El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 59 — El camino de la segunda llave
46%

Capítulo 59 — El camino de la segunda llave

La sensación permaneció incluso después de que la vibración de la llave disminuyera.

No era una imagen, ni un recuerdo, ni una intuición difícil de interpretar.

Era una certeza. Esteban podía percibir la existencia de un lugar concreto del mismo modo que una persona reconoce el camino hacia su propia casa después de haberlo recorrido cientos de veces.

Aquello no tenía lógica y, sin embargo, resultaba tan natural que lo inquietó más que cualquiera de las visiones anteriores.

Raquel fue la primera en notar el cambio en su expresión.

—¿Qué ocurre?

Esteban tardó unos segundos en responder porque intentaba comprender lo que estaba sintiendo antes de ponerlo en palabras.

—Sé dónde está.

El silencio que siguió fue inmediato. Incluso el hombre vestido de negro dejó de observar la grieta para fijar toda su atención en él.

—¿Qué sabes? —preguntó Elena.

—La segunda llave.

El anciano levantó lentamente la cabeza.

—¿Puedes verla?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Esteban cerró los ojos durante un instante antes de responder.

—No veo el lugar. Lo siento.

El hombre vestido de negro sonrió levemente.

—Es suficiente.

Raquel observó al desconocido con creciente desconfianza.

—Parece que sabes demasiadas cosas.

—Llevo mucho tiempo buscando las mismas respuestas que vosotros.

—No lo parece.

El hombre no respondió. Su atención seguía centrada en Esteban mientras la cámara vibraba de nuevo, aunque esta vez el movimiento era diferente. No parecía una reacción descontrolada de la grieta, sino una respuesta coordinada, como si el sistema hubiera aceptado una nueva fase del proceso.

La superficie de la pared donde había aparecido la marca comenzó a iluminarse lentamente.

No era la misma luz azul de los círculos.

Era más tenue, más antigua, como si procediera de algo enterrado bajo siglos de silencio.

Todos dirigieron la mirada hacia ella mientras las líneas luminosas comenzaban a unirse formando símbolos que ninguno reconoció al principio.

Sin embargo, a medida que el dibujo se completaba, la forma general empezó a resultar inquietantemente familiar.

—Es un mapa —dijo Raquel.

El anciano avanzó lentamente hacia la pared antes de negar con la cabeza.

—No. Es más que un mapa.

Los símbolos continuaron reorganizándose hasta formar una estructura compleja que ocupaba buena parte del muro.

Había líneas, círculos y marcas distribuidas a distintas alturas.

Algunas brillaban con intensidad mientras otras permanecían apenas visibles, como si representaran elementos incompletos o todavía inactivos dentro de un sistema mucho mayor.

Esteban sintió una nueva pulsación en la muñeca y la marca respondió de inmediato, provocando que uno de los puntos del dibujo comenzara a iluminarse con más intensidad que los demás. Todo el grupo observó cómo aquella señal destacaba sobre el resto.

—Ese eres tú —dijo el anciano.

Esteban frunció el ceño, incapaz de comprender lo que estaba viendo.

—¿Yo?

—No tú exactamente. Tu posición dentro del sistema.

Aquella explicación no tranquilizó a nadie. Al contrario, hizo que la situación resultara todavía más inquietante.

El hombre vestido de negro se acercó a la pared y estudió el dibujo durante varios segundos.

—Hay siete puntos principales.

—Las siete llaves —murmuró Marcos.

El anciano negó lentamente.

—Los siete sellos.

La diferencia parecía importante, demasiado importante para tratarse de una simple cuestión de terminología.

Raquel observó el mapa con atención.

—¿Y cuál es la diferencia?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Una llave abre algo. Un sello mantiene algo cerrado.

El silencio volvió a extenderse por la cámara. Aquella explicación encajaba demasiado bien con todo lo que habían descubierto desde que habían llegado al lugar.

Esteban observó el punto iluminado que lo representaba y después dirigió la mirada hacia los demás símbolos.

Uno de ellos brillaba con más intensidad que el resto y estaba situado muy lejos de su posición actual.

La sensación que había percibido antes regresó de inmediato.

Era el mismo lugar, el mismo destino y la misma certeza que había sentido al sostener la llave.

—Es ahí.

El hombre vestido de negro siguió la dirección de su mirada.

—La segunda llave.

—El segundo sello —corrigió el anciano.

Aquella vez el desconocido no respondió inmediatamente. Se limitó a observar el punto luminoso con una expresión imposible de interpretar, y Raquel percibió el cambio en su actitud.

—¿Qué ocurre?

El hombre tardó varios segundos en responder.

—Ese lugar no debería seguir existiendo.

Las palabras provocaron una inmediata inquietud.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Elena.

—Quiero decir que desapareció hace siglos.

El anciano cerró los ojos durante unos segundos, como si acabara de confirmar uno de sus peores temores.

—No desapareció —dijo finalmente.

Elena lo observó con tensión.

—Entonces ¿qué ocurrió?

El anciano mantuvo la vista fija en el punto brillante antes de responder.

—Fue ocultado.

Nadie habló después de aquella revelación.

Si aquello era cierto, alguien había dedicado siglos enteros a impedir que nadie encontrara el camino hacia el segundo sello y, si se habían tomado tantas molestias para ocultarlo, era porque lo que protegía debía de ser mucho más peligroso de lo que habían imaginado.

La grieta reaccionó una vez más, aunque no con violencia ni con inestabilidad, sino de una forma mucho más inquietante.

La estructura luminosa del mapa comenzó a expandirse lentamente por la pared y, durante unos segundos, mostró la silueta de una construcción aislada sobre un acantilado frente al mar.

La visión desapareció casi de inmediato, pero había permanecido el tiempo suficiente para que todos comprendieran que el siguiente destino ya no era una incógnita y, sobre todo, para que el anciano reconociera aquel lugar.

La construcción que acababan de ver era exactamente la misma que Esteban había contemplado en sus recuerdos de 1498, la misma que aparecía junto a la puerta en las visiones transmitidas por la llave y la misma que, según parecía, alguien había intentado borrar de la historia durante más de cinco siglos.