Capítulo 46 — La confesión imposible
Raquel fue incapaz de apartar la vista del anciano. La acusación pronunciada por la voz había cambiado completamente el ambiente de la cámara. La llave, los círculos e incluso los hombres armados parecían haber quedado en segundo plano.
—¿Qué significa eso? —preguntó finalmente.
El anciano evitó responder.
—Mírame —insistió Raquel—. Quiero saber qué significa.
El hombre cerró los ojos durante unos instantes. La serenidad que había mostrado durante toda la expedición comenzaba a resquebrajarse mientras la luz rojiza se extendía lentamente alrededor de sus pies.
—Responde —ordenó la voz.
—No.
Los símbolos grabados en el suelo aumentaron su intensidad.
—¿Qué está pasando? —preguntó Elena.
El anciano observó el resplandor rojizo antes de responder.
—La prueba exige la verdad.
—Pues dila.
Una sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Si la digo, nada volverá a ser igual.
El líder del grupo vestido de negro soltó una breve carcajada.
—Hace mucho tiempo que hemos superado ese punto.
El anciano levantó la vista hacia la plataforma donde descansaba la llave.
—No entendéis lo que estáis buscando.
—Explícanoslo —pidió Raquel.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque cuando conozcáis la verdad seguiréis queriendo abrir la puerta.
Aquella respuesta provocó más confusión que cualquier otra cosa.
Raquel avanzó un paso.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque yo también quise hacerlo.
La afirmación hizo que varios miembros del grupo intercambiaran miradas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Marcos.
—Quiere decir que sabe mucho más de lo que ha contado —intervino Esteban desde los círculos iluminados.
—Muchísimo más —añadió el hombre vestido de negro.
Raquel observó al anciano y recordó decenas de detalles que había ignorado durante toda la búsqueda.
Su facilidad para interpretar símbolos olvidados, su conocimiento de documentos imposibles de encontrar, su capacidad para anticiparse a determinados descubrimientos y su costumbre de esquivar ciertas preguntas comenzaban a encajar de una manera inquietante.
—¿Quién eres realmente?
El anciano permaneció inmóvil mientras la luz rojiza continuaba extendiéndose bajo sus pies.
—Di la verdad —repitió la voz.
Respiró profundamente antes de levantar la vista hacia el grupo.
—Mi nombre no es el que os di.
—Eso ya lo imaginábamos —respondió Adrián.
—No. No imagináis nada.
Su mirada se detuvo en Raquel.
—Porque el hombre que conocéis con ese nombre murió hace mucho tiempo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó ella.
—De mí.
La luz rojiza siguió expandiéndose lentamente mientras la voz aguardaba.
—Di la verdad.
El anciano guardó silencio unos segundos antes de hablar con una voz cargada de cansancio.
—Yo estaba allí cuando se escribió el primer manuscrito.
La afirmación dejó a todos inmóviles.
—Eso es imposible —murmuró Esteban.
—Lo sé.
—El primer manuscrito es de finales del siglo XV.
—Lo sé.
Raquel comprendió antes que nadie lo que aquello significaba.
—No...
El anciano asintió lentamente.
—Sí.
Después observó la llave durante unos instantes antes de pronunciar la verdad que había ocultado durante siglos.
—Llevo más de quinientos años intentando impedir que alguien llegue hasta esa puerta.
Nadie discutió la afirmación. Incluso los hombres armados parecían incapaces de encontrar una respuesta.
La revelación resultaba demasiado descomunal para aceptarla de inmediato y, sin embargo, la prueba no mostraba ninguna señal de rechazo.
Los símbolos rojizos comenzaron a apagarse lentamente alrededor del anciano, como si la propia cámara acabara de reconocer una verdad que llevaba siglos esperando escuchar.
La voz volvió a resonar.
—Ahora diles por qué.
El anciano bajó la mirada y permaneció inmóvil durante varios segundos.
La seguridad con la que había afrontado todas las preguntas anteriores desapareció de golpe.
Raquel comprendió que la edad imposible del anciano no era el verdadero secreto.
Existía algo mucho peor, algo que llevaba siglos ocultando y que ni siquiera después de quinientos años parecía dispuesto a revelar.