Capítulo 39 — Los guardianes de la serpiente
Raquel fue la primera en avanzar hacia la entrada de la torre. La voz que acababan de escuchar sonaba tranquila, pero transmitía una seguridad difícil de ignorar. Adrián caminó a su lado mientras el anciano observaba la construcción con cautela.
—Puede ser una trampa.
—También puede ser la primera oportunidad que tenemos de obtener respuestas reales —respondió Raquel.
La puerta había desaparecido hacía mucho tiempo y solo quedaba un amplio vano de piedra que conducía al interior.
Cuando cruzaron la entrada descubrieron una estancia circular sorprendentemente bien conservada.
Varias lámparas de camping iluminaban las paredes y, en el centro, una mesa improvisada aparecía cubierta de mapas, fotografías antiguas y cuadernos llenos de anotaciones.
Junto a aquella mesa los esperaba un pequeño grupo formado por tres personas.
Una mujer de unos cincuenta años ocupaba la posición central.
A su lado se encontraba un hombre de cabello gris y constitución robusta.
Un poco más atrás permanecía un joven de poco más de treinta años que observaba a los recién llegados con evidente curiosidad.
La tranquilidad con la que los recibieron dejaba claro que sabían perfectamente quiénes eran.
—Por fin nos conocemos —dijo la mujer.
Raquel observó el colgante que llevaba al cuello. La serpiente rodeando el círculo brillaba bajo la luz de las lámparas.
—¿Quiénes sois?
La mujer apoyó ambas manos sobre la mesa.
—La pregunta correcta es quién os ha convencido de que somos vuestros enemigos.
El anciano avanzó un paso.
—Porque habéis estado siguiendo las llaves.
—Igual que vosotros.
—Nos adelantasteis en el monasterio.
—Sí.
—Y en la iglesia.
—También.
La mujer respondió sin intentar ocultarlo.
—No podíamos permitirnos perder tiempo.
Raquel decidió ir directamente al asunto que realmente importaba.
—De acuerdo. Basta de rodeos. ¿Dónde está la primera llave?
La mujer abrió una carpeta situada sobre la mesa y extrajo una fotografía antigua.
La imagen mostraba una cavidad excavada en la roca y, en el centro, podía distinguirse claramente un objeto metálico de aspecto inconfundible.
No se trataba de un dibujo, una teoría o una referencia histórica, sino de una llave auténtica.
—La primera llave existe —dijo la mujer— y se encuentra a menos de un kilómetro de esta torre.
La fotografía captó inmediatamente toda la atención del grupo. Después de tantos documentos, símbolos, mapas y mensajes, contemplaban por fin la prueba de que las llaves eran reales.
—Entonces vayamos a buscarla —dijo Adrián.
La mujer negó lentamente.
—Ojalá fuera tan sencillo.
—¿Por qué no lo es?
—Porque no somos los únicos que conocemos su ubicación.
El anciano mantuvo la mirada fija en ella.
—¿Quién más la busca?
La mujer intercambió una breve mirada con sus compañeros antes de responder.
—Las personas que mataron a Gabriel.
Raquel sintió que la tensión aumentaba inmediatamente.
—¿Estás diciendo que lo asesinaron?
—Sí.
—Siempre pensamos que murió intentando proteger algo.
—Y así fue. Lo que nunca llegasteis a saber es que no murió por accidente.
Aquella revelación transformó completamente la situación. Hasta ese momento habían perseguido un misterio histórico, pero ahora sabían que detrás de la búsqueda existían personas capaces de matar para conseguir las llaves.
—¿Quiénes son? —preguntó Adrián.
—Un grupo que existe desde hace mucho tiempo. Son menos numerosos que nosotros, pero mucho más peligrosos. No quieren custodiar las llaves ni impedir que la puerta se abra.
—Entonces ¿qué quieren?
La mujer sostuvo la mirada de Raquel.
—Abrirla.
—¿Y qué hay al otro lado?
La mujer guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Si Gabriel hubiera tenido tiempo para explicarlo todo, jamás habríais iniciado esta búsqueda.
La afirmación dejó claro que el peligro era mucho mayor de lo que habían imaginado. El anciano volvió a observar la fotografía de la llave y comprendió que ya no tenían margen para seguir acumulando pistas.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Muy poco. Nuestros exploradores los vieron entrar en el valle ayer por la tarde y calculamos que llegarán a la cámara mañana por la mañana.
—Entonces debemos movernos esta misma noche.
La mujer asintió.
—Eso mismo pensamos nosotros.
Durante unos instantes ambos grupos permanecieron observándose en silencio.
Hasta hacía pocos minutos se consideraban adversarios, pero la situación acababa de cambiar.
A partir de aquel momento compartían un mismo objetivo: llegar antes que las personas que habían asesinado a Gabriel y encontrar la primera llave antes de que cayera en sus manos.