El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 61 — El precio
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Capítulo 61 — El precio

El silencio que siguió a las palabras de Esteban resultó más inquietante que cualquier explicación.

Nadie discutió lo que acababa de ver porque todos comprendieron que aquellas imágenes no eran simples símbolos ni proyecciones sin sentido.

La llave le estaba mostrando acontecimientos reales, fragmentos de algo que había sucedido siglos atrás y que seguía conectado con el sistema que acababan de activar.

El anciano permaneció inmóvil durante varios segundos observándolo.

No parecía sorprendido por las visiones ni por las conclusiones que Esteban estaba alcanzando.

Lo que reflejaba su rostro era algo diferente: la preocupación de quien sabe que todavía queda una parte de la verdad por descubrir y teme más esa parte que todo lo que ya ha salido a la luz.

—Sabes cómo termina esa historia.

La voz de Raquel rompió finalmente el silencio. No era una pregunta, sino una afirmación cargada de certeza. El anciano tardó unos segundos en responder.

—Sé cómo empezó.

Raquel negó lentamente.

—Eso no es lo mismo.

El hombre levantó la mirada y admitió que tenía razón.

Conocer el origen de una tragedia no significaba haber sido capaz de evitarla, ni tampoco garantizaba comprender todas sus consecuencias.

Durante unos instantes nadie añadió nada más.

La cámara permanecía aparentemente tranquila, aunque aquella calma resultaba engañosa.

La grieta seguía allí. Nadie podía verla de forma constante, pero todos podían percibirla como una presencia latente, una corriente oculta bajo la superficie de un lago inmóvil que esperaba el momento adecuado para manifestarse de nuevo.

El hombre vestido de negro observó a Esteban con atención y quiso saber si había visto algo más.

Esteban respondió que no, pero el desconocido no pareció satisfecho con aquella respuesta.

Estaba convencido de que las visiones no habían terminado y de que la llave todavía tenía mucho que mostrar.

Raquel reaccionó inmediatamente y le reprochó la idea, recordándole que la experiencia anterior casi había derribado a Esteban.

Sin embargo, el hombre respondió que, aun así, había conseguido ver más que cualquiera de ellos.

La tensión volvió a instalarse en la cámara mientras Esteban observaba la llave durante largos segundos.

Una parte de él quería apartarse de aquello y alejarse de unas imágenes que cada vez parecían más reales.

Otra, mucho más poderosa, necesitaba descubrir qué había ocurrido realmente en 1498.

Finalmente anunció que iba a intentarlo otra vez.

Raquel trató de convencerlo para que esperara, pero comprendió enseguida que ya había tomado la decisión.

Esteban cerró los ojos y apretó la llave entre los dedos.

La reacción fue inmediata. La cámara y la oscuridad desaparecieron al mismo tiempo, y el mundo volvió a transformarse a su alrededor mientras era arrastrado de nuevo hacia los recuerdos contenidos en la llave.

Aquella vez la visión era mucho más estable que las anteriores.

No observaba fragmentos aislados ni escenas incompletas.

Caminaba dentro del recuerdo. Veía a las personas, escuchaba sus conversaciones y sentía el viento procedente del mar golpeando los muros de piedra de la enorme construcción levantada sobre el acantilado.

La fortaleza era todavía más grande de lo que había imaginado.

Sus murallas parecían diseñadas para resistir siglos de tormentas y proteger algo que sus constructores consideraban más valioso que cualquier reino.

Centenares de personas trabajaban en su interior transportando documentos, herramientas e instrumentos desconocidos.

Aquello no parecía una ciudad, ni un monasterio, ni tampoco un centro de poder político.

Todo indicaba que había sido construido para un único propósito que dominaba por completo la actividad del lugar.

Todo giraba alrededor de la puerta, una enorme estructura negra que permanecía inmóvil en el centro de una sala subterránea mientras hombres y mujeres estudiaban símbolos grabados en piedra, comparaban manuscritos y realizaban cálculos sobre grandes mesas de trabajo.

Aquella gente no parecía fanática ni irracional; al contrario, transmitían la imagen de personas inteligentes convencidas de estar a punto de realizar el descubrimiento más importante de la historia.

Sus rostros reflejaban entusiasmo, orgullo y una confianza absoluta en el éxito de aquello que estaban construyendo.

La visión avanzó mientras los días se convertían en semanas y las semanas en meses.

El joven que había atravesado la puerta seguía sin envejecer.

Las celebraciones continuaban, los estudios continuaban y los experimentos continuaban.

Cada nuevo día parecía confirmar que habían logrado lo imposible.

Sin embargo, los primeros problemas aparecieron de forma tan sutil que casi nadie les prestó atención.

El joven comenzó a olvidar nombres, conversaciones y recuerdos recientes.

Los responsables del proyecto atribuyeron aquellos fallos al cansancio, a la emoción o a las consecuencias temporales del proceso, sin sospechar que estaban contemplando los primeros síntomas de algo mucho más grave.

Los olvidos continuaron aumentando y, con el paso del tiempo, aparecieron otros cambios todavía más inquietantes.

El joven dejó de mostrar interés por las personas que conocía y comenzó a observarlas como si fueran desconocidos.

Sus emociones se debilitaron, sus reacciones se volvieron más lentas y su capacidad para empatizar con los demás empezó a desaparecer poco a poco.

Aun así seguía siendo joven. Su cuerpo continuaba intacto y ninguna arruga aparecía en su rostro, como si el paso del tiempo hubiera dejado de ejercer cualquier influencia sobre él.

Cuanto más se deterioraba su comportamiento, más evidente resultaba la contradicción entre la perfección de su aspecto físico y la transformación silenciosa que se estaba produciendo en su interior.

La visión aceleró nuevamente y las décadas comenzaron a pasar con rapidez.

Diez años, veinte, treinta, y el rostro seguía siendo exactamente el mismo.

Sin embargo, la persona que habitaba detrás de aquellos ojos parecía cada vez más distante, más fría y más vacía.

Esteban sintió un escalofrío al comprender que la juventud se conservaba, pero algo mucho más importante se estaba perdiendo lentamente.

No era únicamente la memoria. No era únicamente la personalidad.

Era algo más profundo, algo que afectaba al núcleo mismo de lo que convertía a alguien en quien era.

La visión siguió avanzando. Las personas que habían impulsado el proyecto comenzaron a discutir entre ellas.

Algunos querían cerrar la puerta para siempre, mientras otros insistían en continuar los estudios y perfeccionar el proceso.

Las divisiones crecieron, las acusaciones se multiplicaron y el miedo comenzó a extenderse entre quienes habían participado en la apertura.

La palabra «intercambio» aparecía una y otra vez en documentos, reuniones y discusiones, hasta el punto de que todo parecía girar alrededor de aquel concepto.

Cuanto más avanzaba la visión, más evidente resultaba que todos habían llegado a la misma conclusión: la puerta no detenía el envejecimiento, sino que intercambiaba algo por la juventud que aparentemente concedía.

La visión comenzó a temblar violentamente.

Esteban intentó mantenerse dentro de ella porque necesitaba saber qué era exactamente aquello que se entregaba a cambio de la juventud.

Durante un instante logró verlo. No con absoluta claridad, pero sí con la suficiente precisión como para comprender la magnitud del error que habían cometido.

Vio al joven observando su reflejo décadas después de haber cruzado la puerta.

Su cuerpo y su rostro seguían siendo jóvenes, pero sus ojos ya no parecían humanos.

No estaban vacíos ni muertos. Parecían pertenecer a una presencia extraña que había ido ocupando lentamente el espacio que antes pertenecía a una persona.

Lo más inquietante no era el cambio físico, sino la sensación de que aquello que miraba desde el otro lado del reflejo ya no era realmente el hombre que había atravesado la puerta.

La visión se rompió de golpe y Esteban abrió los ojos con la respiración acelerada mientras la llave vibraba entre sus dedos.

Raquel estaba junto a él observándolo con preocupación y el anciano mantenía la mirada fija en su rostro, como si supiera exactamente qué acababa de descubrir.

Esteban tardó varios segundos en responder a las preguntas del grupo y finalmente confirmó que la juventud era real y que el proceso funcionaba.

El hombre vestido de negro quiso saber qué había ocurrido después y Esteban admitió que no había visto toda la historia, aunque estaba convencido de que algo había salido terriblemente mal.

Nadie respondió porque la expresión del anciano ya revelaba que conocía el resto de aquella historia y que llevaba siglos intentando impedir que volviera a repetirse.

Esteban levantó lentamente la vista y explicó que la puerta no daba juventud.

Sus palabras provocaron un silencio todavía más profundo mientras todos intentaban comprender las implicaciones de aquella afirmación.

Raquel fue la primera en preguntar qué hacía realmente la puerta, y Esteban sostuvo la mirada del anciano antes de responder que no concedía juventud, sino que la compraba.

Nadie volvió a hablar después de escuchar aquellas palabras.

La expresión del anciano bastaba para comprender que aquella respuesta estaba peligrosamente cerca de la verdad y que el auténtico horror seguía oculto tras una parte de la historia que todavía no habían descubierto.