El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 38 — La marca en la roca
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Capítulo 38 — La marca en la roca

Continuaron avanzando por el interior del valle con el colgante guardado cuidadosamente en uno de los bolsillos de Raquel.

La niebla parecía espesarse a cada paso y terminaba absorbiendo los sonidos del bosque.

Incluso las conversaciones se apagaban rápidamente entre los árboles, como si el propio valle quisiera mantener sus secretos ocultos.

El sendero descendía suavemente entre enormes formaciones rocosas cubiertas de musgo.

A ambos lados crecían árboles antiguos cuyas ramas se entrelazaban sobre sus cabezas formando una bóveda natural que apenas dejaba pasar la luz.

Aquel paisaje explicaba perfectamente el nombre del lugar.

Aunque todavía era media tarde, la sensación era la de caminar bajo una penumbra permanente.

—Empiezo a pensar que este sitio no aparece en los mapas por una buena razón.

—¿Y cuál es esa razón? —preguntó Raquel.

—Que cualquiera con sentido común se mantendría lejos de él.

El anciano sonrió levemente.

—Probablemente muchos lo hicieron.

Siguieron caminando durante casi una hora más. El terreno se volvió cada vez más irregular y varias veces tuvieron que rodear desprendimientos de roca que bloqueaban parcialmente el camino. Fue entonces cuando Raquel observó algo extraño en una pared rocosa situada a pocos metros del sendero.

—Esperad un momento.

Los otros dos se acercaron para examinar lo que señalaba.

Sobre la superficie de la piedra aparecía una marca reciente realizada con algún objeto metálico.

No era un arañazo casual. Había sido grabada deliberadamente y representaba una serpiente rodeando un círculo, exactamente el mismo símbolo que habían encontrado en la iglesia y en el colgante descubierto poco antes.

—Siguen dejando señales —murmuró Adrián.

El anciano pasó la mano por la inscripción.

—Y esta es muy reciente.

—¿Cuánto de reciente?

—Horas, quizá menos.

Raquel observó los alrededores mientras intentaba reconstruir los movimientos de quienes habían pasado por allí. Fue entonces cuando descubrió un sendero secundario que se separaba del camino principal y desaparecía entre una zona especialmente densa del bosque.

—Mirad eso.

El anciano comparó el terreno con el mapa.

—Ese sendero no aparece aquí.

—Entonces no formaba parte del recorrido original.

—Y, sin embargo, alguien lo está utilizando —añadió Raquel señalando varias huellas visibles sobre la tierra húmeda.

La situación planteaba una decisión complicada. El camino principal seguía la dirección indicada por Gabriel y conducía hacia el interior del valle. El sendero secundario, en cambio, parecía seguir el rastro de los miembros del grupo de la serpiente.

—¿Qué hacemos? —preguntó Adrián.

El anciano observó el mapa durante unos instantes.

—Hace unos años habría seguido la ruta marcada por Gabriel sin dudarlo.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que quienes van por delante conocen cosas que nosotros todavía ignoramos.

Aquella reflexión bastó para resolver la duda. Si querían comprender qué estaba ocurriendo realmente, necesitaban acercarse a sus adversarios.

Abandonaron el camino principal y comenzaron a internarse por el sendero secundario.

La vegetación se volvió más espesa casi de inmediato.

Varias ramas bajas les obligaron a avanzar agachados y el suelo aparecía cubierto por una gruesa capa de hojas húmedas que dificultaba distinguir las huellas.

A medida que avanzaban, Raquel tuvo la sensación de que el bosque se volvía inquietantemente silencioso.

No se escuchaban pájaros, insectos ni siquiera el movimiento del viento entre las ramas.

El único sonido procedía de sus propios pasos sobre las hojas mojadas.

Tras recorrer aproximadamente un kilómetro, el sendero desembocó en un pequeño claro oculto entre los árboles.

En el centro se alzaba una construcción de piedra semiderruida que parecía una antigua torre de vigilancia.

Apenas quedaban en pie dos paredes y parte de una escalera exterior, pero no fue eso lo que llamó la atención del grupo.

Junto a la entrada había varias mochilas modernas apoyadas contra el muro. No pertenecían a excursionistas ni llevaban años abandonadas allí. Eran la prueba de que alguien ocupaba aquel lugar en ese mismo momento.

—No estamos lejos —murmuró Adrián.

—No —respondió el anciano mientras observaba la entrada—. Estamos exactamente donde querían que llegáramos.

En ese instante una voz surgió desde el interior de la torre. Sonó tranquila, clara y completamente falta de sorpresa.

—Llevamos días esperando vuestra llegada.

Raquel sintió cómo la tensión recorría todo su cuerpo.

Quien acababa de hablar no parecía alarmado por su presencia.

Al contrario. Hablaba como si hubiera sabido desde el principio que terminarían encontrándolo.

Los tres permanecieron inmóviles frente a la entrada mientras intentaban identificar a la persona oculta entre las sombras.

La voz volvió a escucharse.

—Podéis entrar. Ya no tiene sentido seguir ocultándonos.