El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 60 — La construcción borrada
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Capítulo 60 — La construcción borrada

Durante varios segundos nadie habló. La imagen de la construcción había desaparecido de la pared, pero la sensación que había dejado en la cámara continuaba presente, como una huella imposible de borrar.

El silencio no estaba provocado únicamente por la sorpresa, sino por la comprensión progresiva de que acababan de contemplar algo que alguien había intentado ocultar durante siglos.

El anciano seguía observando el lugar donde la imagen había aparecido.

Su expresión era distinta a la habitual.

No había miedo ni incertidumbre, sino una mezcla de resignación y preocupación que parecía proceder de recuerdos demasiado antiguos.

Raquel fue la primera en percibirlo y comprendió inmediatamente que aquel lugar no le resultaba desconocido.

—Conoces ese lugar.

No fue una pregunta, sino una afirmación.

El anciano tardó varios segundos en responder antes de admitir que sí.

Aquella respuesta provocó una inmediata tensión entre todos los presentes.

Marcos quiso saber si había estado allí alguna vez, pero el hombre negó lentamente y explicó que conocía aquel lugar porque aparecía mencionado en los relatos de quienes habían sobrevivido a los acontecimientos ocurridos siglos atrás.

La atención del grupo se concentró de inmediato en él.

—¿Sobrevivieron a qué? —preguntó Elena.

El anciano permaneció unos instantes en silencio antes de explicar que habían sobrevivido a la primera apertura.

La cámara pareció volverse todavía más silenciosa mientras todos intentaban comprender el alcance de aquellas palabras.

Esteban sintió una nueva vibración en la llave.

No era intensa, pero sí constante, como si reaccionara a la conversación.

La marca de su muñeca respondió de la misma manera, enviando una sensación extraña por todo su brazo.

—¿Qué ocurrió en 1498? —preguntó.

Aquella pregunta quedó suspendida en el ambiente mientras todos esperaban la respuesta. El anciano observó a Esteban durante varios segundos antes de hablar.

—Lo mismo que ocurre siempre cuando alguien cree haber encontrado una forma de escapar de la muerte.

Raquel comprendió inmediatamente hacia dónde se dirigía la conversación.

—¿La eterna juventud?

El anciano asintió lentamente y confirmó que ese había sido exactamente el objetivo de quienes iniciaron el proceso. El hombre vestido de negro permanecía inmóvil, escuchando atentamente cada palabra.

—¿Y la encontraron? —preguntó Elena.

El anciano volvió a mirar la pared vacía antes de responder afirmativamente. Durante unos segundos nadie supo qué decir. Marcos fue el primero en reaccionar.

—Entonces funcionó.

El anciano negó lentamente y explicó que ese había sido precisamente el problema. La inquietud volvió a extenderse por la cámara mientras todos intentaban comprender el significado de aquella afirmación.

—Explícalo —pidió Raquel.

El anciano organizó sus recuerdos antes de continuar.

—Los documentos antiguos hablan de un grupo de hombres y mujeres que descubrieron algo que no comprendían.

Creyeron que aquella puerta podía detener el envejecimiento.

Creyeron que podían cruzarla y regresar conservando la juventud para siempre.

Durante años prepararon la apertura, estudiaron las llaves y reunieron todo lo necesario para activar el sistema.

Cuando finalmente lo consiguieron descubrieron que la puerta sí cumplía lo que prometía.

Raquel sintió un escalofrío.

—Entonces ¿cuál era el problema?

El anciano bajó la mirada durante unos instantes antes de responder que nadie había preguntado cuál era el precio. Aquellas palabras quedaron suspendidas en el ambiente con más peso que cualquier explicación.

Esteban volvió a sentir una pulsación procedente de la llave.

La sensación fue tan intensa que tuvo que apoyarse en una de las paredes para mantener el equilibrio.

Raquel se acercó inmediatamente al verlo y le preguntó qué ocurría.

Esteban respondió con dificultad que estaba sucediendo otra vez, y ella comprendió enseguida que se refería a una nueva visión.

Las imágenes comenzaron a formarse en su mente con una claridad superior a todas las anteriores.

Esta vez no eran fragmentos inconexos. Vio la construcción levantada sobre el acantilado, vio el mar golpeando las rocas y vio decenas de personas reunidas alrededor de una enorme puerta negra cuya superficie parecía absorber la luz.

Entre la multitud apareció un joven que avanzó hacia ella y la atravesó mientras todos observaban en silencio.

Cuando regresó seguía teniendo exactamente el mismo aspecto.

Conservaba la misma edad, la misma fuerza y las mismas facciones.

Los hombres y mujeres que lo rodeaban comenzaron a celebrar.

Algunos lloraban de emoción, otros reían y otros se abrazaban convencidos de que acababan de presenciar una victoria imposible sobre el paso del tiempo.

La visión avanzó rápidamente mientras los días se convertían en meses y los meses en años, sin que el joven mostrara la menor señal de envejecimiento.

Sin embargo, algo empezó a cambiar de forma lenta y progresiva.

No era su cuerpo ni tampoco su rostro. El cambio se concentraba en la mirada, porque la sensación de humanidad parecía desaparecer poco a poco de sus ojos, como si algo estuviera ocupando el lugar de la persona que había cruzado la puerta.

La visión se interrumpió antes de mostrar más. Esteban abrió los ojos con la respiración acelerada mientras todos lo observaban esperando una explicación.

—¿Qué has visto?

Esteban tardó varios segundos en responder y finalmente confirmó que había funcionado. El anciano cerró los ojos brevemente, como si aquella conclusión no le sorprendiera en absoluto, mientras Esteban añadía que la juventud era real.

El hombre vestido de negro lo observó con atención.

—¿Y después?

Esteban permaneció unos instantes en silencio antes de responder.

—No lo he visto todo, pero sé que algo salió mal.

Nadie respondió, porque la expresión del anciano ya revelaba que conocía el resto de aquella historia y que probablemente llevaba siglos intentando impedir que volviera a repetirse.