El Códice De Las Siete Llaves Capítulo 34 — La iglesia de la frontera
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Capítulo 34 — La iglesia de la frontera

La puerta cedió con un largo gemido cuando Adrián empujó la pesada madera.

El sonido resonó por el interior de la iglesia y pareció perderse entre las sombras acumuladas bajo la cubierta derruida.

Los tres permanecieron inmóviles durante unos instantes mientras observaban el edificio desde la entrada.

La nave principal era más amplia de lo que parecía desde el exterior.

Varias filas de bancos ocupaban el centro del recinto, aunque muchos estaban rotos o volcados.

Parte del techo había desaparecido hacía años y algunos rayos de luz descendían desde lo alto, iluminando columnas cubiertas de humedad y fragmentos de piedra dispersos por el suelo.

A pesar del evidente abandono, el lugar transmitía una sensación extraña.

No parecía un edificio olvidado, sino un escenario que alguien había utilizado recientemente.

Las huellas marcadas sobre el polvo confirmaban aquella impresión. Cruzaban la nave principal y avanzaban directamente hacia el altar.

—Han estado aquí hace muy poco.

El anciano observó las marcas mientras avanzaban.

—Mucho más recientemente de lo que me gustaría.

Siguieron el rastro hasta el altar principal. Allí encontraron señales evidentes de una búsqueda apresurada. Varias piedras habían sido desplazadas, una losa permanecía parcialmente levantada y el suelo mostraba arañazos recientes producidos por herramientas metálicas.

Adrián se arrodilló para examinar la zona.

—Estaban buscando algo.

—O intentando sacar algo que ya habían encontrado —respondió Raquel.

La cavidad oculta bajo la losa no era especialmente grande. Apenas parecía suficiente para guardar un objeto pequeño.

El anciano se acercó a una de las columnas laterales y comenzó a examinar la piedra con atención.

Entre el musgo y la suciedad aparecía grabado el símbolo que habían visto repetido durante semanas: las siete líneas convergiendo hacia un punto central.

Sin embargo, aquella vez el emblema iba acompañado por una inscripción casi borrada por el paso del tiempo.

Raquel acercó la linterna.

—¿Puedes leer algo?

El hombre observó cuidadosamente las letras desgastadas.

—Solo fragmentos. Aquí pone "El primero..." y más abajo aparece otra frase incompleta: "...permanece donde la luz no alcanza".

Adrián recorrió el interior de la iglesia con la mirada.

—Parece un acertijo.

—Probablemente lo sea. Y si la inscripción es correcta, la clave sigue estando dentro de este edificio.

Aquella posibilidad bastó para que los tres comenzaran a registrar el lugar con más atención.

Examinaron las capillas laterales, los bancos derruidos, las escaleras parcialmente destruidas que conducían a las galerías superiores y varios huecos ocultos tras antiguas lápidas.

El tiempo fue pasando sin resultados aparentes hasta que Adrián descubrió algo junto al borde de la losa desplazada.

—Venid un momento.

Entre el polvo apareció una cadena rota parcialmente enterrada bajo los escombros. En uno de sus extremos colgaba un pequeño medallón metálico.

El anciano lo tomó entre los dedos y lo observó durante varios segundos.

—Esto no pertenece a los custodios.

Raquel examinó el colgante.

En lugar del símbolo habitual aparecía una serpiente enroscada alrededor de un círculo.

—Nunca habíamos visto esa marca.

—Yo sí.

La respuesta hizo que ambos se volvieran hacia él.

—¿Dónde?

—En algunas notas privadas de Gabriel. Eran referencias aisladas y en aquel momento pensé que no tenían importancia.

—¿Y ahora?

El hombre sostuvo el medallón bajo la luz.

—Ahora creo que me equivoqué.

Raquel observó nuevamente la serpiente grabada sobre el metal.

Aquel símbolo introducía una posibilidad completamente nueva.

Durante toda la investigación habían asumido que los custodios eran los únicos relacionados con las llaves.

Sin embargo, aquel colgante sugería la existencia de otra organización, otro grupo o quizá otra tradición que también llevaba años siguiendo el mismo rastro.

Mientras observaban el extraño medallón, un ruido seco resonó en algún lugar de la galería superior.

El sonido interrumpió inmediatamente la conversación y los obligó a levantar la vista.

Adrián permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando atentamente, hasta que un segundo golpe confirmó que alguien se movía sobre ellos.

—No estamos solos —dijo el anciano señalando la escalera de piedra.

Adrián avanzó con cautela hacia los escalones.

El eco de sus pasos se extendió por toda la iglesia y, cuando apenas había recorrido unos metros, una pequeña piedra cayó desde la galería superior, rebotó varias veces sobre la piedra y terminó deteniéndose junto a los pies de Raquel.

Al acercarse descubrieron que alguien había enrollado un trozo de papel alrededor de ella.

Raquel recogió la improvisada nota y la desplegó lentamente. La hoja contenía una única frase escrita con letra firme:

"La llave ya no está aquí."

Debajo del mensaje aparecía dibujada una serpiente rodeando un círculo, exactamente el mismo símbolo que acababan de encontrar grabado en el medallón.