Capítulo 35 — La galería superior
Raquel mantuvo la vista fija en la nota durante varios segundos.
El mensaje resultaba inquietante no por lo que decía, sino por lo que implicaba.
Quien lo había escrito conocía sus movimientos, sabía que habían llegado a la iglesia y parecía observar cada uno de sus pasos con una precisión alarmante.
—Hace apenas unos segundos había alguien ahí arriba.
Adrián levantó la linterna hacia la galería superior.
—Y puede que siga cerca.
—O puede que quiera que pensemos eso —respondió el anciano mientras observaba la oscuridad que se extendía sobre sus cabezas.
La única forma de averiguarlo consistía en subir.
La escalera de piedra se encontraba adosada al muro lateral de la iglesia y mostraba profundas grietas provocadas por siglos de abandono.
Adrián avanzó primero, seguido por Raquel y el anciano.
Cada paso producía un eco que parecía amplificarse en el silencio del edificio.
La galería superior recorría parte del perímetro interior de la iglesia. Desde allí podían contemplar el altar, los bancos derruidos y buena parte de la nave principal. Sin embargo, nada más llegar descubrieron algo que llamó inmediatamente su atención.
Una de las ventanas del extremo norte permanecía abierta.
—Estoy seguro de que estaba cerrada cuando entramos.
Raquel se acercó al marco.
—¿Tan seguro estás?
—Completamente.
La ventana daba directamente a una ladera cubierta de árboles. Una estrecha senda descendía entre la vegetación hasta desaparecer entre las sombras del bosque. El anciano examinó la piedra que rodeaba el hueco.
—Alguien ha salido por aquí.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Mira el musgo.
Raquel observó las marcas señaladas por el hombre. Parte del musgo había sido arrancado recientemente y todavía conservaba humedad en los bordes.
Adrián iluminó el suelo.
Varias huellas de barro avanzaban desde la ventana hacia el interior de la galería.
—Ni siquiera han intentado ocultarlas.
—Quizá porque querían que las viéramos.
Aquella posibilidad encajaba demasiado bien con todo lo que había sucedido desde el monasterio.
Los desconocidos que iban por delante parecían dejar señales deliberadamente.
Los mensajes, la insignia y ahora aquellas huellas transmitían la sensación de que alguien los guiaba hacia un destino concreto.
Mientras examinaban la galería, el anciano descubrió un objeto oculto entre varias tablas desprendidas.
—Venid a ver esto.
Entre el polvo apareció una pequeña caja metálica. No parecía antigua ni formaba parte del mobiliario original de la iglesia. Su aspecto indicaba que había sido colocada allí recientemente.
—Si la han dejado aquí, esperaban que la encontráramos —dijo Adrián.
—Eso parece.
La caja estaba cerrada únicamente con un pequeño pestillo. Adrián levantó la tapa y descubrió que contenía una sola hoja doblada cuidadosamente.
Raquel la desplegó y comenzó a leer en voz alta.
—"Si habéis llegado hasta aquí, significa que encontrasteis la insignia. También significa que Gabriel confió en las personas adecuadas."
Adrián dirigió una mirada al anciano.
—Quien escribió esto sabe quién era Gabriel.
—Y sabe quiénes somos nosotros.
Raquel continuó leyendo.
—"No intentéis buscar la primera llave en esta iglesia. Llegáis demasiado tarde para eso. Quienes llevan la serpiente se adelantaron hace tres días y ya se dirigen hacia el siguiente lugar."
Aquellas palabras confirmaban algo que hasta entonces solo habían sospechado. El símbolo de la serpiente pertenecía a un grupo organizado que seguía exactamente el mismo rastro que ellos.
Raquel siguió leyendo.
—"Si queréis alcanzarles, tendréis que viajar al Valle de las Sombras. Allí se encuentra la segunda pista. No confiéis en nadie que lleve el símbolo de la serpiente. Ellos no buscan proteger las llaves. Buscan abrir la puerta."
El anciano observó la hoja pensativamente.
—Gabriel mencionó ese lugar una vez.
—¿El Valle de las Sombras?
—Sí. Siempre pensé que se trataba de una leyenda local.
—Pues alguien parece tomársela muy en serio —murmuró Adrián.
Raquel bajó la vista hasta el final del mensaje.
—Todavía hay una última frase.
Leyó despacio.
—"Si todavía conserváis la nota de Gabriel, observad la última página. La respuesta siempre estuvo allí."
El anciano introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo la hoja que habían recuperado días atrás.
—Por suerte no hace falta volver al monasterio.
Raquel tomó el documento y comenzó a examinar la última página con atención. Durante varios segundos no encontró nada extraño. Sin embargo, al inclinar el papel hacia la luz que entraba por la ventana descubrió una serie de números escritos con tinta extremadamente tenue en uno de los márgenes.
—Hay una secuencia escrita aquí.
Adrián se acercó inmediatamente.
—¿Qué significa?
—Todavía no lo sé.
Los números parecían haber sido ocultados deliberadamente. No recordaban a una fecha ni a unas coordenadas convencionales, pero resultaba evidente que Gabriel los había dejado allí por una razón.
El anciano continuó observando la hoja durante varios segundos antes de hablar.
—Creo que acabamos de encontrar la razón por la que alguien lleva años siguiendo el rastro de las llaves.
Adrián se acercó al ventanal abierto de la galería y contempló el bosque que descendía por la ladera.
—Entonces ya no estamos siguiendo únicamente una historia antigua.
—No —respondió el anciano—. Ahora seguimos a personas reales.
Raquel dobló cuidadosamente la hoja y la guardó junto al resto de documentos. Aquella secuencia numérica era la pista más concreta que habían encontrado en mucho tiempo y, si lograban descifrarla, podía conducirlos directamente hacia el siguiente movimiento de sus adversarios.