Capítulo 40 — La carrera nocturna
La reunión terminó pocos minutos después.
La fotografía de la llave había cambiado completamente la situación.
Ya no perseguían símbolos, documentos o teorías difíciles de verificar.
Conocían la ubicación aproximada de una de las llaves y sabían que un grupo de asesinos avanzaba hacia ella con la misma determinación.
Sobre la mesa de la torre desplegaron los mapas disponibles. La mujer, que finalmente se presentó como Elena, señaló una zona situada al norte del valle.
—La cámara se encuentra aquí.
El anciano estudió el lugar.
—¿Qué es exactamente?
—Una construcción mucho más antigua que el monasterio y que la iglesia. Los custodios la utilizaron durante siglos.
—¿Y por qué no habéis ido ya?
El hombre de cabello gris respondió antes que Elena.
—Porque la entrada permanece cerrada.
—Entonces ¿cómo sabéis que la llave está dentro?
Marcos deslizó varias fotografías sobre la mesa. En todas aparecía la misma cámara excavada en la roca y, en el centro, podía distinguirse claramente la llave.
—Porque uno de nuestros exploradores consiguió entrar hace años.
Raquel examinó las imágenes. La llave era más grande de lo que había imaginado y presentaba un diseño extraño, lleno de símbolos grabados en el metal.
—¿Y no intentó llevársela?
La pregunta provocó un breve silencio antes de que Elena respondiera.
—Lo intentó.
—¿Y qué ocurrió?
—Murió.
Aquella respuesta bastó para comprender que la cámara escondía peligros que todavía desconocían.
Abandonaron la torre poco después. La noche había caído sobre el valle y la niebla seguía extendiéndose entre los árboles. El grupo avanzaba ahora unido. Raquel, Adrián, el anciano, Elena, Marcos y Daniel caminaban por un sendero apenas visible, iluminado únicamente por la luz de las linternas.
El bosque parecía completamente diferente durante la noche. Las sombras deformaban los contornos de los árboles y convertían cada roca en una figura inquietante. En varias ocasiones Raquel creyó distinguir movimientos entre la vegetación, pero nunca logró identificar nada concreto.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Dos horas como máximo —respondió Elena.
El camino comenzó a ascender por una zona rocosa y la pendiente se volvió cada vez más pronunciada. Cerca de la medianoche alcanzaron una cornisa natural desde la que se dominaba buena parte del valle.
Daniel señaló hacia la oscuridad.
—Mirad allí.
Todos dirigieron la vista hacia varios puntos de luz que avanzaban lentamente entre la niebla.
—No son estrellas —murmuró Adrián.
—Ni casas —añadió Marcos.
—Son linternas —concluyó Elena.
La distancia impedía reconocer a quienes las transportaban, pero avanzaban exactamente hacia la misma zona que ellos.
—¿Cuántos son?
—Cinco o seis.
—Entonces tienen que ser ellos.
—Nos llevan ventaja —dijo Raquel.
—Muy poca —respondió Elena—. Si mantenemos el ritmo, todavía podemos llegar antes.
Sin necesidad de discutirlo, aceleraron el paso. El cansancio comenzaba a hacerse notar después de tantas horas caminando, pero la posibilidad de perder la llave resultaba mucho peor.
El sendero terminó finalmente frente a una inmensa pared de roca que se elevaba como una muralla natural en mitad de la montaña.
—Aquí no hay ninguna entrada —dijo Raquel mientras observaba la superficie.
Elena avanzó hasta una zona cubierta de vegetación y apartó cuidadosamente varias ramas.
Al hacerlo dejó al descubierto una abertura estrecha que descendía hacia el interior de la montaña.
La grieta resultaba tan discreta que habría pasado desapercibida para cualquiera que no supiera exactamente dónde buscar.
—La cámara está ahí abajo.
Después de tantos mapas, símbolos, documentos y pistas, por fin habían llegado al lugar donde descansaba la primera llave.
—¿Y ellos? —preguntó el anciano.
Elena volvió la vista hacia el valle.
—Han debido encontrar otro acceso.
La posibilidad de que sus rivales ya estuvieran dentro de la montaña aumentó inmediatamente la tensión del grupo.
—Entonces será mejor que nos demos prisa —dijo Marcos mientras ajustaba la linterna.
Uno tras otro comenzaron a descender por la grieta. La oscuridad los fue envolviendo poco a poco mientras avanzaban hacia las profundidades de la montaña, cada vez más cerca de la cámara donde descansaba la primera llave.