Capítulo 47 — El precio de la puerta
Raquel no apartaba la vista del anciano. La revelación sobre su edad había dejado a todos conmocionados, pero la pregunta formulada por la voz seguía esperando una respuesta.
—Ahora diles por qué.
El anciano permaneció inmóvil durante varios segundos. Parecía estar reuniendo fuerzas para afrontar algo que había evitado durante siglos.
—¿Por qué llevas quinientos años intentando impedir que alguien llegue a la puerta? —preguntó Raquel.
El hombre levantó lentamente la cabeza.
—Porque fui yo quien la abrió.
Aquellas palabras provocaron una reacción inmediata entre los presentes. Incluso el líder del grupo vestido de negro perdió momentáneamente la seguridad que había mostrado desde su llegada.
—Eso tampoco es posible —dijo Adrián.
—Lo es.
—Entonces conoces lo que hay detrás.
—Sí.
Esteban, que seguía avanzando a través de la prueba, mantuvo la mirada fija en el anciano.
—¿Y qué encontraste?
El hombre guardó silencio unos instantes antes de responder.
—Lo mismo que todos los que han buscado estas llaves durante siglos.
—¿La juventud?
El anciano negó lentamente.
—La posibilidad de recuperarlo todo.
La respuesta provocó desconcierto entre quienes lo escuchaban.
—No lo entiendo —dijo Raquel.
—Nadie lo entiende al principio.
La voz permanecía en silencio, como si estuviera permitiéndole continuar.
—Cuando era joven perdí a alguien. Pasé años intentando aceptar aquella pérdida, pero acabé escuchando historias sobre la puerta. Los rumores hablaban de un lugar capaz de devolver aquello que más deseabas y me aferré a esa esperanza porque no tenía nada más.
—¿A quién perdiste? —preguntó Elena.
El anciano bajó la mirada.
—A mi hija.
El grupo guardó silencio mientras él continuaba hablando.
—Murió cuando tenía siete años. Durante mucho tiempo intenté convencerme de que debía seguir adelante, pero terminé dedicando mi vida a encontrar la puerta.
Raquel sintió un escalofrío.
—¿Y era verdad?
—Sí.
La respuesta sorprendió a todos.
—La puerta cumple lo que promete.
El líder del grupo vestido de negro esbozó una sonrisa.
—Por fin alguien dice la verdad.
El anciano ni siquiera lo miró.
—El problema es que nadie escucha la segunda parte.
—¿Qué segunda parte? —preguntó Esteban.
El hombre cerró los ojos unos instantes antes de responder.
—La puerta nunca concede nada. Solo intercambia.
Aquellas palabras provocaron una inquietud inmediata.
—¿Intercambia qué?
—Vidas.
Raquel negó lentamente con la cabeza.
—No puede ser.
—Puede.
El anciano la observó con una tristeza que parecía acumulada durante siglos.
—Cuando crucé la puerta recuperé a mi hija, pero alguien ocupó su lugar.
Esteban comprendió el significado de aquellas palabras antes que los demás.
—¿Quieres decir que alguien murió?
—Sí.
—¿Quién?
El anciano tardó varios segundos en responder.
—Su madre.
La confesión dejó a todos conmocionados.
—¿La sacrificaste? —preguntó Elena.
—No lo sabía. Nadie me lo explicó. Nadie me advirtió. Creí que estaba recibiendo un milagro y comprendí demasiado tarde que estaba aceptando una maldición.
—Y desde entonces has intentado impedir que vuelva a ocurrir —dijo Raquel.
—Sí.
La voz resonó nuevamente por toda la cámara.
—Continúa.
Los símbolos rojizos brillaron alrededor del anciano.
—Intenté destruir la puerta. Intenté ocultarla. Intenté acabar con todo lo relacionado con ella, pero descubrí algo que jamás había imaginado.
—¿Qué descubriste? —preguntó Marcos.
—Que la puerta no fue creada para ser destruida.
Raquel sintió que muchas piezas comenzaban a encajar.
—Las llaves...
—Sí.
—Sirven para abrirla.
El anciano negó lentamente.
Aquella respuesta provocó una evidente confusión entre los presentes.
—Entonces ¿para qué sirven? —preguntó Raquel.
El anciano observó la llave situada sobre el pedestal antes de responder.
—Las siete llaves sirven para mantenerla cerrada.
El silencio que siguió fue muy diferente a los anteriores.
No estaba provocado únicamente por la sorpresa, sino por la necesidad de reorganizar todo cuanto creían saber.
La búsqueda entera acababa de adquirir un significado completamente distinto.
Gabriel no había intentado reunir las llaves para abrir la puerta ni para utilizar su poder.
Había intentado impedir que alguien las consiguiera todas.
Mientras los presentes intentaban asimilar aquella revelación, Raquel comprendió algo inquietante.
Durante meses habían actuado convencidos de que las llaves eran el camino hacia el secreto.
Ahora descubrían que podían ser el último obstáculo que impedía que alguien lo alcanzara.
Si el anciano decía la verdad, el verdadero peligro nunca había sido permanecer fuera de la puerta, sino lograr reunir las siete llaves.