la claridad del mensaje no reducía la inquietud; al contrario, la aumentaba.

Raquel fue la primera en expresarlo cuando señaló que, si el sistema quería que fueran hasta allí de una forma tan evidente, quizá deberían preguntarse por qué.

Nadie respondió de inmediato porque la observación era razonable.

Durante todo el proceso habían asumido que eran ellos quienes buscaban las llaves, cuando cada nuevo descubrimiento parecía demostrar exactamente lo contrario.

Algo estaba guiando sus pasos desde el principio y facilitando el camino de una manera demasiado precisa para ser casual.

El guardián observó la línea luminosa durante unos instantes antes de responder que el sistema necesitaba que alguien llegara hasta el segundo sello.

—¿Para abrirlo? —preguntó Marcos.

—Para decidir qué hacer con él.

Aquella respuesta provocó nuevas preguntas.

Marcos cruzó los brazos y quiso saber qué ocurriría si decidían no ir.

La mirada del hombre se desplazó hacia Esteban antes de responder que, en ese caso, alguien más lo haría.

La frase cayó sobre el grupo con una sensación incómoda porque todos recordaban la presencia que Esteban había sentido, una presencia que parecía esperarlos desde la distancia y que ya no podían considerar una simple amenaza abstracta.

Esteban volvió a observar la marca de su muñeca. Desde la aparición del mapa la sensación no había desaparecido por completo. Era débil, pero constante, como una corriente invisible que seguía conectándolo con algún lugar lejano.

—Tenemos que movernos.

Raquel giró la cabeza hacia él.

—¿Lo dices porque quieres ir o porque la llave te lo está diciendo?

Esteban tardó unos segundos en responder.

—No estoy seguro de que haya diferencia.

Aquellas palabras provocaron un silencio incómodo. Era la primera vez que admitía algo así y todos comprendieron inmediatamente lo que significaba. La influencia de la llave estaba creciendo, y el hombre vestido de negro fue el primero en verbalizarlo.

—La conexión se está fortaleciendo.

—¿Eso es malo? —preguntó Elena.

—Depende de cuánto tiempo continúe haciéndolo.

La respuesta no tranquilizó a nadie. El guardián permaneció observando a Esteban con atención antes de preguntarle qué más sentía. Esteban cerró los ojos durante unos segundos intentando interpretar aquella sensación que seguía creciendo en algún rincón de su mente.

La percepción había cambiado. Ya no era únicamente una llamada. También percibía una emoción antigua y profunda que podía resumirse en una sola palabra: desesperación. La intensidad de aquella impresión fue tan inesperada que abrió los ojos de inmediato.

—Miedo.

Todos lo observaron.

—¿Miedo? —preguntó Raquel.

Esteban asintió lentamente.

—No es mío.

Intentó encontrar una explicación más precisa.

—Es como si alguien llevara muchísimo tiempo esperando algo y estuviera aterrado por la posibilidad de que nunca ocurra.

La reacción que apareció en el rostro del guardián no fue miedo, sino reconocimiento. Raquel lo advirtió enseguida.

—Sabes algo.

El hombre permaneció unos segundos sin responder antes de admitir que los relatos más antiguos hablaban precisamente de algo parecido.

—¿De qué?

—De alguien que quedó atrapado.

La temperatura emocional de la conversación cambió inmediatamente.

—¿Atrapado dónde?

El guardián explicó que nadie lo sabía con certeza.

Algunos textos afirmaban que aquella persona había sido encerrada junto al segundo sello.

Otros sostenían que permanecía atrapada entre la puerta y el mundo real.

La mayoría de los documentos se contradecían entre sí, lo que hacía imposible saber qué parte era cierta.

—¿Y tú qué crees? —preguntó Raquel.

El hombre observó el mapa durante unos segundos antes de responder.

—Creo que alguien lleva siglos intentando regresar.

Nadie habló durante varios segundos porque la idea resultaba inquietante, aunque había algo todavía peor.

Esteban volvió a sentir aquella emoción, aquella desesperación creciente que parecía atravesar la distancia para llegar hasta él.

Fue entonces cuando comprendió algo que hizo que la sangre se le helara.

—No.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

—¿Qué ocurre?

Esteban tardó unos segundos en responder.

—No quiere regresar.

La tensión aumentó inmediatamente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque eso no es lo que siento.

Raquel lo observó con atención.

—Entonces ¿qué quiere?

Esteban tragó saliva antes de responder.

—Quiere que lleguemos antes que los demás.

La frase dejó la cámara en silencio. Raquel fue la primera en comprender las implicaciones de aquellas palabras.

—¿Qué otros?

Esteban negó lentamente.

—No lo sé.

Y aquel era precisamente el problema. No había visto rostros. No había escuchado nombres. Solo había recibido una certeza. Había otros que también se dirigían hacia la isla.

La línea luminosa del mapa comenzó a brillar con más intensidad, como si reaccionara a aquella conclusión. Durante unos segundos aparecieron pequeñas marcas adicionales a lo largo del recorrido. No eran muchas marcas. Solo tres puntos diminutos que avanzaban lentamente hacia el mismo destino.

Nadie necesitó explicar lo que significaban.

El sistema acababa de mostrarles algo mucho más preocupante que la ubicación del segundo sello. Había otros buscadores y, por la velocidad con la que aquellas marcas avanzaban sobre el mapa, algunos de ellos ya estaban peligrosamente cerca de la Isla de las Mareas Negras.