Capítulo 37 — El camino hacia el valle
El amanecer llegó acompañado por una niebla espesa que cubría las montañas como un manto gris.
Cuando abandonaron la iglesia, el bosque permanecía en silencio y apenas se distinguían los primeros metros del sendero.
El anciano avanzaba en cabeza con el mapa dibujado por Gabriel cuidadosamente guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, mientras Adrián y Raquel caminaban detrás cargando el equipo imprescindible para varios días de viaje.
La decisión de partir al amanecer había resultado acertada.
Ninguno de los tres había conseguido dormir demasiado.
La aparición de la nota, la existencia del grupo de la serpiente y la certeza de que alguien avanzaba por delante de ellos habían convertido la noche en una sucesión de pensamientos y preguntas sin respuesta.
—¿Cuánto falta para llegar al valle? —preguntó Raquel mientras descendían por una ladera cubierta de raíces.
—Si el mapa es correcto, deberíamos alcanzar la entrada antes del anochecer.
—¿Y por qué nadie habla de ese lugar? He buscado información durante años sobre monasterios, rutas antiguas y órdenes desaparecidas, pero jamás había oído mencionar el Valle de las Sombras.
El anciano apartó una rama que bloqueaba el paso mientras respondía.
—Porque durante mucho tiempo se consideró una simple leyenda. Algunos mapas antiguos lo mencionan, pero la mayoría de los historiadores creen que el nombre desapareció hace siglos junto con las historias que lo rodeaban.
—¿Qué historias?
—Que allí se ocultó algo que nunca debía encontrarse.
La conversación terminó ahí porque aquella respuesta resumía perfectamente todo lo que habían descubierto desde el comienzo de la búsqueda.
Durante horas avanzaron por senderos cada vez más estrechos.
El bosque parecía volverse más antiguo a medida que ascendían.
Algunos árboles tenían troncos tan anchos que tres personas juntas apenas habrían podido rodearlos con los brazos.
El silencio también había cambiado. Ya no era el silencio tranquilo de la montaña, sino algo más profundo e incómodo.
A media mañana llegaron a una zona rocosa desde la que se dominaba parte del valle situado a sus espaldas. Aprovecharon para descansar unos minutos y fue entonces cuando Raquel descubrió movimiento en una ladera lejana.
—¿Veis aquello?
Adrián siguió la dirección de su mirada y distinguió varias figuras avanzando por un sendero situado a kilómetros de distancia. El anciano sacó los prismáticos de la mochila y observó atentamente antes de responder.
—Son ellos.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Adrián tomó los prismáticos y estudió las figuras durante unos instantes.
—Parece que se dirigen al mismo lugar que nosotros.
—Porque conocen el camino.
La distancia impedía distinguir sus rostros, pero ya no existían dudas sobre algo fundamental. Las personas que llevaban semanas dejando mensajes, símbolos y pistas se encontraban realmente allí fuera, avanzando por las mismas montañas y siguiendo exactamente el mismo objetivo.
Reanudaron la marcha poco después. El sendero comenzó a descender entre paredes de roca cada vez más altas hasta transformarse en una garganta natural donde la luz apenas lograba abrirse paso.
La temperatura descendió varios grados y las sombras parecían permanecer inmóviles incluso en las zonas donde debería haber llegado el sol.
—Ahora entiendo por qué lo llaman Valle de las Sombras.
—No es precisamente un lugar acogedor —respondió Adrián.
Tras recorrer varios centenares de metros más, el anciano redujo el paso hasta detenerse frente a una construcción que parecía formar parte de la montaña.
Un antiguo arco de piedra semiderruido emergía entre raíces y vegetación, como si hubiera permanecido oculto durante siglos.
Sobre la superficie todavía podían distinguirse restos de grabados muy erosionados.
Raquel se acercó mientras iluminaba la piedra con la linterna.
—Hay una inscripción.
El anciano limpió cuidadosamente parte de la superficie y consiguió hacer visibles varias palabras.
"Solo entrarán quienes acepten la verdad."
Adrián observó la frase.
—Eso suena más a advertencia que a bienvenida.
—Quizá porque lo es.
Atravesaron el arco y continuaron descendiendo por un sendero cada vez más estrecho. La niebla se volvía más densa a cada paso y apenas permitía distinguir los árboles situados a pocos metros de distancia. Mientras avanzaba, Raquel descubrió algo semienterrado entre las piedras del camino.
—Esperad. Hay algo aquí.
Se agachó y recogió el objeto antes de mostrárselo a los demás.
Era un colgante metálico decorado con una serpiente rodeando un círculo, exactamente el mismo símbolo que habían encontrado en la iglesia.
—Pertenece a los de la serpiente —dijo Adrián al reconocerlo.
Raquel dio la vuelta al colgante para examinar el reverso. Allí aparecía grabada una única palabra:
"Primera."
El anciano tomó la pieza y la observó con atención. Durante varios segundos recorrió la inscripción con el dedo antes de levantar la vista.
—No se trata de una simple identificación.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Raquel.
—Que este colgante probablemente señala algo mucho más importante. Creo que acabamos de encontrar una referencia directa a la primera llave.
Los tres comprendieron inmediatamente la importancia del hallazgo. Si el colgante pertenecía a uno de los miembros del grupo de la serpiente, significaba que habían entrado en el lugar correcto y que la distancia que los separaba de la primera llave era mucho menor de lo que habían imaginado.